Cultura, Cine y Literatura

John Wayne y los Premios Óscar Parte III de III (1960-1979)

El Álamo, el sueño de John Wayne 

¿Por qué me gusta tanto John Wayne? Es una de las preguntas que me suelen hacer muchos de mis seguidores. Tal vez porque me encanta desde niño ver a las personas hacer lo correcto, a menudo contra todo pronóstico. Otra de las razones principales por las que suelo admirar a este actor tiene que ver con su personalidad en la pantalla. Una personalidad compleja marcada por la fuerza y el coraje. Y cuando hablo de coraje no puedo pensar en otra película que lo retrate de manera tan inspiradora como El Álamo (The Alamo, 1960). La ópera prima de John Wayne se convirtió en una de mis películas favoritas desde que la vi por primera vez el 27 de diciembre de 1986 cuando tenía trece años. No sabía todavía que este wéstern épico de principios de los 60 era una celebración a plena voz del patriotismo estadounidense y que casi lo arruina. El Álamo describe la heroica lucha librada entre México y los colonos estadounidenses que buscaban la independencia de Texas en 1836. En 1949, Wayne había fundado con Robert Fellows, posteriormente rebautizada como Batjac, (llamada así por una empresa comercial que aparece en la película de 1948 La venganza del bergantín) para producir cintas tan dispares como El gran Jim McLain (Big Jim McLain, 1952), de Edward Ludwig, Hondo (1953), de John Farrow, y Escrito sobre el cielo (The High and the Mighty, 1954), de William A. Wellman. Wayne planeaba hacer una película para celebrar la valiente pero desastrosa pérdida de la misión de El Álamo en 1836 después de un asedio de trece días por parte del ejército mexicano. El Duque había comenzado a trabajar seriamente en el proyecto en 1945. Contrató a James Edward Grant como guionista y los dos comenzaron a investigar y recopilar datos sobre la batalla antes de preparar un borrador del guion. Después, le pidió a Patrick Ford, hijo de John Ford como asistente de investigación y para que les ayudara a escribir el guion. 

Para John Wayne, la batalla de El Álamo (ocurrida entre el 23 de febrero y el 6 de marzo de 1836) era nada menos que la historia del compromiso absoluto de Estados Unidos con la libertad. Vio algo especial en la hazaña de Davy Crockett y los suyos en aquel fuerte texano (antigua misión española) para que se convirtiera en su gran sueño cinematográfico. Esperaba que la lucha de los texanos y sus compañeros defensores contra el ejército inmensamente superior del presidente mexicano, el general Antonio López de Santa Anna, sirviera de recordatorio de que Estados Unidos luchó siempre valientemente para preservar su libertad. Wayne pensaba que cuando y donde quiera que luchara su país era una lucha justa por los valores estadounidenses, un imperativo moral, con la paz y la estabilidad mundiales en peligro, independientemente de las circunstancias. Sin embargo, se le pasó por alto un detalle muy importante, a principios de los años 60 un fenómeno cultural antisistema al que llamaron contracultura, que se convirtió en revolucionario con la expansión de la intervención militar del gobierno estadounidense en Vietnam, tomaba en cuenta otros temas menos patrióticos y cambió la mentalidad de muchos estadounidenses, sobre todo los más jóvenes. Una generación que consideraba que leyendas como la batalla de El Álamo eran insustanciales, un trozo de su historia insignificante.

John Wayne había comenzado a buscar ubicaciones para rodar El Álamo mientras todavía estaba bajo contrato con Republic Pictures. Deseaba rodar la película en las afueras de Panamá, pero el jefe de Republic, Herb Yates, comenzó a irritarse por los altos costes de producción anticipados. Su desgana por el proyecto animó a Wayne a no renovar su contrato con el estudio y emprender el camino por su cuenta. No solo produciría la película, sino que también la dirigiría. John Ford estaba en contra de esta decisión. Pensaba que su pupilo no estaba preparado para acometer un proyecto de tal envergadura. Sabía todos los problemas que le esperaban a Wayne en su debut como director. El Álamo no iba a ser una película pequeña y personal, sino una superproducción épica con grandes secuencias de acción, efectos especiales muy complicados, batallas coreografiadas al milímetro, dos mil extras y mil cuatrocientos caballos. Ni Ford ni Robert Fellows (quien rompió su relación profesional con Wayne) pensaban que el Duque pudiera lograrlo. En 1956, después de que Warner Bros también se echara para atrás, firmó con United Artists. La compañía cinematográfica estadounidense, fundada el 5 de febrero de 1919 por cuatro grandes de Hollywood: Charles Chaplin, Douglas Fairbanks, Mary Pickford y David Wark, contribuiría con 2 500 000 de dólares para el desarrollo de la película y actuaría como distribuidora. A cambio, Batjac contribuiría con entre 1 500 000 y  2 500 000 de dólares adicionales. Wayne consiguió el resto del financiamiento de un amplio grupo de texanos ricos con la condición de que se rodara en Texas.

La presión era enorme y comenzó a fumar casi cien cigarrillos diarios. Se dejó la vida para transformar este sueño en realidad. Empeñó todo lo que tenía para financiar el filme. Hipotecó su casa en Encino (Los Ángeles), sus automóviles, así como un condominio que poseía en Nueva York. Si la película no recuperaba sus estratosféricos gastos de producción, Wayne se quedaría completamente arruinado. El Duque no solo produciría y dirigiría la película, sino que para satisfacer a United Artists, la distribuidora, también la tenía que protagonizar. En ese momento, era una de las cintas más caras que se iban a rodar en Hollywood y la participación de Wayne en un papel protagonista era fundamental para garantizar la recuperación de su inversión. El Duque tenía pensado interpretar el papel de Sam Houston (estuvo a punto de meterse en la piel de este personaje en los años 30 cuando firmó su primer contrato con Republic Pictures), el estadista, soldado, político y primer presidente de la República de Texas. Pero el estudio le presionó para que interpretara a uno de los tres personajes protagonistas: Davy Crockett, un héroe de la frontera y político estadounidense que era famoso como cazador y amante de la naturaleza; Jim Bowie, un explorador, aventurero y especulador de tierras que le dio nombre al famoso cuchillo Bowie; y William Travis, abogado, maestro y militar estadounidense. Wayne eligió el papel del astuto y simpático Davy Crockett porque pensó que era el que mejor se ajustaba a su personalidad. Sin embargo, no se sintió cómodo en ningún momento del rodaje interpretando a este personaje. Estaba empezando a tener sobrepeso y se consideraba bastante mayor para hacer creíble al rey de la frontera salvaje. Encontrar al elenco perfecto para los papeles protagonistas no fue fácil. Por un motivo u otro, William Holden, Charlton Heston, Rock Hudson, Glenn Ford, Clark Gable, Burt Lancaster y Marlon Brando rechazaron o no pudieron participar en el proyecto. El Duque se tuvo que conformar con Richard Widmark, Laurence Harvey y Richard Boone, tres grandes actores, aunque mucho menos taquilleros que los anteriores, salvo en el caso del primero. Richard Widmark era un actor consagrado que ya había demostrado su extraordinaria versatilidad en películas de cine negro, wésterns o de aventuras. Wayne y Widmark se llevaron fatal durante casi todo el rodaje: siempre se quejó de la forma de dirigir de Wayne, los primeros días amenazó con abandonar el rodaje y contrató a Burt Kennedy para que reescribiera sus diálogos. Laurence Harvey iba a debutar en la meca del cine con esta superproducción. John Ford, gran admirador de los actores de teatro ingleses, quedó prendado con la interpretación que acababa de realizar en Un lugar en la cumbre (Room at theTop, 1958), de Jack Clayton, y se lo recomendó a su discípulo. Durante la escena en la Travis dispara en respuesta a una demanda de rendición, el cañón cayó sobre un pie del actor británico de origen lituano, rompiéndolo. A Harvey se le olvidó que un cañón que dispara tiene retroceso. Debido a que no gritó de dolor hasta que Wayne dijo «Corten», el Duque elogió su profesionalidad. Wayne y Harvey forjaron una amistad profunda durante el rodaje del filme, que duró hasta la muerte de este último, acontecida el 25 de noviembre de 1973. Para atraer al público adolescente contrató al cantante Frankie Avalon en un papel secundario. Sammy Davis, Jr. le pidió a su gran amigo Wayne interpretar al esclavo, porque quería cambiar su imagen cinematográfica. Parece ser que los multimillonarios texanos bloquearon esta medida porque Davis estaba saliendo con la actriz blanca May Britt.

La batalla de Él Álamo tuvo lugar a principios de 1836 y fue uno de los tantos enfrentamientos que libraron los colonos texanos contra el gobierno mexicano con el objetivo de defender la libertad de comercio y la expansión sobre tierras fronterizas. Durante los trece días que duró el asedio se enfrentaron un pequeño grupo de estadounidenses contra el ejército regular mexicano liderado por el propio presidente de la República, el general Antonio López de Santa Anna. Los resultados de la contienda fueron desastrosos para los defensores, pero beneficiaron estratégicamente al resto del ejército texano, que pudo rearmarse y vencer a sus contrincantes meses después en la batalla de San Jacinto, dando lugar a la independencia del Estado de Texas. El lugar conocido popularmente como El Álamo albergaba seis misiones fundadas por la Iglesia Católica española con el fin de cristianizar a los indios de la zona. Entre estas destacaba la de San Antonio de Valero.

Pappy acude al rescate de su discípulo

El Álamo marcó también un cambio en su relación de adoración hacia John Ford. Establecería la independencia de John Wayne del duro y viejo capataz. A principios de los 60 era el actor más taquillero de Norteamérica y ya no se refería a Ford como Entrenador o Pappy, sino como el Viejo. Ford no paraba de preguntarse cómo le iría a su discípulo durante el rodaje de El Álamo. Pensaba que su protegido necesitaría de su ayuda y apareció en Brackettville, Texas (donde al final se rodó la película), sin ser invitado. Se presentó de buenas a primeras en el set interrumpiendo una escena que estaba dirigiendo Wayne: «Dios mío, Duke, esa no es la manera de hacerlo», fue el primer comentario que hizo nada más llegar. La llegada de Ford no le supuso más que problemas a Wayne. Pappy empezó a entrometerse en todas sus decisiones, algo que Wayne llevaba francamente mal. Esta era la película de Wayne, no de Ford. El Duque no se atrevió a decirle al hombre que lo lanzó a la fama en 1939 con La diligencia (Stagecoach) que hiciera el favor de abandonar el set. No quería arriesgarse a perder una amistad de toda la vida por culpa de una mala palabra. Ford se quedó durante días, dando órdenes y tratando de hacerse cargo de la producción, mientras que Wayne, naturalmente, vio cuestionada su autoridad como director. Le preguntó a su director de fotografía, William Clothier, cómo debería manejar la situación. Si hubiera sido otra persona, Wayne le habría pateado la cabeza, pero seguía siendo respetuoso con su mentor y amigo de más de treinta años. A Clothier se le ocurrió una solución brillante: enviar a Ford a rodar algunas secuencias de acción de la segunda unidad, manteniéndolo fuera del camino de Wayne. Perderlo de vista durante un tiempo supuso un alivio para él. Se puede considerar como un acto de diplomacia que calmó la conciencia de Wayne. El plan resultó infalible, pero le costó a la compañía de producción 250 000 dólares y solo se utilizó una escena en el montaje final. Wayne no quería que nadie dijera más tarde que Ford era el verdadero director de El Álamo. Ford estaba herido por ese hecho. Con tal de no perjudicar a su pupilo declaró deliberadamente que ninguna de las escenas que rodó aparecía en la película. Wayne había puesto hasta el último centavo que tenía en juego para que este proyecto viera la luz. Ford sabía que El Álamo iba a marcar el futuro profesional de Wayne y prefirió morderse la lengua antes de decir algo que le pudiera perjudicar. 

El Álamo era la película que más se acercaba a su forma de pensar. El vehículo adecuado para expresar su patriotismo y creencias políticas, profundamente arraigadas en su corazón desde finales de los años 40. Sin duda, las declaraciones que hace su personaje reflejan sus opiniones anticomunistas. Pero los temas principales de la película son la libertad y el derecho de todas las personas a tomar sus propias decisiones. El Álamo se posiciona a favor de los rebeldes estadounidenses sin despreciar los objetivos ni el honor de los contrarios. En la película se incluyen numerosos matices que humanizan al enemigo: después de la primera batalla se nos enseña al enemigo sufriendo del mismo modo que lo hacen los estadounidenses que defienden El Álamo. Hay un diálogo magistral en el que los estadounidenses aseguran que, al igual que ellos, los mexicanos también luchan por lo que creen justo y que les admiran por ello. Se nos muestra al general Santa Anna y a sus tropas como personas nobles, elegantes y educadas, el ejército mexicano está compuesto por hombres valientes que combaten por un ideal, también sufren y se muestran igual de humanos que los héroes estadounidenses de la película.

El Álamo, la epopeya que casi lo lleva a la ruina 

A la belleza de la película contribuye indudablemente su excelente banda sonora. John Wayne no escatimó en gastos y le encargó a Dimitri Tiomkin (Río Rojo, Solo ante el peligro, Escrito en el cielo, El viejo y el mar, Río Bravo) la confección de una música que pasaría por méritos propios a la historia del cine, principalmente por la inolvidable canción The Green Leaves of Summer (Las hojas verdes del verano) convertida en un clásico desde el primer momento y número uno en todos los países en los que se estrenó el filme. De la melodía de Tiomkin y la hermosa letra de Paul Francis Webster nace una preciosa balada que habla de los tiempos de juventud, la plenitud del verano, el regreso a casa, dentro de un contexto dramático como el hecho histórico de la caída de la misión fortificada de El Álamo tras su famosa batalla. El compositor ruso nacionalizado estadounidense no defraudó escribiendo una gran partitura con un abanico de temas multicolor que establecieron identidades para los tejanos y los mexicanos. Tiomkin compuso dos canciones más para la película igual de memorables que The Green Leaves of Summer: Tennessee Babe y Ballad of the Alamo.

Las secuencias de acción que John Wayne dirigió están a la altura de las mejores de John Ford. Además, dotó de una humanidad inusual al enemigo para huir, en la medida de lo posible, de una simplificación de la realidad. John Wayne encarnó en El Álamo a un Davy Crockett fuerte y simpático, temerario y afable, que hace frente con una osadía asombrosa a los atacantes. La empatía del personaje se puede apreciar cuando Jim Bowie decide abandonar El Álamo al darse cuenta de que es una causa perdida. El teniente coronel William Travis les acaba de informar de que Sam Houston y los refuerzos anhelados no llegarán a tiempo. Bowie persuade a Davy Crockett para que reúna a su variopinta banda de luchadores de Tennessee y se vaya con él. Travis los desafía a quedarse. Es uno de los momentos más importantes de la película, Bowie, sorprendentemente, entierra su enojo con Travis y cruza al otro lado. Varios habitantes de Tennessee, uno a uno, lo siguen. Crockett  desmonta un poco más tarde de su caballo dándose cuenta de que si sus hombres están dispuestos a morir en lo que ven como una causa justa, entonces él también debe hacerlo. Este momento notable de indecisión muestra la incertidumbre en un hombre que se supone que admiramos por su coraje inquebrantable. Es un momento que hace que el personaje de Crockett sea más humano y menos héroe, un héroe popular estereotipado. 

En la batalla final, la parte más aplaudida por crítica y público, acorralado, en sus minutos finales, armado solo con una antorcha, se dedica a derribar a todos los soldados mexicanos que se le ponen por delante. Herido de muerte por una lanza que le ha atravesado el cuerpo consigue llegar hasta el polvorín. Con su último aliento de vida, arroja la antorcha al suministro de pólvora y arde junto a sus perseguidores. La explosión llega a provocar numerosas bajas en el ejército mexicano. Una de las muertes más memorables de la historia del cine. El Duque ya había muerto anteriormente de un disparo traicionero por la espalda tras haber tomado Iwo Jima durante la Segunda Guerra Mundial en Arenas sangrientas (Sands of Iwo Jima, 1949), de Allan Dwan, e, incluso, ahogado por un pulpo gigante en Piratas del mar Caribe (Reap the Wild Wind, 1942) y La venganza del bergantín (Wake of the Red Witch, 1948), de Edward Ludwig. Pero ninguna de ellas llegó a marcarnos tanto como esta. No estábamos acostumbrados a ver morir a nuestro héroe en la gran pantalla tan dramáticamente. Las batallas son impactantes y la fase final de la película te deja sin respiración. La escena del asalto definitivo es una obra de arte.

 ¡Recordad El Álamo!

John Wayne había realizado una de las películas más caras de la historia del cine hasta ese momento, con un coste estimado de entre 10 000 000  y 12 000 000 de dólares. Ahora llegaba la hora de promocionar El Álamo y para un gran trabajo de esta envergadura John Wayne llamó a Russell Birdwell, un experto en relaciones públicas nativo de Texas cuyo eslogan era «Puedo hacer famoso a cualquiera, por la tarifa adecuada». Birdwell, que había conseguido buena parte de su reputación promocionando Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939), de Victor Fleming, y El forajido (The Outlaw, 1943), de Howard Hughes y Howard Hawks, se puso manos a la obra a gran velocidad. Una de las primeras cosas que hizo fue escribirle a United Artists, la distribuidora de la película, afirmando que la batalla de El Álamo fue quizá «el evento más grande que ha ocurrido desde que clavaron a Cristo en la cruz». Se dice que los colonos gritaban «¡Recordad el Álamo!» mientras cargaban contra los mexicanos y Birdwell se iba a encargar de recordárselo a todos los estadounidenses. El Álamo iba a estar hasta en la sopa. 

Uno de los proyectos de Russell Birdwell fue un dossier de prensa tan grande (184 páginas) que rápidamente se lo apodó la Biblia. El informe se especializó en estadísticas, informando de cosas que carecían de importancia como si tuviesen algún significado revelador. Birdwell fue un cronista de hechos y medidas. Durante los 83 días de filmación, por ejemplo, el elenco y el equipo consumieron 192 509 comidas sabrosas y se bebieron 510 000 tazas de café, 3406,871 galones de helado, 53 000 bistecs y 5669,905 kilos de carne variada. El conjunto de producción requirió 16 093 kilómetros de cableado subterráneo, 22 531 kilómetros de nuevas carreteras, 6 pozos profundos que bombeaban 94 635,295 litros de agua artesiana pura cada día, 64 374 kilómetros de acero de construcción reforzado, 19 312 kilómetros de tuberías de agua, 9144 metros cuadrados de tejas españolas importadas y, probablemente el detalle más importante de todos, considerando el lugar y la hora, Texas en septiembre: equipo portátil de aire acondicionado por valor de 75 000 dólares. Si pudiera cuantificarse, Birdwell lo contó. Si pudiera exagerarse, Birdwell lo hizo.

Antes del estreno mundial de la película, que se llevó a cabo en San Antonio el 24 de octubre de 1960, Russell Birdwell alardeó en el mundo político, quizás motivado por la insistencia de John Wayne en la trascendente relevancia de la película para los asuntos mundiales. Wayne concibió El Álamo como un himno de determinación estadounidense durante la guerra fría. «No creo que pertenezca solo a los texanos», declaró en el monumental dossier de prensa de Birdwell. «Pertenece a personas de todo el mundo que valoran el tesoro inestimable de la libertad».

Las ambiciones de Russell Birdwell para la película no conocían límites. Trató que el Congreso de los Estados Unidos le otorgara la Medalla de Oro, el premio civil más importante del país, a todos los defensores de El Álamo. Incluso, en un delirio de grandeza, escribió una carta a la presidenta de las Hijas de la República de Texas, instando a que los líderes de Francia, la Unión Soviética, Inglaterra y los Estados Unidos celebraran su próxima cumbre en El Álamo. El gobernador demócrata Price Daniel frenó en seco ese plan y le escribió a Birdwell pidiéndole que recapacitara y abandonara la idea de la cumbre, porque «no encontrará a mucha gente a la que le gustaría que Nikita Sergeyevich Khrushchev (dirigente de la Unión Soviética en ese momento) visite nuestro estado, y mucho menos asista a una reunión en El Álamo». En la misma carta, el gobernador también quería asegurarse de que su hermano, Bill, recibiera crédito en la pantalla por pronunciar algunas líneas al principio de la película.

Sin inmutarse ante este revés, el incontenible Russell Birdwell tuvo otra idea «ingeniosa», esta vez relacionada con el programa de suvenires que se iban a entregar en el estreno mundial. Con ese fin escribió una carta dirigida a sir Winston Churchill, el político predilecto de John Wayne porque era ideológicamente liberal y capitalista desde el punto de vista económico, solicitándole que escribiera un prólogo de cien palabras, con una tarifa adecuada para ser donada a una organización benéfica elegida por el mismo. El ex primer ministro de Gran Bretaña y premio Nobel de Literatura se negó tajantemente.

Después del estreno de El Álamo, Russell Birdwell sacó su artillería pesada para conseguir que el filme consiguiera el máximo de nominaciones posibles a los Premios Óscar e inició una campaña en la que el publicista se superó a sí mismo en desdichados excesos. La película obtuvo siete merecidas nominaciones al Óscar, incluida mejor película (John Wayne recibió su primera y única nominación como productor). Aunque no consiguió que el Duque estuviera nominado a los premios al mejor director y al mejor actor. Una vez más la Academia volvió a menospreciar su trabajo delante y detrás de la cámara. También se quedó injustamente fuera en otros apartados como los de mejor guion basado en material de otro medio (James Edward Grant), mejor dirección de arte en color (Alfred Ybarra), mejor diseño de vestuario en color (Ron Talsky) y mejores efectos especiales (Lee Zavitz y Daniel Hays). Algunos críticos le tenían tanta ojeriza a El Álamo que lamentaron profundamente que películas como Psicosis, Espartaco o Éxodo lograran menos nominaciones. Con Wayne en África rodando ¡Hatari! (Hatari, 1962), de Howard Hawks, Birdwell tenía el camino libre para hacer lo que le diera la gana. La publicidad es muy importante a la hora de vender un producto. Las campañas publicitarias exitosas son aquellas que duran en la mente de todos incluso, pero hacerlo de una forma exagerada puede causar rechazo. La campaña publicitaria de Él Álamo fue demasiado excesiva y obvia, enfocada de manera equivocada, perjudicando seriamente la imagen de la película. En un movimiento controvertido, les envió cartas a todos los miembros de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas dando a entender que sería antipatriótico votar por cualquier otra película que no fuera El Álamo. Los periodistas se burlaron de las estrategias publicitarias tan agresivas de Birdwell. Afortunadamente, Wayne regresó a tiempo de África para ayudar a reprimir la tormenta de críticas.

Para rizar el rizo, Chill Wills, quien había recibido una merecida nominación a mejor actor de reparto por su entrañable interpretación de Beekeeper, un personaje ficticio que es amigo de Davy Crockett en la película, metió la pata hasta el fondo en su intento de conseguir el galardón a cualquier precio. Ser nominado al Óscar casi le volvió loco. En un intento torpe de influir en la votación, su publicista, WS Bow Wow Wojciechowicz, colocó anuncios en los principales periódicos y revistas de Hollywood que enumeraban a cientos de miembros de la Academia y se referían a ellos, al estilo de Wills, como los «primos» del actor. Groucho Marx sacó un anuncio de represalia en Variety: «Estimado Sr. Chill Wills, Estoy encantado de ser su primo, pero voté por Sal Mineo». Mineo estaba nominado por su papel de Dov Landau en Éxodo (Exodus, 1960), de Otto Preminger, y ganó el Premio Globo de Oro y el Premio Laurel de Oro al mejor actor de reparto en 1961. El anuncio que más enfureció a John Wayne apareció en The Hollywood Reporter y fue de muy mal gusto: «Nosotros, los miembros del elenco de El Álamo, estamos orando más duro de lo que los verdaderos texanos oraron por sus vidas en El Álamo para que Chill Wills gane el Óscar». El propio Wayne colocó un anuncio en esta revista cinematográfica y en Variety denunciando las tácticas tan agresivas que estaba utilizando el actor, además de disculparse públicamente:  «Nadie en Batjac (su productora) o en la oficina de Russell Birdwell (su publicista) había sido parte de su publicidad en papel comercial. Me abstengo de usar un lenguaje más fuerte porque estoy seguro de que sus intenciones no son tan malas como su gusto», proclamaba el anuncio. El veterano agente de prensa de Wills aceptó la culpa por el esfuerzo imprudente, alegando que Wills no sabía nada al respecto. Wills lo despidió y pasó a la ofensiva hablándole a la prensa de cómo Bow-Wow había dañado su buena reputación. Pero el daño ya estaba hecho. Wills, como era de esperar, perdió el Óscar ante Peter Ustinov, el gran favorito por su trabajo en Espartaco (Spartacus, 1960), de Stanley Kubrick.

Después de haberse gastado John Wayne 90 819 dólares de su propio bolsillo en promocionar el filme de cara a los Premios Óscar, El Álamo solo ganó en una sola categoría: mejor sonido (Fred Hynes, Gordon E. Sawyer y los departamentos de sonido de los estudios Samuel Goldwyn y Todd-AO) en la 33.ª edición de los Óscar, que tuvo lugar en el Santa Monica Civic Auditorium de Santa Mónica (Estados Unidos) el 17 de abril de 1961. El Duque era consciente de que era prácticamente imposible quitarle el Premio Óscar a la mejor película a El Apartamento (The Apartment, 1960), de Billy Wilder, la gran favorita de la noche con diez nominaciones. Sin embargo, estaba convencido de que su cinta iba a arrasar en los apartados técnicos. Sorprendente e inesperadamente perdió en las categorías a la mejor banda sonora de una película dramática o comedia (Dimitri Tiomkin), a la mejor canción original (The Green Leaves of Summer, Las hojas verdes del verano, Dimitri Tiomkin y Paul Francis Webster), al mejor montaje (Stuart Gilmore) y la mejor fotografía en color (William Clouthier), categorías en las que partía como la gran favorita. Tiomkin se quedó de piedra cuando Steve Allen y Jayne Meadows anunciaron que  Pote tin Kyriaki (Nunca en domingo, Never on Sunday), de Nunca en domingo, compuesta por Manos Hatzidakis, era la ganadora del premio a la mejor canción original. El compositor griego no estuvo presente en la ceremonia porque ni en sus mejores sueños pensaba que iba a ganar. La Academia aceptó el Óscar en su nombre. Conocida también como Children of Piraeus (Los niños del Pireo), fue la primera canción extranjera en ganar un Óscar en esta categoría. Puede que en esta extraña decisión de la Academia incluyeran los ataques continuos de Sammy Cahn hacia Tiomkin desde que se hicieran públicas las nominaciones. Cahn consiguió que su canción The Second Time Around de Buenos tiempos (High Time), compuesta junto a James Van Heusen, se colara entre las cinco candidatas a este galardón en la 27.ª edición de los Premios Óscar. En varias entrevistas dijo que Tiomkin todavía era incapaz de reconocer que su canción Three Coins in the Fountain de Creemos en el amor (Three Coins in the Fountain, 1954) le había ganado con total justicia a The High and the Mighty de Escrito en el cielo (The High and the Mighty, 1954) en 1955. The Green Leaves of Summer tuvo un éxito sin precedentes en todos los territorios en los que se estrenó El Álamo, sobre todo en la versión interpretada por The Brothers Four, siendo nº 1 en muchos países, entre ellos España, no solo por su calidad, sino también por la enorme repercusión mundial que tuvo la película. La canción se escucha de fondo la noche antes de la batalla final, mientras alguien le pregunta a un Davy Crockett ensimismado qué es lo que estt pensando en ese instante, a lo que este responde: «No estoy pensando, tan solo estoy recordando». La popularidad internacional lograda por El Álamo hizo que se grabasen versiones innumerables del tema, destacando las realizadas por Herb Alpert y los Tijuana Brass, Frankie Avalon, Mahalia Jackson, Frankie Laine y The Ventures. Incluso Lucho Gatica la versionó en bolero. En España, la versión más conocida, aparte de la que hicieron The Brothers Four, es la interpretada por el Dúo Dinámico, que se tituló Las hojas verdes. El Premio Óscar a la mejor banda sonora de una película dramática o comedia se lo arrebató Ernest Gold por Éxodo, convirtiéndose en otra de las grandes sorpresas de esta edición. El premio a la mejor fotografía en color fue para Russell Metty por Espartaco (sus discusiones con Stanley Kubrick fueron monumentales durante todo el rodaje) y Daniel Mandell se llevó la estatuilla dorada al mejor montaje por El Apartamento. A Él Álamo se le negaron estos premios porque los votantes de la Academia expresaron de esa manera su hartazgo por una campaña publicitaria tan exagerada y agresiva encabezada por Russell Birdwell. Asimismo existía en Hollywood cierto resentimiento por el hecho de que Wayne simplemente, con arrogancia, había asumido demasiadas tareas en la película. Al productor Darryl F. Zanuck de 20th Century Fox no le gustaba que los actores también produjeran y dirigieran películas y se quejó duramente sobre este aspecto: «Siento un gran afecto por Duke Wayne. Pero ¿qué derecho tiene a escribir, dirigir y producir una película?».

El sueño del héroe se convierte en pesadilla

El Álamo no fue el desastre comercial y crítico que muchas veces nos han querido vender los detractores de John Wayne. Las críticas fueron mayoritariamente positivas y se convirtió en una de las diez películas con mayores ganancias en Norteamérica el año de su lanzamiento, recaudando unos espectaculares 7 900 000 de dólares. A la película le fue especialmente bien en Japón (donde tuvo más éxito que Ben-Hur), Inglaterra, Francia, Italia, España y otros mercados extranjeros, donde batió récords de recaudación. Aunque la película tuvo una gran recaudación de taquilla, su coste tan elevado impidió que fuera un éxito en el momento de su estreno y Wayne se vio obligado a vender sus derechos a United Artists para poder recuperar el dinero que había invertido. Que a El Álamo no le fuera bien en los Premios Óscar no supuso ningún impedimento para que ganara varios premios cinematográficos importantes, muchos de ellos otorgados por organizaciones bastante prestigiosas: la revista Good Housekeeping, la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood (Globo de Oro a la mejor banda sonora) y el Salón de la Fama de los Vaqueros Nacionales y el Centro del Patrimonio Occidental en la ciudad de Oklahoma, tres premios Laurel de Oro otorgados por el Gremio de Productores de América (mejor película de acción, mejor actor de acción y mejor partitura musical), triunfadora absoluta en los Premios Western Heritage, premio de la Junta Nacional de Revisión (National Board of Review of Motion Pictures) a las diez mejores películas de 1960…

En la actualidad, para muchos críticos y cinéfilos El Álamo es una de las grandes obras maestras del cine épico. A pesar de los halagos de John Ford («Será eterna en cualquier tiempo y lugar; es la película más grandiosa que he visto jamás»), quien la incluyó en la lista de sus diez películas favoritas, y de otros cineastas como George Stevens, muchos críticos y una parte del público reaccionaron negativamente al mensaje tan patriota de la película. Por increíble que parezca, los enemigos de John Wayne la criticaron cruelmente antes del estreno, sin haberla visto. El guionista, James Edward Grant, que también había escrito para Wayne Ángel y el pistolero, Arenas sangrientas, El gran Jim McLain, Hondo, Un conflicto en cada esquina y El bárbaro y la geisha, fue el blanco de muchas críticas porque algunos pseudointelectuales consideraban que había escrito un guion demasiado sentimental, pretencioso y extenso. También fue vilipendiada cruelmente por guardar en su interior un supuesto mensaje derechista. De El Álamo se podrá criticar su falta de rigor histórico en determinados momentos. Pero es que ninguna película épica suele ser 100 % fiel a la historia). El que esté interesado en la historia verdadera, que lo aprenda de los libros, no del cine. Como decía Alfred Hitchcock, el maestro del suspense: «El que quiera verosimilitud, que vea un documental». Si nos limitamos al producto puramente cinematográfico, el resultado es irreprochable. El Álamo, el western épico por excelencia junto a La conquista del Oeste (How the West Was Won, 1962), de Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, es una película colosal, comprometida con los valores humanos a través del heroísmo de los defensores de la Misión franciscana de San Antonio de Valero convertida en fuerte. Sus secuencias de acción son insuperables. Todo un espectáculo para los espectadores, que deja frases memorables como: «Existen el bien y el mal y hay que escoger un camino u otro. Se puede escoger el mal, pero entonces se vive como si se estuviera muerto».

Para el escritor y analista Fernando Alonso Barahona, uno de sus grandes defensores, El Álamo «es una película mítica por muchos conceptos, no solo por su deslumbrante estilo visual que alcanza instantes de formidable grandeza épica (el asalto final al fuerte), dramática (la secuencia emocionante en la que los sitiados deciden quedarse en el fuerte sabiendo que van a morir) o romántica (el amor entre Davy Crockett y la bella Graciela Flaca que interpreta Linda Cristal). A su belleza formal contribuye desde luego, la espléndida fotografía de William H. Clothier, de tonos fordianos, y la maravillosa banda sonora de Dimitri Tiomkin, en especial la canción Las hojas verdes del verano, convertida en un clásico desde su primera audición.

Aparte de su estilo, El Álamo se funda en tres pilares fundamentales: el anhelo de libertad, la fe en la dimensión trascendente del ser humano, la vida entendida como misión, al estilo de Eugenio D’Ors. Varias escenas resumen el contenido. Crockett justificando su sacrificio a la joven Graciela: «Y esto es lo importante: sentirse útil. (…) Existen el bien y el mal y hay que escoger un camino u otro, si tomas el primero es la vida, pero si vas por el segundo es como si ya estuvieras muerto aunque continúes andando». O la última noche de los sitiados cuando uno de los defensores de El Álamo señala tras corroborar la fe en Dios que otro de sus compañeros ha proclamado: “Hay que confiar en las virtudes eternas de los hombres, en lo mejor de sí mismos, el valor, la honradez y el amor»».

John Wayne estaba devastado tras el fracaso  de Él Álamo en los Premios Óscar. El golpe para el gran héroe americano fue tan inesperado como catastrófico. Tenía la esperanza de que El Álamo despertara el patriotismo estadounidense confiando en el heroísmo incuestionable de hombres como Davy Crockett, Jim Bowie y William Travis y el poder que había alcanzado como estrella desde finales de los años 40. También lo vio como una reprimenda a la creciente renuncia del país a entablar combate con los comunistas chinos de Vietnam. El Álamo era su respuesta a los que quemaban banderas de Estados Unidos en las manifestaciones, a los que querían evadir el servicio militar y los pusilánimes que no creían en las virtudes estadounidenses por considerarlas anticuadas En 1961 Wayne estaba prácticamente arruinado y tuvo que vender su parte de la película a United Artists para pagar los millones que debía. Estaba física y mentalmente exhausto, más agotado y menos dinámico que en otras ocasiones. Además, había perdido mucho dinero en otras áreas: el acuerdo de divorcio con Esperanza Chata Baur (375 000 dólares), una inversión en una operación de pesca de camarones en Panamá que finalmente fracasó (600 000 dólares). Ese mismo año se llevó otro varapalo terrible: Ward Bond, su mejor amigo, falleció a los cincuenta y siete años víctima de un infarto. Se acercaban días oscuros para la estrella de cine. Su obsesión por la política (se unió a la John Birch Society (JBS) después de El Álamo) y adicción al trabajo hizo mella en su tercer matrimonio (se había casado en 1954 con la ex actriz y azafata de vuelo peruana Pilar Pallete), y estaba pendiente de un hilo. Algunos de sus biógrafos afirman que su patriotismo y conservadurismo eran una compensación por no haber luchado en la Segunda Guerra Mundial. Había perdido casi quince kilos, fumaba cinco paquetes al día y comenzó a toser sin cesar. No obstante, se dedicó todavía más a su trabajo, aceptando casi cualquier película que se le ofrecían. Tenía pérdidas enormes que recuperar. 

En 1968 dirigió Los boinas verdes (The Green Berets, junto a Ray Kellogg y Mervyn LeRoy. Los boinas verdes está basada en la novela homónima de Robin Moore publicada en 1965 y es la primera cinta de Hollywood sobre la guerra de Vietnam. Se estrenó cuando las bajas estadounidenses estaban en su punto más alto y la moral en su punto más bajo. En uno de los periodos más oscuros de la historia de Estados Unidos, la película de Wayne se las arregló para convertirse en un éxito colosal de taquilla (recaudó unos 32 millones de dólares). Pese a ser masacrada por casi toda la crítica consiguió dos nominaciones a los Premios Laurel de Oro a la mejor película y al mejor actor (John Wayne) en 1968. Los críticos consideraron que la mayoría de los actores eran demasiado mayores para interpretar a soldados cuando la edad media de un soldado estadounidense en Vietnam era de 19 años. El productor Jack L. Warner, un firme defensor de la guerra de Vietnam, dijo sentirse públicamente orgulloso de la película a pesar de las malas críticas. Su amigo Elmer Bernstein rechazó hacer la banda sonora de la película porque no encajaba con sus ideas políticas. 

Se ha afirmado erróneamente que John Wayne rechazó el papel de Lee Marvin en Doce del patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), de Robert Aldrich para rodar este filme. Sin embargo, Doce del patíbulo se rodó a principios de 1966, mientras que esta película se hizo en la segunda mitad de 1967. El Duque no pudo interpretar al rechazó el papel del mayor John Reisman porque no quería hacer una película en Reino Unido cuando su esposa Pilar iba a dar a luz en febrero de 1966. Tampoco le hacía mucha gracia entrenar a 12 criminales peligrosos para hacer una incursión en una fortaleza nazi inexpugnable ni le entusiasmaba la idea de volver a trabajar con Metro-Goldwyn-Mayer.

Alaska, tierra de oro, el lado cómico del héroe

Año 1900. Sam McCord (John Wayne) y George Pratt (Stewart Granger), dos buscadores de oro, se conocen en una ciudad de Alaska y entre ellos surge una gran amistad. Después de haber encontrado oro, George le pide a Sam que vaya a Seattle y le traiga a su novia para casarse con ella. Cuando Sam llega a la ciudad, comprueba que la novia de su amigo ya se ha casado, así que decide regresar con Angel (Capucine), una bella francesa a la que conoce en un salón.

En un primer momento, Alaska, tierra de oro (North to Alaska, 1960) se concibió para juntar de nuevo a Howard Hawks, John Wayne y Dean Martin después del gran éxito que habían conseguido con Río Bravo (Rio Bravo, 1959). Alaska estaba de moda en la prensa norteamericana cuando el proyecto se puso en marcha. En 1959 fue aceptada como el 49.º estado de los Estados Unidos de América. Esta fue una de las razones por las que a principios de 1959 se anunció que 20th Century Fox haría The Alaskans, protagonizada por John Wayne y escrita por Martin Rackin y John Lee Mahin (los tres acababan de trabajar juntos en Misión de audaces). Robert Mitchum iba a ser el coprotagonista en la segunda de una serie de tres películas que el Duque firmó con 20th Century Fox en los años 50 (la primera, El bárbaro y la geisha, no cumplió con las expectativas). Y Wayne quería que Henry Hathaway dirigiera el filme. Sin embargo, este tenía el compromiso de dirigir La mujer obsesionada (Woman Obsessed, 1959), siendo reemplazado por Richard Fleischer, quien tenía un contrato con 20th Century Fox y acababa de obtener un éxito impresionante con  Impulso criminal (Compulsion, 1959). En el Festival de Cannes de 1959, la película cosechó los premios en la categoría de mejor actor para sus tres principales intérpretes, Orson Welles, Bradford Dillman y Dean Stockwell. Asimismo, fue nominada como mejor película para el Premio BAFTA en 1960. Richard Fleischer fue contratado para dirigir la película sin que aún se hubiera escrito el guion. El triunfo cosechado con Los vikingos (The Vikings) en 1958 era su mejor carta de presentación para dirigir una película de aventuras. Después de hablar con Capucine, Fleischer pensó que no era la actriz adecuada para interpretar a una prostituta. No creía que fuera lo suficientemente sexy como para convencer a nadie de que se dedicaba a esa profesión. Le pidió al productor Charles K. Feldman que reemplazara a esta actriz por otra. Desafortunadamente para Fleischer, Feldman y Capucine vivían juntos en ese momento y él ya le había prometido el papel. Así que Capucine consiguió el papel y Fleischer decidió abandonar el proyecto. Sin embargo se difundió malintencionadamente la noticia de que era porque no quería trabajar con Wayne. La realidad era completamente distinta: Fleischer estaba entusiasmado con la posibilidad de rodar una película con el Duque.  Pero no quería trabajar en una película sin guion y con Capucine. Fue reemplazado por Henry Hathaway, quien ya se encontraba disponible. La película pasó mucho tiempo en fase de preproducción con el nombre de Go North por una huelga de escritores y la participación de Wayne en la realización de El Álamo.

Si tuviese que destacar algo de esta película es su alta carga de humor. Pocas veces me he reído tanto con un filme de esta época. John Wayne está irreconocible interpretando brillantemente un papel cómico, al lado de un desaprovechado Stewart Granger, en su último trabajo en Hollywood, y una belleza como Capucine, que consigue atrapar al espectador de una manera proporcional a la dificultad que tiene para conseguir que el Duque abra definitivamente su corazón y reconozca tanto a sí mismo como a sus amigos que sus sentimientos por el personaje interpretado por la francesa se corresponden con los de la misma. Un maduro y muy divertido Wayne interpreta a un personaje opuesto a los rudos vaqueros que personificó durante buena parte de su carrera cinematográfica. Sam McCord es un encantador soltero vocacional, que espera darse la vida padre con su fortuna porque las mujeres, si son para casarse, solo dan problemas. Henry Hathaway demuestra, una vez más, su enorme talento en una cinta que mezcla el wéstern, el cine de aventuras y la comedia romántica a la perfección. Esta comedia de enredo, en la que puede suceder de todo, también le muestra al espectador cómo fue la fiebre del oro en aquellos territorios remotos que en 1867, a instancia del secretario de Estado estadounidense William H. Seward, Estados Unidos había comprado al Imperio Ruso y de cómo llegaron primero los buscadores de oro que la ley y el orden, como sucedió en el Oeste.

Tres grandes guionistas como Martin Rackin (Misión de audaces), John Lee Mahin (Mogambo) y Wendell Mayers (Anatomía de un asesinato) trabajaron sobre la obra de teatro Birthday Gift, de Ladislas Fodor. Los tres fueron nominados en 1960 al Premio WGA a la mejor comedia que  concede el Gremio de Escritores de América, EE. UU. La música corrió a cargo de Lionel Newman, compositor que obtuvo el Óscar en 1970 a la mejor adaptación musical por Hello, Dolly! (1969), de Gene Kelly, y Cyril J. Mockridge, responsable de obras maestras como El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962), de John Ford. Leon Shamroy se ocupó de la fotografía en color. Su currículum como director de fotografía es impresionante, Junto a Charles Lang, ha sido el profesional que más nominaciones a los Premios Óscar ha conseguido en toda la historia. Consiguió la estatuilla dorada en cuatro ocasiones: El cisne negro (The Black Swan, 1942), de Henry King, Wilson (1944), de Henry King, Que el cielo la juzgue (Leave Her to Heaven, 1945), de John M. Stahl, y Cleopatra (1973), de Joseph L. Manckiewicz. La película se estrenó en los Estados Unidos el 7 de noviembre de 1960 y tuvo un éxito comercial considerable. Ganó un Laurel de Oro en 1961, pero la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas se olvidó de ella en la 33.ª edición de los Óscar. Tampoco seleccionó North to Alaska como una de las mejores canciones originales del año. La letra de la canción fue escrita por Mike Phillips y fue grabada por Johnny Horton. Resultó ser un gran éxito y encabezó la lista Country Singles de la revista Billboard, alcanzó el número cuatro en la lista Billboard Hot 100 y el octavo en la lista Norway Singles. Sin embargo, Horton no vivió para ver su éxito, ya que murió en una colisión de tráfico el 5 de noviembre de 1960 (ocho días antes del estreno de la película).

¡Hatari!, vacaciones en África

Después de perder hasta la camisa con El Álamo y ver desaparecer los frutos de su larga carrera por la negligencia de su gerente comercial, Bo Roos, el veterano actor estaba casi arruinado. Pero su reputación y popularidad seguían manteniéndose firme. Paramount Pictures acudió al rescate y le ofreció un contrato por diez películas, aliviando un poco sus preocupaciones económicas. ¡Hatari! (Hatari!, 1962), de Howard Hawks, fue el primer largometraje que rodó bajo este nuevo contrato con el estudio que produjo dos de sus mejores películas de los años 40: El pastor de las colinas (The Shepherd of the Hills, 1941), de Henry Hathaway, y Piratas del mar Caribe. Sin embargo, antes tuvo que cumplir un compromiso que tenía con 20th Century Fox y rodar Los comancheros (The Comancheros, 1961), de Michael Curtiz. Este estupendo wéstern fue la última película que dirigió el legendario cineasta Michael Curtiz (Casablanca, Robin de los bosques). Durante gran parte del rodaje, Curtiz estuvo gravemente enfermo (murió de cáncer poco después del estreno de la película). En los días en que el director estaba demasiado enfermo para trabajar, John Wayne se hizo cargo de la dirección de la película. Cuando finalizó el rodaje, le dijo al estudio que no quería aparecer en los títulos de crédito como codirector e insistió en que solo el nombre de Curtiz apareciera como director. A Los comancheros le fue bastante bien en la taquilla. El Duque ganó el Premio Laurel de Oro a la mejor interpretación en una película de acción y el Premio Bronze Wrangler concedido por el National Cowboy and Western Heritage Museum. La partitura compuesta por Elmer Bernstein, que destila, como en tantas sus composiciones escritas para el wéstern, vitalidad, optimismo, alegría, euforia, perfectamente acoplada a los planos generales, espacios abiertos, grandes paisajes y la fotografía panorámica de William H. Clothier deberían haber recibido sendas nominaciones en su 34.ª edición.  

John Wayne seguía atormentado por el espectro de la ruina financiera. Esta pérdida sobre el control de sus finanzas la había presenciado de primera mano cuando su padre, Clyde Leonard Morrison, fracasó en el negocio farmacéutico. Morrison se vio obligado a trasladarse con su familia (Mary Alberta Brown, su esposa, y Marion Mitchell Morrison y Robert Emmet Morrison, sus dos hijos) a Winterset, Iowa, a una granja de Glendale, en el desierto de California, un lugar que Wayne odiaba. Algunas noches, por culpa del estrés, volvió a revivir algunas de las pesadillas que sufrió en su infancia durante su estancia en Glendale. Estaba muerto de miedo ante la posibilidad de no poder mantener a su querida familia y antepuso el trabajo a todo lo demás. Siempre pensando que lo estaba haciendo por el bien de ellos. En ese momento, la relación con Pilar, embarazada de nuevo (ya habían tenido una hija, Aissa Wayne, en 1956) después de tres abortos espontáneos, se fue tambaleando y estaba al borde de la ruptura. Los abortos naturales la habían dejado deprimida. Con su marido trabajando día y noche para restaurar sus finanzas se sintió sola y abandonada. Ella recurrió al trabajo de caridad, involucrándose con asociaciones que recaudaban fondos para niños discapacitados. Cuanto más obsesionado estaba el Duque con el trabajo y la restauración de su bienestar financiero, más aislada se sentía Pilar. Pilar no dudaba de que Wayne la amaba y respetaba. Solo quería pasar más tiempo con él.  El Duque continuó trabajando sin descanso para mantener a Pilar y a su amada hija Aissa. Además tenía que apoyar financieramente a Josephine Saenz, su primera esposa y madre de sus cuatro primeros hijos, Michael, Mary Antonia, Patrick y Melinda.

Howard Hawks llevaba muchos años queriendo rodar una película en África. Estuvo a punto de hacerlo antes de rodar Río Bravo (Río Bravo, 1959), con Gary Cooper como protagonista. Después del éxito de Río Bravo, decidió que había llegado el momento adecuado. Hawks estaba interesado en unir a John Wayne con William Holden o Clark Gable. En 1960, Clark Gable accedió a protagonizar la película con John Wayne, siempre que fuera primero en los títulos de créditos y un millón de dólares, más el diez por ciento de los ingresos brutos. Paramount Pictures no accedió a las pretensiones del Rey de Hollywood y cambió radicalmente el guion. De todas formas, Gable murió doce días antes de que comenzara el rodaje, inmediatamente después de terminar de rodar Vidas rebeldes (The Misfits, 1961), de John Huston. El papel de Pockets era originalmente un inglés llamado Robbie y Howard Hawks le ofreció el papel a Leo McKern, Peter Ustinov y Peter Sellers. McKern se negó a trabajar con John Wayne por sus ideas políticas tan conservadoras, Ustinov no estaba disponible y Sellers aceptó antes de que el personaje se acabara transformando en un estadounidense. Lo acabó interpretando el comediante Red Buttons, ganador del Premio Óscar al mejor actor de reparto en 1958 por Sayonara (1957), de Joshua Logan. 

Muchos críticos se quejaron de que Howard Hawks parecía estar de vacaciones durante el rodaje de la película. En parte tenían razón: Hawks disfrutó de la oportunidad de filmar todo lo que quería en Tanganica, Tanzania en la actualidad, lejos de la vigilancia del estudio, gastando felizmente su presupuesto de seis millones de dólares. Otros supuestos expertos en este arte ridiculizaron el romance entre John Wayne y Elsa Martinelli. Lo llegaron a catalogar como poco realista. El cineasta aparece en al menos dos escenas de la película: la primera aparición es en la parte trasera del camión cuando están persiguiendo al rinoceronte hacia el final de la película. Él está parado a la derecha con un sombrero y mirando hacia abajo y hacia atrás. La segunda aparición es cuando están parados escuchando a Pockets leer la carta de Dallas. Camina por el pasillo detrás de la escena.

¡Hatari!, una joya aparentemente lúdica, es un regalo para todos los cinéfilos, aunque profundamente nostálgica y hasta melancólica, una oda perenne a la aventura llena de romance, amistad, camaradería, lealtad, sentido del humor, humanidad y luminosidad. El viejo zorro plateado, uno de los autores más versátiles del cine norteamericano, plantea el enfrentamiento entre los sexos en buena parte de su filmografía. Basa sus comedias en la guerra de sexos, mientras que con sus wésterns y películas de aventuras enfatiza los valores de la camaradería. En ¡Hatari!, el director fusionó ambos conceptos. De hecho, la película es una mezcla entre la comedia ligera y la acción más trepidante. La cinta se caracteriza por la internacionalidad de su reparto, en el que confluyeron actores estadounidenses, franceses, italianos y alemanes, con mención especial para la exmodelo Elsa Martinelli, en un papel que estuvo a punto de interpretar Claudia Cardinale. Las peripecias de este conjunto de personajes están amenizadas por la música de Henry Mancini (La pantera rosa), que se hizo muy popular en su día. El compositor estadounidense escribió una breve composición musical, Baby Elephant Walk, para acompañar una escena en la que Martinelli lleva a pasear a un elefante bebé. El tema se convirtió en un éxito internacional y en uno de los trabajos más conocidos de Mancini. Ha sido grabada por un gran número de artistas y en muchos estilos diferentes. Para la grabación del tema musical, Mancini contó con el virtuosismo de uno de los flautistas más importantes de todos los tiempos: James Galway. La música de ¡Hatari! tenía todas las papeletas para conseguir una nominación al Premio Óscar a la mejor banda sonora sustancialmente original en la 35.ª edición de estos galardones. Para sorpresa de propios y extraños no consiguió colarse entre las cinco nominadas. La Academia, en un intento de reparar este grave error, le concedió el premio a la mejor canción (compuesta junto a Johnny Mercer) por Days of Wine and Roses, de Días de vino y rosas (Days of Wine and Roses, 1962), de Blake Edwards. 

Howard Hawks, tuvo que prescindir de Dimitri Tiomkin, uno de los grandes sinfonistas del cine clásico, con el que había trabajado en obras maestras como Río Rojo (Red River, 1948) y Río Bravo, porque no le gustó la banda sonora que había compuesto. Deprisa y corriendo contrató a Henry Mancini, el compositor de moda en aquel momento por su trabajo en Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, 1961), de Blake Edwards. Así que el reto de Mancini fue doble: devolver la confianza que habían depositado en él creando una buena composición musical para el film, y lograr crear una música que no desentonara en una película de aventuras, Mancini aceptó el desafío, cambió de registro y se lanzó de lleno a esta producción donde consiguió mezclar, con bastante atrevimiento, tonos de jazz y música africana. Y el resultado no pudo ser más acertado. Mancini supo adaptarse a las exigencias de la película, pero sin perder su estilo propio, aquel que le definía y por el que quisieron contar con él.

Sean Mercer (un John Wayne magnífico, increíblemente natural y ajeno a todo divismo), un cazador que recorre el mundo capturando animales para venderlos a los zoológicos, reúne un grupo de cazadores en las llanuras de Tanganika, para cazar cebras y jirafas. La aparición de una fotógrafa, Anna Maria «Dallas» D’Allesandro (Elsa Martinelli), que pide unirse al grupo, modificará las relaciones y provocará tensiones dentro del equipo. Hatari significa peligro en suajili y el Duque justificó este título rodando las escenas peligrosas con los animales salvajes sin utilizar dobles. Según Howard Hawks, todas las capturas de animales fueron realizadas por los actores. No se sustituyó a ninguno de ellos por dobles ni cuidadores de animales en ningún momento. La escena en la que el rinoceronte se escapa ocurrió realmente. Los actores tuvieron que volver a capturarlo. Hawks incluyó la secuencia en el montaje final por su realismo. Wayne admitió haber estado asustado durante algunas de las escenas de acción y tenía la sensación de que el auto iba a volcar en cualquier momento. Solo llevaba un cinturón de seguridad como protección y el vehículo no paraba de moverse en todas direcciones. El Duque hizo un gran trabajo y siempre estuvo muy orgulloso de esta película. Estaba relajado y feliz. Salir del país y alejarse de todas las polémicas que había suscitado El Álamo fue bueno para su salud. Pilar y Aissa estuvieron allí durante las primeras semanas de un rodaje que duró cuatro meses. 

Varios de los temas señalados anteriormente aparecen expuestos con máxima claridad: el héroe arquetípico que personifica John Wayne y el papel progresivamente dominante de la mujer (a ello hay que sumarle una asombrosa modernidad narrativa), el profesionalismo y la amistad. El filme carece de argumento en el sentido tradicional, no hay una intriga a seguir ni grandes expectativas sobre el desenlace. Termina a los 159 minutos de proyección, pero bien podría haber durado una hora más. ¡Hatari! empezó a rodarse sin un guión completo. La escritora Leigh Brackett fue contratada posteriormente para adaptar las imágenes de animales a una historia cohesiva. Compartimos con los personajes sus momentos de descanso, las tareas que realizan, sus expediciones de caza y el inicio de algún romance inesperado. Los planos largos de calma e intimidad, con su utilización del montaje dentro del cuadro, tienen una tranquilidad y dulzura muy complicada de encontrar en gran parte del cine contemporáneo, en el que una edición confusa suele sustituir a la puesta en escena. Película que corrobora que el Duque fue un actor extraordinario, especialmente, en su madurez, La principal virtud de¡Hatari! es saber transmitir a los espectadores la sensación de estar con los personajes compartiendo sus aventuras y contratiempos. 

¡Hatari! tuvo un éxito apoteósico y se convirtió en la película más taquillera de todas las que estrenó Paramount Pictures en 1962. Como suele ser habitual en la mayoría de las películas interpretadas por John Wayne, ¡Hatari! solo consiguió una nominación en la 35.ª edición de los Premios Óscar: mejor fotografía en color (Russell Harlan). Freddie Young por Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962), de David Lean, era el gran rival a batir y quién finalmente se llevó el gato al agua. En los Premios Laurel de 1963 estuvo nominada al Laurel de Oro al mejor drama de acción y Cahiers du cinéma la incluyó en su lista de las mejores películas de 1962. Fueron los críticos jóvenes de esta revista cinematográfica francesa los primeros en apreciar la dimensión auténtica de Howard Hawks como autor, muy a su pesar, ya que se consideraba un simple narrador de historias.

El hombre que mató a Liberty Valance, el héroe en segundo plano 

Al igual que sucedió con El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952), John Ford necesitaba la ayuda de su antiguo protegido para que Paramount Pictures diera luz verde a El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962). La compañía productora y distribuidora de cine fundada por Adolph Zukor le dijo a Ford que si no podía conseguir a John Wayne para el papel de Tom Doniphon no la harían. Pensaban que sin el Duque al frente del reparto la película perdería una cantidad bastante importante de dinero. El tándem Ford-Wayne era una marca reconocida en todo el mundo. La dupla estelar que había cambiado la historia del cine. Pero el Duque ya no quería trabajar con el Viejo. Estaba cansado de sus malos modales. Ya no aguantaba como antes los comportamientos poco éticos de su maestro. Sin embargo, le debía todo lo que era (profesionalmente) a este hombre y no podía fallarle. En 1962, Ford fue contratado por Paramount Pictures para dirigir El hombre que mató a Liberty Valance, con John Wayne y James Stewart como protagonistas. Wayne fue quien recomendó a Lee Marvin para interpretar el papel de Liberty Valance, un matón sádico carente de sentimientos. Los dos actores habían hecho buenas migas un año antes durante el rodaje de Los comacheros. Su afición por el alcohol los unió para siempre. El primer día que Marvin se presentó en el set, Ford lo llamó y le dijo: «Acabas de hacer una película con John Wayne (Los comancheros). Wayne dirigió algunas escenas, ¿verdad? Bueno, eso no va a suceder aquí. Duke no va a hacer nada en esta película, excepto lo que yo le diga». A pesar de contar con dos estrellas de la importancia de Wayne y Stewart, Paramount Pictures seguía sin estar convencida del éxito de la película y comenzó a reducir costes. Se filmó en blanco y negro en vez de en color. A diferencia de muchas de las obras maestras anteriores de Ford, la mayor parte de este filme no se rodó en exteriores sino en interiores. Concretamente en el estudio que Paramount Pictures tenía en Hollywood. Si la compañía no hubiera tomado esta decisión tan drástica, El hombre que mató a Liberty Valance se hubiera rodado en Monument Valley o Bracketville, en color y con mucha más acción. Ford tuvo que aceptar todas estas condiciones para rodar la cinta. Se ha llegado a insinuar que El hombre que mató a Liberty Valance se rodó en blanco y negro porque John Wayne y James Stewart iban a interpretar personajes 30 años más jóvenes (Wayne tenía 54 años y Stewart 53 años cuando se filmó la película en el otoño) y que esa diferencia de edad tan grande se iba a hacer más evidente si se filmaba en color. La diferencia de edad fue particularmente notable en el caso de Stewart, ya que interpretaba a un abogado joven que acababa de graduarse de la Facultad de Derecho y se había mudado al Oeste sin ejercer la abogacía en el Este. Ford consideró contratar a un actor joven para el papel de Ransom Stoddard, pero temía que eso destacara el hecho de que John Wayne era demasiado mayor para interpretar a Tom Doniphon. Ford afirmó preferir el blanco y negro al color y que el tiroteo culminante entre Stoddard y Valance no habría funcionado en color.

Estas inesperadas restricciones presupuestarias aumentaron las tensiones durante el rodaje, donde Ford y Wayne discutían continuamente. Rodar El hombre que mató a Liberty Valance no fue una experiencia positiva para ninguno de los dos. Quizá porque Ford sabía que necesitaba a Wayne para garantizar el éxito de la película. Por eso se portó de esa manera tan cruel con él. Tenía metido entre ceja y ceja humillar a la persona que le había conseguido el trabajo en esta película. No paró de meterse con su pupilo durante todo el rodaje. Lo que más le gustaba era llamarlo mal actor. Parecía disfrutar haciéndolo. No aceptaba que Wayne le había hecho un favor tan importante. Wayne ya no era un actor sin experiencia y poco éxito, como lo había sido en La diligencia (Stagecoach, 1939) e intentaba mirar para otro lado cuando Ford le insultaba. Ford se jactaba de decir que necesitaba avergonzar a Wayne delante de sus compañeros para conseguir que de ese modo realizara una buena interpretación. Sin embargo, Ford tenía guardado un as en la manga. Sabía dónde colocar el dedo en la llaga y hurgó despiadadamente en la única herida que todavía le dolía a Wayne: no haber combatido en la Segunda Guerra Mundial. Insultó y humilló al actor comparándolo con James Stewart, que había tenido un historial de guerra impecable. Ford le preguntó a Stewart delante de Wayne: «Cuántas veces arriesgaste tu vida por tu país, Jimmy?». Para luego preguntarle a Wayne: «¿Qué tan rico te hiciste mientras Jimmy arriesgaba su vida?». Woody Strode, con quien Wayne tampoco se llevó bien durante el rodaje de El hombre que mató a Liberty Valance por culpa de Ford, solía realizar sus propias escenas de riesgo, en parte porque era un gran atleta y resultaba casi imposible encontrar un doble negro que encajara con su aspecto y constitución física (en Espartaco le había pasado lo mismo). En la escena en la que Tom Doniphon prende fuego a su casa, Strode tuvo que entrar corriendo y sacarlo a rastras del edificio. Wayne estaba usando un doble, pero Strode, de 47 años, no. John Ford le dijo a su estrella: «Duke, Woody es un anciano, tiene que cargarte en sus brazos y no necesita un doble». Wayne decidió hacer la escena él mismo, prescindiendo de su doble. Otros biógrafos piensan que Ford estaba resentido con Wayne porque casi todas las escenas que rodó para El Álamo se quedaron en la sala de montaje. Un día, cuando Wayne sugirió un pequeño cambio en una escena, Ford perdió los nervios y le gritó: «¡Dios mío, te saqué de los wésterns de ocho días, te puse en grandes películas y me das una estúpida sugerencia como esa!». El Duque sabía que Ford no estaba nada orgulloso al verse obligado a aceptar los estrictos términos de producción que le había puesto Paramount Pictures. Estaba todo el rato enfadado, creaba tensión entre los actores para que se pelearan entre ellos (Wayne se llevó mal con Strode y Lee Van Cleef durante todo el rodaje), tratando a Wayne peor que nunca, portando com un bastardo, siendo un auténtico hijo de puta con casi todo el mundo. De esta forma, Ford creía mantener el control de la producción. En 1962 Wayne tenía mucha más influencia en la meca del cine que él y Ford lo llevaba fatal.

La película arranca varios años después de la acción principal, cuando el senador Ransom Stoddard (James Stewart) y su esposa Hallie Stoddard (Vera Miles) llegan a la pequeña localidad de Shinbone para asistir a un funeral. El difunto es alguien muy especial para ambos, pero completamente desconocido para unos curiosos periodistas que están sorprendidos por la presencia del político en la ciudad. Un largo «flashback» nos explicará la historia de aquel hombre llamado Tom Doniphon.

Tom Doniphon, la tragedia de un héroe 

Siempre he pensado que saber mirar es la mejor forma de medir la calidad de un actor. La mirada de John Wayne dice a menudo mucho más que sus palabras. Cuando Liberty Valance le pone la zancadilla a Ransom Stoddard, quien ha tenido que cerrar su despacho por falta de clientes y ponerse a trabajar como lavaplatos en la cantina del sueco, un bistec cae al suelo. Tom se levanta de su mesa y se enfrenta al asesino. «¡Ese es mi bistec, Valance! ¡Recógelo!», le ordena mientras sus manos se preparan para disparar. Ni siquiera el sanguinario Valance es capaz de hacerle frente cuando la ira asoma por sus ojos azules. En una subtrama conmovedora, Doniphon está construyendo una habitación adicional en la casa de su rancho fronterizo para poder casarse con Hallie, su interés amoroso, interpretado por una espléndida Vera Miles. Stoddard la ha enseñado a leer, le ha dado la llave que abre la puerta a nuevos mundos, mostrándole que hay otras formas de hacer justicia sin necesidad de utilizar la fuerza bruta. Mientras mantiene una debilidad en su corazón por Doniphon, Hallie se casará con este nuevo tipo de héroe. Mientras Hallie tiene que elegir entre sus dos pretendientes, Doniphon le enseña a Stoddard cómo manejar un arma. Es otro papel de mentor para el Duque, enseñarle al abogado sin experiencia a disparar, aunque uno mucho más complejo que en otras de sus películas debido a su interés mutuo por Hallie. Entre tanto drama hay lugar para la comedia. Como cuando Doniphon le gasta una broma a Stoddard haciéndole disparar a una lata de pintura que lo salpica por completo, Stoddard golpea a Doniphon en la mandíbula. Ford era un experto en mezclar risa y llanto. Todos los personajes son de un realismo y naturalismo total, sin artificios de por medio. Doniphon renuncia a la felicidad para hacer feliz a la mujer que ama cuando advierte que ella admira a Stoddard. Podría actuar según su código y tal vez matar a este tipo o permitir que lo haga Valance. Pero su conciencia le conduce al drama de la soledad, porque comprende que no puede competir con los avances que trae el nuevo Oeste. Su impacto en la sociedad es imparable. Para decirlo de una manera poética, mientras Stoddard le explica a Hallie qué bellas son las rosas, Doniphon solo puede ofrecerle una flor de cactus. Curiosamente, es lo primero que busca ella cuando acuden a su funeral, lo que demuestra, amargamente, que en realidad amaba a Doniphon y hubiera sido más feliz a su lado. 

Mi escena favorita de El hombre que mató a Liberty Valance es aquella en la que Doniphon observa como Hallie cubre las heridas de Stoddard después de que este último le haya plantado cara a Liberty Valance. Ahora sabe que Hallie nunca se casará con él. El personaje acaricia la tragedia cuando, tambaleándose borracho, se dirige a la casa que estaba construyendo para Hallie y en un momento de rabia le prende fuego. Se sienta en un sillón, resignado a morir, y solo la intervención de su ayudante y fiel amigo Pompey (Woody Strode) impide el fatal desenlace. Pese a esta escena, Doniphon es un hombre con una fortaleza física y mental admirable, amable e incluso ingenioso, cargado de mucha irónica al hablar. Al igual que en Centauros del desierto, el público simpatiza con un personaje que pierde a la chica, destruye su hogar y pierde el rumbo. Una simpatía que se profundiza con la sugerencia de que Hallie todavía se preocupa por él, tal vez incluso lo ama. Pero más importante es la revelación final de que fue Doniphon, no Stoddard, quien mató a Liberty Valance.

En otro flashback, Tom Doniphon, parado en las sombras con su rifle, dispara a Liberty Valance antes de que pueda asesinar a Ransom Stoddard. Doniphon se convierte en un salvador heroico con el patetismo añadido de que su acción pasó desapercibida. El misterio principal de la película es por qué Doniphon, quien podría tener la oportunidad de recuperar a Hallie, nunca deja las cosas claras. Consiente que el amor de su vida se vaya con Stoddard creyéndole un héroe por derrotar a Valance. ¿Por qué Doniphon admite la derrota con tanta facilidad? ¿Por qué deja que su rival prevalezca sobre él? Quizá su ataque furtivo a Valance lo hubiera llevado a un juicio por asesinato si se hubiera hecho público. O acaso reconoce que el Oeste está cambiando y su forma de mantener el orden ya no tiene sitio en esta transformación. Ford no da más detalles sobre este asunto, aunque Doniphon es el héroe verdadero de la película, el héroe que permanece en el olvido social. La social ha borrado su recuerdo de la memoria colectiva. Y Stoddard tiene que vivir durante toda su vida sabiendo que su reputación se basa en una mentira. La humilde decisión de Doniphon tiene sus raíces en el arquetipo heroico que Ford y Wayne crearon juntos. En pocas palabras, los héroes no se jactan de sus hazañas cuando deberían hacerlo. Buscan el bien común en vez de la gloria. Hubiera sido ofensivo para Doniphon apoderarse del éxito de Stoddard, sin importar la verdad de la situación. Está dispuesto a permitir que Stoddard se lleve la notoriedad que debería haber sido para él. Esta verdad supone un gran coste personal y no se hace pública hasta el final de la película, cuando Stoddard le da una entrevista a un joven periodista, describiendo lo que sucedió en realidad. A punto de apresurarse a imprimir la historia real, su editor le dice que no lo haga. «Cuando la leyenda se convierte en realidad, imprime la leyenda». Una frase que, en general, se suele malinterpretar porque tiene un sentido irónico.

La historia del cine está llena de mitos que desplazan la verdad. Como Howard Hawks y Alfred Hitchcock, John Ford volvió infinidad de veces a los mismos temas a lo largo de su extensa y fructífera carrera. Y el valor del mito lo volvería a tratar nuevamente en El hombre que mató a Liberty Valance. Para Ford la leyenda es mucho más importante que la verdad. Y este es uno de los primeros wésterns en desafiar la leyenda. Nos enseña que sin importar cómo se haya logrado, a menudo la gloria está lejos de la fría verdad de los hechos. Resulta obvio que el viejo maestro simpatiza con Wayne y el viejo Oeste. El Duque es el personaje central de la película, el motivador de todo, aunque James Stewart tiene muchas más escenas en el filme. El hombre que mató a Liberty Valance nos deja otra lección importante: si el héroe no gana, el ganador no es heroico. En realidad tenemos el primer wéstern verdaderamente ambiguo, revisionista, en el que se cuestiona la idea del heroísmo. En cierto sentido, cada uno de los dos personajes principales es la mitad de mismo un hombre. Sus dos enfoques son incompletos sin el otro. Las armas por sí solas no traerán la paz y la ley debe ser respaldada con la fuerza. Esta cinta se encarga de marcar el comienzo de un período de cambios profundos para el género que Ford y Wayne ayudaron a crear en 1939 con La diligencia (Stagecoach). Al final, Doniphon es un alma perdida sin su amada Hallie, sin la granja que construyó para ella y luego destruyó en un momento de amargura, ira y rabia, sin la gloria de haber matado a un forajido conocido. Ransom Stoddard se da cuenta al final de la película de que es un fraude, impulsado al éxito sobre la base de una mentira. Su visión revisionista del héroe de la frontera y su reconocimiento del fin de esa era, se suman a la complejidad y ambigüedad de la obra de Ford y al wéstern mismo. 

Con esta película, John Ford le regaló a John Wayne uno de los personajes más complejos, dramáticos y maravillosos de su carrera. Tom Doniphon es, como Liberty Valance y sus esbirros, un hombre de la frontera que todavía se guía por los códigos del viejo Oeste. Este héroe sombrío no está preparado para los cambios que trae la civilización (leyes, política, cultura, ferrocarril y una visión más amplia del mundo). En esta ocasión no es el héroe de la narración quien asume la misión de dar muerte a su adversario, ya sea cumpliendo un papel que le ha sido adjudicado en un momento determinado o satisfaciendo los designios de un azar caprichoso. El Duque nunca se sintió cómodo metido en la piel de Doniphon. Pensaba erróneamente que el protagonista era James Stewart. «Ford había escogido a Jimmy para el papel de héroe. Tenía a Andy Devine para el humor inteligente. Y a Lee Marvin como el llamativo villano, y, mierda, yo solo me paseaba por la película», llegó a decir en una entrevista. El nombre de Stewart aparece por encima del de Wayne en los carteles promocionales. Sin embargo, en los títulos de crédito  Wayne aparece primero y un poco más arriba en un cartel. El estudio le dijo a los dueños de las salas de cine que el nombre de Wayne tenía que aparecer antes que el de Stewart en las carpas de los teatros. En los Premios Laurel de 1963 John Wayne ganó el Laurel de Oro al mejor actor en una película de acción, derrotando a Lee Marvin, su compañero de reparto. También estuvo nominada al Laurel de Oro al mejor drama de acción. La Academia pasó por alto su triunfo en los Premios Western Heritage y únicamente nominó a El hombre que mató a Liberty Valance en una sola categoría: mejor diseño de vestuario en blanco y negro (Edith Head). Norma Koch consiguió el galardón por su brillante trabajo en ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962), de Robert Aldrich. Otras de las ausencias más significativa se produjeron en las categorías de mejor película (Willis Goldbeck), mejor director (John Ford), mejor actor (Wayne tenía muy difícil conseguir la nominación en un año repleto de interpretaciones memorables), mejor actor de reparto (Lee Marvin), mejor guion basado en material de otro medio (James Warner Bellah y Willis Goldbeck, a partir de la historia de Dorothy M. Johnson), mejor fotografía en blanco y negro (William H. Clothier), mejor montaje (Otho Lovering) y mejor dirección de arte en blanco y negro (Eddie Imazu y Hal Pereira). Me parece vergonzoso que filmes tan discretos como Vivir de ilusión (The Music Man) y Rebelión a bordo (Mutiny on the Bounty) lograran muchas más candidaturas que El hombre que mató a Liberty Valance. En el momento de su estreno, la mayoría de los críticos estadounidenses la calificaron como un trabajo menor de un gran director. Las reseñas negativas no impidieron que recaudara unos fabulosos 8 millones de dólares, El hecho de que Wayne y James Stewart, dos de las estrellas más importantes de Hollywood, trabajaran juntos por primera vez tuvo mucho que ver en el éxito del filme, convirtiéndose en la 15a de mayor recaudación de 1962. Sergio Leone dijo que esta era su película favorita de John Ford porque «fue la única película en la que [Ford] aprendió algo llamado pesimismo».

John Ford también dirigió a John Wayne y James Stewart en Alcoa Premiere: Flashing Spikes (1962), el primer episodio de la segunda temporada de la serie de televisión Alcoa Premiere. Wayne y Stewart aparecieron juntos nuevamente en la última película interpretada por el Duque, El último pistolero (The Shootist, 1976), de Don Siegel, y también estaban en el elenco de La conquista del Oeste (How the West Was Won, 1962), de Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, pero en capítulos diferentes.

Cameos memorables 

A comienzos de los años sesenta, con las majors, los estudios cinematográficos más poderosos, en plena crisis iniciada en la década anterior por culpa de la televisión, tanto Metro-Goldwyn-Mayer como 20th Century Fox emplearon todos sus recursos disponibles en el rodaje de dos grandes y costosas superproducciones con un triple objetivo en común: recuperar el esplendor del Hollywood dorado, hacer frente a la competencia creciente de la televisión y mostrar al mundo que ambas productoras todavía gozaban de una salud espléndida.

El resultado fueron La conquista del Oeste y El día más largo (The Longest Day), dos películas colosales, técnicamente impresionantes, de muy larga duración (164 y 180 minutos respectivamente), presupuestos desorbitados (la segunda contó con un presupuesto estimado de 10 millones de dólares, mientras que la primera la superó en un cincuenta por ciento), con un elenco de actores espectacular no visto hasta ese momento en la gran pantalla y con la participación de varios directores competentes ocupándose de cada uno de los episodios en los que se estructuraban ambos filmes. Los años sesenta se caracterizaría por este tipo de filmes que pretendía devolver al público a las salas de cine.

El día más largo, cuando medio Hollywood tomó Normandía

Segunda Guerra Mundial, junio de 1944. Los aliados preparan un asalto descomunal en Europa, con el que piensan darle un fuerte varapalo a las fuerzas nazis que aún dominan el Viejo Continente. Sin embargo, los 160 000 efectivos apostados en Inglaterra ya llevan demasiado tiempo esperando el momento adecuado para arrojarse sobre las playas de Francia. En el lado contrario, el ejército alemán ha fortificado las playas, aunque piensa que cualquier tipo de desembarco solo será posible en el punto más próximo entre Francia e Inglaterra: el puerto de Calais. Confiados en el mal tiempo predominante durante esa época del año, los nazis desestiman cualquier tipo de acción de la armada aliada. No obstante, el 6 de junio el comandante supremo aliado en el frente de la Europa occidental, Dwight David «Ike» Eisenhower, da luz verde a esa operación. Así comienza el mayor operativo militar de toda la historia. El nombre clave fue Operación Overlord y supuso el golpe decisivo que cambió la relación de fuerzas en el tablero de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Un desembarco masivo que tuvo lugar el 6 de junio de 1944, donde 160 000 soldados aliados llegaron a la costa francesa más alejada de Gran Bretaña (las playas de Normandía) confiando en la sorpresa que supondría semejante decisión táctica para el ejército alemán. Normandía es una región del norte de Francia enorme, el escenario idóneo para un desembarco coordinado de tropas divididas en varias fuerzas. De hecho, fueron cinco puntas de lanza apuntadas a sectores como Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword. El resultado final fue una batalla larga y sangrienta donde los aliados, con preparativos previos muy bien planificados, como la llegada de paracaidistas detrás de las líneas enemigas y asegurarse el acceso a la zona mediante la toma de puentes y pasos estratégicos, lograron desplegar un ejército masivo en un período de tiempo muy corto para dirigirse hacia el corazón de Europa.

El día más largo (1962), de Ken Annakin, Andrew Marton, Bernhard Wicki y Darryl F. Zanuck (sin acreditar) es la recreación de «el día D». La película está basada en la novela homónima escrita por Cornelius Ryan. El libro fue adaptado para el cine por Romain Gary, James Jones, David Pursall, el propio Cornelius Ryan y Jack Seddon. El célebre productor Darryl F. Zanuck y 20th Century Fox pusieron en marcha una superproducción tan grande como los hechos originales que narra, contando con un elenco multiestelar y numerosos directores y guionistas. El filme causó tanto impacto que impulsó toda una corriente de superproducciones bélicas a lo largo de los años sesenta y principios de los setenta. El día más largo es una de las mejores películas bélicas de todos los tiempos, en especial por sus espectaculares escenas de batalla. Su manera de afrontar las primeras horas de la batalla de Normandía logra transmitir muy bien lo que tuvo que ocurrir en realidad. No solo un planteamiento estratégico sencillo, sino la ansiedad y el miedo que padecen unos, y la impotencia y mala suerte que sufren otros. Eso no quita que sea un ejemplo perfecto de todos los defectos que afectan a este género cinematográfico: tópicos heroicos por todos lados, poca importancia a la parte dramática y discursos patrióticos acalorados.

Aunque tenía a William Holden y Charlton Heston en la recámara, Darryl F. Zanuck quería a toda costa que John Wayne, al que admiraba profundamente, a pesar de haber criticado en una entrevista su labor como productor al frente de El Álamo, interpretara al teniente coronel Benjamin Hayes «Vandy» Vandervoort, el oficial al mando del 2.° Batallón, 505.° PIR, durante los aterrizajes aerotransportados estadounidenses en Normandía. El contenido de dicha entrevista llegó a oídos de Wayne y se negó a aparecer en esta película. Zanuck le entregó un cheque en blanco diciéndole que anotara la cantidad de dinero que quisiera. El Duque puso 250 000 dólares en el cheque pensando que Zanuck no le iba a pagar tal cantidad. Wayne se quedó atónito cuando Zanuck accedió a esta petición y muy a su pesar se vio obligado a aceptar el papel. Al resto de los actores se les pagó 25 000 por su participación en el filme. Como parte del contrato, John Wayne, además de cobrar una tarifa tan elevada, insistió en aparecer por separado en los títulos de crédito, una práctica que no era habitual en este tipo de situaciones. Su nombre aparece el último para cumplir con esta cláusula, lo que resultó ser muy controvertido para algunos de sus detractores por no haber participado en  la Segunda Guerra Mundial. El actor solo tardó cuatro días en rodar su cameo, aunque es uno de los más largos de la película, y su participación fue memorable. Zanuck reunió un reparto de ensueño: Henry Fonda, Robert Mitchum, Robert Ryan, Richard Burton, Rod Steiger, Eddie Albert, Mel Ferrer, Peter Lawford, Richard Todd, Robert Wagner, Sal Mineo, Red Buttons, Roddy McDowall, Edmond O’Brien, Jeffrey Hunter, Tom Tryon, Stuart Whitman, Steve Forrest, Paul Anka, Fabian,Sean Connery… Después del estreno de El día más largo, hubo quejas y cierta controversia sobre el reparto, ya que muchos de los actores eran demasiado mayores para sus personajes. El teniente coronel Benjamin Vandevoort tenía 27 años el día D y muchos críticos se sintieron decepcionados al descubrir que el Duque, de 54 años, lo estaba interpretando. En líneas generales, consideraban que Wayne era demasiado mayor y tenía sobrepeso para interpretar a un paracaidista que no llegaba a los 30 años. Otros críticos sintieron que tener cada papel interpretado por una estrella reducía el impacto emocional de la película. Con un presupuesto de 10 millones de dólares, fue la película en blanco y negro más cara y taquillera jamás realizada hasta que se estrenó La lista de Schindler (1993).  El día más largo ganó dos de los cinco Premios Óscar a los que optaba, los correspondientes a mejor fotografía en blanco y negro (Jean Bourgoin, Walter Wottitz y Henri Persin) y mejores efectos especiales (Walter G. Elliott y Jacques Maumont). Perdió en las categorías de mejor película (Darryl F. Zanuck), mejor montaje (Samuel E. Beetley) y mejor dirección de arte en blanco y negro (Ted Haworth, Leon Barsacq, Vincent Korda y Gabriel Bechir) y se quedó fuera en otros apartados como los de mejor dirección, mejor guion basado en material de otro medio, mejor sonido y mejor diseño de vestuario en banco y negro. Consiguió algunos premios importantes, entre los que que me gustaría destacar el Globo de Oro a la mejor fotografía en blanco y negro (estuvo nominada al galardón a la mejor película), el Premio Eddie (entregado por los Editores de Cine de Estados Unidos) al mejor montaje para película dramática, el Premio David di Donatello a la mejor producción extranjera, una nominación a los Premios del Sindicato de Directores (DGA) a la mejor dirección (cine), el Laurel de Oro al mejor drama de acción en los Premios Laurel de 1963 y el Premio NBR a la mejor película de Junta Nacional de Revisión (NBR), EE. UU. 

La conquista del Oeste, el wéstern más caro de la historia

Metro-Goldwyn-Mayer abordó el proyecto de La conquista del Oeste como un gran homenaje al wéstern, el género cinematográfico por excelencia, en un momento en el que comenzaba su lento declive y se cuestionaba la visión que Hollywood había mostrado hasta entonces de la construcción de los Estados Unidos. A partir de los años sesenta empezaron a proliferar los denominados wésterns revisionistas y desmitificadores. La mayoría de las obras adscritas a esta corriente apenas tuvieron una calidad ínfima. Para ello encargó la elaboración del guion a James Ruffin Webb, un prestigioso escritor especialista en el género. Webb había escrito títulos tan importantes como Apache y Veracruz, ambos dirigidos por Robert Aldrich en 1954, y Horizontes de grandeza (The Big Country, 1958), de William Wyler. Partiendo de un conjunto de relatos previamente publicados en la revista LIFE, escribió un libreto que contenía los personajes, principales y situaciones y temas desarrollados en el wéstern a los largo de casi seis décadas. De esta forma, la película se convirtió en una especie de enciclopedia visual del género. Una empresa titánica de la que obtuvo su recompensa al ganar el Premio Óscar al mejor argumento y guion escritos directamente para la pantalla, derrotando contra todo pronóstico a Elia Kazan (América, América), Arnold Schulman (Amores con un extraño), Pasquale Festa Campanile, Vasco Pratolini, Carlo Bernari, Massimo Franciosa y Nanni Loy (Los cuatro días de Nápoles) y Federico Fellini (Fellini ocho y medio). Además, Metro-Goldwyn-Mayer quiso dotar de espectacularidad a esta gran epopeya rodando el filme en cinerama, un sistema de pantalla ancha que usaba tres cámaras sincronizadas para filmar y tres proyectores para mostrar la película. El sistema, aparte de resultar demasiado costoso, originó problemas innumerables (los actores en ocasiones no sabían a qué cámara dirigirse, no todas las salas de cine contaban con las pantallas adecuadas, el formato condicionaba la composición de los planos…) por lo que no consiguió consolidarse y se rodaron muy pocas películas (ese mismo año Metro-Goldwyn-Mayer también produjo El maravilloso mundo de los hermanos Grimm), siendo definitivamente desplazado por el Super Panavisión 70 y el Ultra Panavisión 70, formatos panorámicos sin los contratiempos originados por el cinerama.

Igualmente destacable es la música compuesta por Alfred Newman, uno de los grandes músicos de Hollywood, derrotada injustamente por la escrita por John Addison para Tom Jones en la categoría de mejor banda sonora sustancialmente original en la 36.ª edición de los Óscar. La banda sonora cuenta con un tema principal extraordinario y épico (How the West Was Won) con el que se identifica al género, además de varios incidentales muy apropiados y otros tradicionales muy bien escogidos en relación con los acontecimientos narrados (Shenandoah, A house in the meadow, When Johnny comes marching home). Metro-Goldwyn-Mayer contrató a Dimitri Tiomkin para hacer la partitura de la película, pero Newman lo tuvo que sustituir por enfermedad. Newman logró el Óscar en nueve ocasiones y estuvo nominado a la estatuilla dorada cuarenta y cinco veces. Para ponerle la guinda al pastel Metro-Goldwyn-Mayer consiguió un reparto extenso plagado de grandes estrellas como John Wayne, James Stewart, Henry Fonda, Gregory Peck o Richard Widmark, a los que acompañaron actores de reparto de la talla de Walter Brennan, Lee J. Cobb, Karl Malden, Agnes Moorehead, Robert Preston, Thelma Ritter, Lee Van Cleef y Eli Wallach y grandes promesas de la época como Carroll Baker, George Peppard, Debbie Reynolds o Russ Tamblyn. Incluso se contó con un narrador de lujo, Spencer Tracy. La posibilidad de reunir a tal cantidad de actores se debió a la propia estructura de la película con cinco capítulos claramente diferenciados. Cada uno de ellos, salvo el dedicado a la guerra civil estadounidense, incluía una escena culminante en la que los espectadores podían apreciar el adelanto tecnológico. Los capítulos fueron rodados por directores diferentes. Así Henry Hathaway, un gran cineasta escasamente valorado, se ocupó de los dos primeros (Los ríos y Las llanuras) y el último (Los forajidos). Del cuarto (El ferrocarril) se encargó George Marshall, un cineasta discreto especializado en películas de bajo presupuesto. El episodio de la Guerra civil, sin duda el mejor, lo filmó el gran maestro John Ford. Además, Richard Thorpe, un hombre de total confianza de la compañía, filmó las escenas que unían los distintos capítulos con los que se pretendía dar una sensación de conjunto y para los que se tomaron secuencias de otros filmes como El árbol de la vida (Raintree County, 1957), de Edward Dmytryk, o El Álamo, de John Wayne. Todos estos segmentos siguen las andanzas de la familia Prescott centrándose en los destinos de dos de las hijas del matrimonio formado por Zebulon (Karl Malden) y Rebeca (Agnes Moorehead) durante unos cincuenta años de historia. 

El episodio dirigido por John Ford constituye una pequeña obra maestra y para muchos críticos está a la altura de sus mejores trabajos. En algo más de veinte minutos este cineasta muestra su genialidad al utilizar un formato pensado para grandes superproducciones en un capítulo intimista y oscuro, en perfecta armonía con el tema tratado, y rodado, en su mayor parte, en los estudios de Metro-Goldwyn-Mayer. Para ello estructura el capítulo en dos partes y un pequeño epílogo. En la primera el público se vuelve a encontrar con Eva Prescott (Carroll Baker), ahora casada con Linus ) James Stewart), madre de dos hijos y propietaria de una granja. En ella aborda uno de sus temas más recurrentes: la destrucción del núcleo familiar por causas externas, en este caso la guerra civil. Son unos minutos de una gran emotividad en los que muestra el dolor profundo hasta llegar al desgarro interno de una madre que ve cómo la guerra, que ya le ha arrebatado a su marido, se lleva también a Zeb (George Peppard), su hijo mayor. Los detalles pequeños de esa mujer destrozada son los que sacan a la luz el genio de Ford. En la segunda Ford trata otro de sus asuntos habituales, el horror que siente por la guerra y su rechazo a la misma desde que regresó de la Segunda Guerra Mundial. El espectador ve a un Zeb más realista y menos aventurero, porque ha visto la cara verdadera de un conflicto bélico, tras participar en Shiloh (la batalla más sangrienta de Estados Unidos hasta ese momento). Para el director estadounidense la guerra es el fracaso más evidente de la civilización. En ella no existe lugar para la épica. Solo hay muerte, tristeza, frustración, dolor y devastación. Ford únicamente necesita tres escenas para mostrarle al público todo esto: el improvisado hospital de campaña lleno de hombres gravemente heridos y un médico superado por los acontecimientos: amputar los miembros a algunos soldados y certificar la muerte de otros, el plano en el que los cuerpos amontonados de los militares son enterrados en cal y el precedente a la conversación entre Zeb y un soldado sudista (Russ Tamblyn) con un río de color rojo por la sangre de tantos hombre muertos en plena juventud. En esta parte aparece John Wayne, en una pequeña colaboración, como el general William Tecumseh Sherman. El epílogo nos muestra a Zeb de regreso a la granja, un hombre al que los acontecimientos deplorables vividos le han alejado del joven que abandonó su hogar al comienzo de la guerra. Acaba de comprender, tras la muerte de sus padres, su falta de lazos afectivos con ese lugar, marchándose de inmediato en busca de su sitio en la vida.

John Wayne iba a interpretar a Linus Rawlings, pero John Ford insistió en que apareciera en el capítulo de la Guerra civil interpretando al general William Tecumseh Sherman. Henry Hathaway cogió un enfado tremendo porque pensaba que el público quería ver a Wayne en acción y no en un papel dramático. Hathaway le ofreció a Gary Cooper este papel. Sin embargo, murió antes de que comenzara el rodaje. James Stewart lo terminó interpretando, a pesar de sentirse incómodo metido en la piel de personaje. Spencer Tracy solo pudo narrar la película en lugar de interpretar el papel de Ulysses S. Grant debido a los problemas de salud que llevaba arrastrando desde principios de los años sesenta. El productor, Bernard Smith, tuvo que contratar a Harry Morgan deprisa y corriendo. John Wayne interpretó anteriormente al general William Tecumseh Sherman en Wagon Train: The Colter Craven Story (1960), dirigido por John Ford. Rodó el cameo en cinco días. Cuando se estrenó la película, muchos espectadores expresaron su decepción porque el Duque aparecía muy poco tiempo en pantalla. La peluca de Wayne era más larga a los lados para sugerir que su personaje no tuvo tiempo de cortarse el pelo.

La conquista del Oeste fue la segunda película más taquillera de 1963 detrás de Cleopatra y la única de ese año nominada a mejor película en los Premios Óscar sin recibir candidaturas a los Globos de Oro. Obtuvo ocho nominaciones en la ceremonia de los Óscar de 1963, ganando los relativos al mejor argumento y guion escritos directamente para la pantalla (James R. Webb), mejor montaje (Harold F. Kress) y mejor sonido (Franklin E. Milton y el departamento de sonido de los estudios Metro-Goldwyn-Mayer). Perdió en las categorías de mejor película (Bernard Smith), mejor banda sonora sustancialmente original (Alfred Newman y Ken Darby), mejor fotografía en color (William H. Daniels, Milton Krasner, Charles Lang Jr. y Joseph LaShelle), mejor dirección de arte en color (George W. Davis, William Ferrari, Addison Hehr, Henry Grace, Don Greenwood Jr. y Jack Mills) y mejor diseño de vestuario en color (Walter Plunkett). Se quedó sin nominación en los apartados a la mejor dirección, mejores efectos de sonido y mejores efectos visuales. Lamentablemente, ninguno de sus actores principales fueron nominados a estos prestigiosos galardones. Consiguió algunos premios importantes como la Medalla de Oro en los Premios Photoplay, el Laurel de Oro en los Premios Laurel, el Premio Eddie (entregado por los Editores de Cine de Estados Unidos) al mejor montaje para película dramática, el Golden Reel Awards, los premios de los editores de sonido, a la mejor edición de sonido, el premio de la Junta Nacional de Revisión (NBR), EE. UU. a las diez mejores películas y el Premio Bronze Wrangler en Premios Western Heritage.

La historia más grande jamás contada, los cuatro evangelios con un gran reparto 

La historia más grande jamás contada (The Greatest Story Ever Told, 1965), de George Stevens, nació con la intención de ser la película definitiva sobre la figura de Jesucristo. Recursos no le faltaron para conseguirlo, ya que dispuso de un presupuesto espectacular y reparto estelar formado por actores tan populares como John Wayne, Sidney Poitier, Charlton Heston, José Ferrer, Shelley Winters, Martin Landau, Telly Savalas, Dorothy McGuire, Donald Pleasence, Angela Lansbury o Roddy McDowall. Parte del enfoque de Stevens para la película era conseguir que participaran en ella tantos actores famosos como fuera posible, incluso si solo aparecían en cameos. John Wayne hizo el cameo más criticado del filme: un centurión romano encargado de proteger a Jesucristo en la cruz. Cuando Jesucristo expira del plano mortal, en la escena de la crucifixión, el personaje de Wayne exclama: «Verdaderamente este era hijo de Dios». La única frase que el Duque dice en toda la película. Para representar a Jesucristo se contrató, después de descartar a Marlon Brando y Richard Burton, a Max von Sydow, un actor sueco colaborador habitual de Ingmar Bergman, desconocido para la mayor parte del público norteamericano. El hecho de que los espectadores no relacionaran su rostro con otros personajes fue el motivo principal para elegir a un intérprete que hasta entonces no había participado en ninguna cinta de habla inglesa. La caracterización de von Sydow como Jesucristo es distante, marcada por una divinidad demasiado acentuada, en claro desequilibrio con el carácter humano de este personaje. La frialdad con la que predica la palabra de Dios carece del entusiasmo plasmado por los cuatro evangelistas en el Nuevo Testamento. Además, Stevens contó con la ayuda no acreditada de Jean Negulesco y David Lean, quien se encargó del rodaje de varias secuencias, entre medias de la realización de Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago. Pese a su increíble despliegue de medios, la propuesta sucumbió, desafortunadamente, a su propia pretenciosidad. En su intento de escenificar la vida de Jesucristo incluyendo el mayor número posible de pasajes evangélicos, los guionistas  (George Stevens y James Lee Barrett) mezclaron demasiados textos a su libre albedrío. Esta decisión fue muy cuestionada por los críticos, especialmente aquellos momentos en los que las licencias narrativas resultan excesivas. De todas formas, el conjunto final es bastante notable y cuenta con escenas memorables como la ingeniosa y simbólica recreación de las tentaciones en el desierto. El rodaje estuvo plagado de una serie de contratiempos que obligaron a acometer cambios importantes con respecto al plan inicial: el traslado del equipo a un estudio en Hollywood, después de sufrir dos nevadas en la cálida Arizona, y el fallecimiento en el set del director de fotografía William C. Mellor, a causa de un ataque al corazón, siendo sustituido por Loyal Griggs. Aunque el rodaje finalizó en 1963, el largometraje no se estrenaría hasta dos años después. Precisó de un proceso de montaje largo, debido a las numerosas tomas efectuadas por Stevens de cada escena, porque le gustaba variar los ángulos. Al principio, la película se estrenó en las salas con una duración cercana a las cuatro horas y United Artists instó a Stevens a reducir el metraje lo máximo posible. Su fracaso comercial supuso el fin de los títulos bíblicos que habían proliferado en Hollywood desde finales de los años cuarenta. La historia más grande jamás contada tuvo cinco nominaciones a los Premios Óscar de 1965: mejor banda sonora sustancialmente original (Alfred Newman), mejor fotografía en color (William C. Mellor y Loyal Griggs), mejor dirección de arte en color (Richard Day, William Creber, David Hall, Ray Moyer, Fred MacLean y Norman Rockett), mejor diseño de vestuario en color (Vittorio Nino Novarese y Marjorie Best) y mejores efectos visuales (J. McMillan Johnson). No consiguió ninguno de estos galardones, pero la Junta Nacional de Revisión (NBR) de EE. UU. la incluyó en su lista de las diez mejores películas del año.

La sombra de un gigante, pasable y gracias 

Tras el éxito de Éxodo muchos críticos pensaron que se pondrían en marcha una remesa de películas sobre el conflicto árabe-israelí durante los años siguientes. No fue así. Tuvieron que pasar seis años para que llegase a las pantallas La sombra de un gigante (Cast a Giant Shadow, 1966), una discreta película basada en la historia de David «Mickey» Marcus, un militar norteamericano de origen judío que se convirtió en el primer general del actual ejército de Israel. Batjac Productions y United Artists se encargaron de la producción, aunque el capital era israelí. Para asegurarse el éxito de taquilla, se decidió que la historia debería de contar con un plantel de grandes estrellas. De esta forma, nos encontramos a Yul Brynner (Asher Gonen, un comandante de Haganah) y a Frank Sinatra (Vonce Talmadge, un piloto estadounidense expatriado que participa en lo que se convierte en una misión suicida para bombardear posiciones árabes). El propio John Wayne realizó un cameo brillante como el general Mike Radolph, oficial al mando de Marcus en la Segunda Guerra Mundial y ahora oficial general superior en el Pentágono, quien inicialmente le niega el permiso para ir a Israel a preparar a las tropas israelíes para defender el Estado recién declarado contra una invasión de sus vecinos árabes. Aunque luego lo apoya en esta decisión. El plato fuerte era Kirk Douglas en el papel protagonista, después de que Charlton Heston lo rechazara. Mención especial merecen la hermosa Senta Berger (Magda Simon) y Angie Dickinson (Emma Marcus), en la plenitud de su belleza, Los recortes en el presupuesto impidieron la contratación de un director y guionista de primer nivel. Este doble papel cayó en manos de Melville Shavelson, un cineasta del montón incapaz de sacarle todo el potencial que tenía dentro la obra de Ted Berkman, que había acabado como el rosario de la aurora con Wayne durante el rodaje de Un conflicto en cada esquina (Trouble Along the Way, 1953), de Michael Curtiz. La película recibió la calificación de confusa y a menudo superficial por una parte de la crítica. Recibió una mala acogida en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, donde los críticos dijeron que era «un largometraje bélico más sin mucho valor técnico». Otras reseñas fueron más positivas y la definieron como una película de aventuras conmovedora y un drama de importancia histórica y de interés humano. La sombra de un gigante tuvo un éxito de taquilla relativo y no recibió ninguna nominación en las entregas de premios de 1966.

La taberna del irlandés, puro divertimento cinematográfico

Si piensas en John Wayne seguramente te venga a la cabeza una gran cantidad de grandes películas relacionadas con el género cinematográfico en el que más brilló y por el que es famoso en todo el mundo: el wéstern. Pero Wayne no era solo un tipo duro al que un revólver y el sombrero de cowboy le sentaban como un guante. El Duque también era capaz de regalarnos a todos sus seguidores papeles con una vis cómica que ya quisieran tener muchos de los que se autodenominan cómicos hoy en día. La taberna del irlandés (Donovan’s Reed, 1963), de John Ford es uno de los ejemplos más claros de este talento para la comedia que tenía el legendario actor. La principal fortaleza de este filme es su reparto. Las escenas entre Wayne y Lee Marvin son dinamita pura (casi siempre acaban a golpes entre sí). De hecho, mientras rodaban una de las peleas en la taberna, Wayne realmente se estrelló contra una mesa, después de ser embestido por Marvin. Pero las escenas que el Duque comparte con Elizabeth Allen tampoco se quedan atrás. La tensión sexual que se plantea entre ambos personajes es de los pilares de la cinta. Sus enfrentamientos dialécticos son dignos de cualquiera de las muchas comedias sobre guerra de sexos que has podido ver a lo largo de la historia del cine. Te recomiendo en especial la escena en la que ambos personajes se retan nadando, que hará las delicias de los espectadores de diferentes generaciones. También me gustaría destacar un par de personajes de reparto porque con su presencia le dan un punto exótico muy atractivo a la película y algunos de los momentos más cómicos de la cinta: César Romero y Dorothy Lamour. 

La vida en una isla al sur del Pacífico es casi perfecta para dos amigos ya retirados del ejército (John Wayne y Lee Marvin haciendo de fordianos bebedores y pendencieros): pasan casi todo su tiempo en la taberna de uno ellos, un lugar donde discuten, pelean y se liberan de la monotonía de la vida tropical. A este auténtico paraíso en la Tierra, llega una bostoniana estirada (Elizabeth Allen) que busca a su padre (Jack Warden). 

A John Ford no le gustó el guion de James Edward Grant (basado en una historia de Edmund Beloin), así que le pidió a Frank S. Nugent que lo reescribiera. El mismo John Wayne dijo que prefería el guión original porque con la reescritura se perdieron muchas cosas interesantes relacionadas con Thomas Aloysius «Boats» Gilhooley, el personaje que interpreta Lee Marvin. Paramount Pictures se negó a financiar la película y solo se hizo cargo de la distribución. John Ford decidió producirla él mismo a pesar de no tener el guion terminado. Esta es técnicamente la última película en la que Ford y Wayne trabajaron juntos, aunque el Duque narró el documental de Ford Chesty: A Tribute to a Legend. Se filmó en 1970, pero no se estrenó hasta 1976, tres años después de la muerte de Ford. Ninguno de los siguientes proyectos en los que Ford y Wayne iban a participar (April Morning, Wild Bill Donovan, The White Company) pudieron llevarse a cabo. El poco éxito de Siete mujeres (7 Women, 1966), sumado a las reticencias de las compañías de seguros que se negaban a asegurar sus nuevos proyectos dada su avanzada edad, mala salud e historial etílico, le llevaron a retirarse forzosamente.

Durante el rodaje John Wayne y Lee Marvin solían salir a menudo a beber juntos en Hawái, a pesar de los esfuerzos de John Ford por mantenerlos separados. Una noche, Wayne regresó borracho a su hotel, cuando vio a un grupo de sacerdotes católicos y lanzó un ataque virulento contra la Iglesia Católica. Un sentimiento de culpa se apoderó de él casi de inmediato y Wayne hizo en el acto una donación a una organización benéfica de la iglesia bastante suculenta. El Duque simpatizaba con el catolicismo, aunque su conversión al mundo católico no sucedió hasta sus últimos días.

Debido a la diferencia de edad, John Wayne se sintió muy incómodo con las escenas románticas con Elizabeth Allen y le pidió a John Ford que contratara a Maureen O’Hara. Ford se negó y le respondió bastante enfadado: «¿Vas a ser tú quien le diga que es perfecta porque es vieja?». Después de esta película, Wayne tomó la decisión de limitar sus intereses románticos a las mujeres maduras. El Duque estaba algo avergonzado al ver la película terminada. Más tarde admitió que su personaje, Michael Patrick «Guns» Donovan, debería haber sido interpretado por un actor más joven y dijo: «El guion requería de un protagonista más joven. Me sentí realmente incómodo teniendo un romance con una chica tan joven».

Por culpa de su edad (68 años) y mala salud, John Wayne era como un ayudante de dirección de John Ford en el plató, instalando el equipo y revisando los diarios todos los días. A Ford no se le permitió beber para evitar conflictos. Aunque Ford tenía la intención de ofrecer un mensaje antirracista en La taberna del irlandés, la representación de los isleños en la película ha sido criticada por algunos de sus detractores como racista y estereotipada. Cuando se estrenó la película hubo quejas por sus estereotipos raciales y nacionales. Incluso algunos críticos progresistas la etiquetaron como machista. Ford nos regala esta joya de la comedia que algunos catalogan de obra menor en comparación con otros grandes filmes suyos, como por ejemplo El hombre tranquilo, Centauros del desierto o El hombre que mató a Liberty Valance. Aunque es, junto a La conquista del Oeste, la colaboración entre el tándem Ford-Wayne que menos me gusta, La taberna del irlandés tiene tres o cuatro escenas que se pueden incluir entre lo mejor que ha rodado Ford en toda su carrera: la costumbre que tienen Wayne y Marvin de retarse a puñetazos, las tumultuosas peleas de bar tan propias de este cineasta, cuando la puritana y distante Elizabeth Allen intenta conservar su dignidad en todo momento, pero confunde babor con estribor y cae al mar mientras el Duque intenta ayudarla a bajar del barco que la ha llevado hasta la isla, cuando practica esquí acuático y se enfunda en un ridículo bañador de aspecto decimonónico con falda y gorrito. Sin embargo, cuando se desprende de él para nadar hasta la costa aparece una mujer escultural con una belleza nada vulgar… En la actualidad, a pesar de ser una visión nueva de El hombre tranquilo, sigue estando infravalorada por una parte de la crítica y del público. La taberna del irlandés es una comedia divertidísima y simpática, con mucho sentido del humor, que mezcla aventuras y elementos de la querida Irlanda de Ford. Funciona tan bien gracias a la química entre los actores. Fue la 24ª película más taquillera de 1963.

El gran McLintock, risas en el viejo Oeste 

Producida por Batjac Productions para United Artists, El gran McLintock (McLintock!, 1963) fue la primera película que produjo John Wayne (en realidad realizó las labores de productor ejecutivo sin acreditar) después de El Álamo. Henry Hathaway era la primera elección de Wayne para dirigirla, pero sus demandas salariales y el poco presupuesto con el que contaba el filme hicieron que optara por Andrew V. McLaglen, el hijo de su viejo amigo y colega Victor McLaglen, para sacarla adelante. McLaglen creció rodeado de gente del cine, tenía una extensa carrera en la televisión y había trabajado como ayudante de John Ford en El hombre tranquilo. El gran McLintock iba a suponer su debut cinematográfico y Wayne estaba totalmente convencido de que, con semejante currículum, lo iba a hacer bien. Este ajuste en el presupuesto impidió que Dimitri Tiomkin se hiciera cargo de la banda sonora. Se vieron obligados a contratar a Frank De Vol, un compositor y arreglista mucho menos conocido.

El reparto de El gran McLintock incluyó a dos de las reinas del tecnicolor, Maureen O’Hara e Yvonne De Carlo, quienes habían recibido este apodo con la progresiva desaparición del blanco y el negro en el cine. En las películas en color sus cabellos y ojos brillaban con más intensidad en cada una de las escenas en las que aparecían. El gran McLintock fue el cuarto de los cinco filmes que unieron a John Wayne y O’Hara. Reconozco que siento debilidad por este binomio. Es de las mejores parejas cinematográficas, con una química muy pocas veces vista en la gran pantalla. Debido a la química que posee esta pareja, nos regalan esta entusiasta y particular comedia ambientada en el salvaje Oeste. El Duque interpreta a George Washington McLintock, un terrateniente gruñón y generoso obsesionado con su rancho y los problemas que le ocasiona la comunidad de un pueblo de Arizona. Un día recibe la visita de su esposa (Maureen O’Hara), una mujer de fuerte temperamento, que se fue a vivir a Nueva York, porque no podía soportar el estilo de vida de su marido. La pelirroja nacida en Dublín regresa para desafiar a su esposo, pretendiendo llamar su atención. El filme cuenta con las actuaciones de Patrick Wayne, segundo hijo de John Wayne, la joven Stefanie Powers en uno de sus primeros papeles en el cine, la atractiva Yvonne De Carlo (Wayne insistió en que se le diera un papel, cuyo esposo había resultado herido en La conquista del Oeste) y el incondicional Chill Wills. Y su hijo mayor, Michael Wayne, ejerció las labores de productor. El argumento se basa libremente en La fierecilla domada (Taming of the Shrew), de William Shakespeare. El guionista James Edward Grant, Michael Wayne y McLaglen pensaron que tendría un toque más cómico si la historia estuviera ambientada en el salvaje Oeste.

A menudo se ve El gran McLintock como una simple comedia y se pasa por alto el hecho de que John Wayne pretendía que la película fuera una declaración de sus propios puntos de vista políticos, su desaprobación de la representación negativa de los nativos americanos en wésterns anteriores sobre los que no tenía control creativo, sus opiniones sobre el abuso matrimonial y el descontento por la corrupción política. En ningún momento se hace pesada, a pesar de sus más de dos horas de duración, al contrario, es amena y divertida. Estaría bien que en la actualidad hubiera más cintas de esta calidad. El filme cuenta con escenas muy cómicas: la pelea en el barro, Wayne persiguiendo a su esposa en paños menores por todo el pueblo, Wayne, O’Hara y De Carlo tratando de subir las escaleras pasados de tragos… Como era de esperar los detractores de Wayne la criticaron despiadadamente, acusándola de machista y misógina, de ser una versión mala de El hombre tranquilo. Su juego favorito era criticarlo hasta por respirar. Más tarde se llevaron un chasco tremendo cuando El gran McLintock se convirtió en la undécima película más taquillera de 1963. Su éxito permitió a Batjac recuperar el control de las películas y ayudó enormemente a Wayne en términos financieros, después del varapalo sufrido con El Álamo. La Academia pasó por alto este triunfo y no recibió ninguna nominación en la 36.ª edición de los Premios Óscar. El filme se tuvo que conformar con el Laurel de Oro al mejor drama de acción y el Laurel de Oro al mejor actor de acción (John Wayne) en los Premios Laurel de 1964.

John Wayne se molestó mucho cuando los eventos promocionales de El gran McLintock se pospusieron durante una semana tras el asesinato del presidente John F. Kennedy. A Wayne le desagradaba mucho Kennedy y lo culpaba por perder la invasión de bahía de Cochinos y ceder a las demandas soviéticas durante la crisis de los misiles en Cuba. También sintió que Kennedy era el culpable de que los soviéticos decidieran construir el Muro de Berlín el 13 de agosto de 1961, y desaprobó enérgicamente su manejo de la guerra de Vietnam. Poco después del estreno de la película, Wayne se negó a no asistir a una fiesta en Hollywood tras el asesinato de Kennedy. Ronald Reagan y Robert Taylor, quienes, como Wayne, eran republicanos y conservadores, también detestaban a Kennedy e insistieron en ir al evento. 

El fabuloso mundo del circo, el héroe visita España 

Como reza el título en español de la película el fabuloso mundo del circo es un universo rebosante de magia, ilusión y diversión que no está carente de su parte dramática (algo que muestra muy bien el filme), donde el esfuerzo, la fortaleza y el trabajo constante forman parte de la cotidianidad de sus integrantes. En El fabuloso mundo del cine (Circus World, 1964) Henry Hathaway, encima de adentrarse en el mundo del circo y todos sus entresijos, introduce una trama trágica aparte con un trío de lujo. A los ya consagrados John Wayne y Rita Hayworth les acompaña una joven y bella Claudia Cardinale en una cinta que tiene como tema principal la exaltación al compañerismo y la solidaridad. La película se rodó en una España que se había transformado desde principios de los sesenta en un plató cinematográfico enorme en el que los estudios de Hollywood venían a rodar algunas de sus superproducciones. Trasladar sus rodajes a nuestro país les servía para amortizar sus costes, encontraban profesionales de primer nivel y todas las facilidades con que podían soñar. De esta forma se hizo familiar el desfile de estrellas que servía para promocionar España ante el mundo. 

John Wayne realiza una de sus mejores interpretaciones como Matt Masters, un jinete excepcional, muy certero en el tiro con rifle, que es el propietario de un circo que lleva su nombre. Desde hace años es el padre adoptivo de Toni Alfredo (Claudia Cardinale), la hija de un trapecista que murió mientras actuaba. Aunque Toni trabaja en un número del Oeste, su verdadera vocación es el trapecio. Durante una gira por Europa, el circo está a punto de quebrar y Matt debe buscar una solución para evitarlo. No solo debe hacer frente a los obstáculos que supone llevar todo el material, sino que quiere encontrar al gran amor perdido de su vida, Lili Alfredo (Rita Hayworth), madre de Toni. Su amigo de toda la vida, Cap Carson (Lloyd Nolan), está en contra de llevar el espectáculo al otro lado del Atlántico. Sostiene que Europa da mala suerte a los circos estadounidenses. Una de las estrellas de su circo y aspirante a socio, Steve McCabe (John Smith), también intenta sin éxito disuadir a Masters, quien compra un carguero, lo rebautiza como Circus Maximus y el espectáculo zarpa hacia el Viejo Continente. El productor Samuel Bronston, a través de Samuel Bronston Productions, y Paramount Pictures intentaron reeditar el éxito conseguido por la espectacular El mayor espectáculo del mundo (The Greatest Show on Earth, 1952) de Cecil B. De Mille, ambientando un melodrama desgarrador en el mundo del circo.

La idea inicial de la película fue concebida por el guionista Bernard Gordon, antes de escribir el guion de 55 días en Pekín (55 Days at Peking, 1963), de Nicholas Ray. En 1961, el guionista y productor de cine Philip Yordan le recomendó a Gordon que produjeran una película de gran presupuesto sobre el mundo del circo ambientada en Europa. Nicholas, que estaba contratado por Samuel Bronston para dirigir otra película para, estuvo de acuerdo con la idea y se trasladó con Gordon a París para preparar un primer borrador. En agosto de 1962, Paramount Pictures anunció que coproducirían una película sobre el circo en colaboración con Bronston, ambientada a principios del siglo XX. John Wayne iba a ser el protagonista y Nicholas Ray el productor. El rodaje estaba previsto que empezara en España en agosto de 1963, tras la finalización de 55 días en Pekín y La caída del Imperio Romano (The Fall of the Roman Empire, 1964). Se esperaba que el presupuesto fuera de 6 500 000 dólares. Sin embargo, al mes siguiente, Ray sufrió un ataque al corazón mientras rodaba 55 días en Pekín. En noviembre, Bronston anunció que Ray sería reemplazado por Frank Capra. Cuando Wayne se enteró de que el propio Capra estaba escribiendo el guion llamó muy preocupado a James Edward Grant para que le ayudara a reescribirlo. Inicialmente, Grant se mostró reacio, pero Bronston le ofreció un contrato de tres películas. Al final aceptó la oferta. Grant leyó el guion de Capra y dijo que era «tan increíblemente anticuado que Duke aparece a veces como Harold Lloyd, a veces como Oliver Hardy y a veces como Stan Laurel. Cuando lees esto es fácil entender por qué este tipo no ha tenido un éxito desde que murió el guionista Robert Riskin». Wayne llegó a España a bordo de su yate (Wild Goose) y rechazó el guion de Frank Capra porque le parecía poco interesante e impracticable. Philip Yordan quería despedir a Capra por diferencias creativas, pero había que pagarle 150 000 dólares en concepto de indemnización. Capra quería hacer una comedia ligera, mientras que Bronston insistió en que fuera un melodrama romántico. En última instancia, Capra abandonó el proyecto en julio de 1963, siendo reemplazado por Henry Hathaway (Samuel Bronston intentó contratar sin éxito a John Ford). En cambio, su hijo Frank Capra jr. estuvo en el rodaje como coordinador de las escenas circenses. Hathaway intentó contratar a Wendell Mayes para que le ayudara a salvar el guion, aunque ya estaba comprometido con 20th Century Fox para otro proyecto cinematográfico. Inmediatamente, el cineasta estadounidense contrató a Ben Hecht durante dos semanas para reorganizar el guion. Se conservó el naufragio inicial y las escenas del incendio en la carpa. El resto se improvisó. El guionista Julian Halevy (un seudónimo de Julian Zimet) se encargó de reescribir la historia en el mismo set. 

David Niven, que iba a interpretar originalmente a Cap Carson, también abandonó el proyecto porque en el nuevo guion su personaje perdía protagonismo en beneficio de John Wayne. El actor británico se quejó, después de una de las reescrituras del guión anterior, de que se estaba convirtiendo simplemente en «una película típica de John Wayne» y que su papel se había vuelto más pequeño. Su personaje lo acabó interpretando Lloyd Nolan. Otra actriz que se cayó del proyecto fue Lili Palmer, que iba a interpretar a Lili Alfredo, en su lugar fue contratada Rita Hayworth, por petición expresa de Wayne. Más tarde al propio Wayne se arrepintió de haberla recomendado, ya que a menudo Hayworth llegaba tarde a sus escenas. Encima tenía problemas serios para recordar sus líneas y bebía más alcohol de la cuenta e insultaba a los que estaban en el set. Se especuló que en esos momentos Hayworth podría haber estado sufriendo las primeras etapas de la enfermedad de Alzheimer. El Duque, que siempre había querido trabajar con ella, llegó a despreciar su comportamiento. Rod Taylor fue elegido originalmente para meterse en la piel de Steve McCabe y llegó a España para comenzar a rodar. Enseguida se dio cuenta de que su papel era menos importante de lo que había imaginado anteriormente y dejó la producción amistosamente. Bronston se hizo con los servicios de otro joven y prometedor actor, John Smith. El rodaje de El fabuloso mundo del circo comenzó en septiembre de 1963 y concluyó en febrero de 1964. En la Navidad de 1963 el famoso actor aterrizó en Madrid para rodar parte de las escenas junto a Rita Hayworth y Claudia Cardinale. La productora decidió montar la carpa del circo en mitad del Estanque Grande del Parque de El Retiro, en pleno centro de la ciudad, por lo que el Ayuntamiento se vio obligado a vaciar el lago durante el periodo en el que se rodó.

Para recrear el Circo Matt Masters, Samuel Bronston contrató al empresario Franz Althoff. Este trajo su gran Circo Althoff, con todo su equipamiento y personal, y se construyó uno de 120 metros. En ese momento, el circo más grande del mundo era el Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus estadounidense. El de la película medía 10 metros más de largo, por lo que se convirtió en el circo más grande del mundo. El circo tenía tres pistas, lo que permitía rodar a la vez con distintos equipos, y se fabricó otro circo más pequeño (se redujo al 75 % el primero) para rodar la escena del incendio. Los problemas con los incendios fue algo que se repitió a lo largo de todo el rodaje. Cuando se estaba rodando el incendio de la carpa del Circo Matt Masters con fuego real, una ráfaga de viento hizo que el fuego se propagara a las demás carpas. Fue necesaria la colaboración conjunta de todo el equipo con los bomberos para controlar las llamas. 

John Wayne casi fallece rodando la escena en la que la carpa principal se incendia y el set se derrumba. Mientras combatía contra el fuego, el asistente de dirección tenía la orden de indicarle a Wayne cuándo tenía que irse antes de que el set se derrumbara en llamas. No se sabe bien si Wayne no escuchó la señal o si el anuncio se cronometró mal. Pero el conjunto en llamas comenzó a colapsar antes de que Wayne saliera. Todo el conjunto estuvo a punto de caer sobre él. Escapó de la muerte por solo unos segundos. El Duque tenía cáncer de pulmón durante el rodaje, si bien no lo sabía en ese momento. Desarrolló una tos crónica rodando El Álamo y después del accidente fatal en la escena del incendio comenzó a escupir manchas de sangre. Esta tos constante despertó recuerdos desagradables de su infancia: escuchar toser a su padre tuberculoso en la quietud de las noches desérticas. Estar enfermo era una tortura para un hombre tan activo. Que la enfermedad le recordara un periodo tan infeliz de su vida parecía doblemente cruel. Sin embargo, no supuso ningún impedimento para continuar con su hábito de fumar cinco paquetes diarios. Continuó fumando cigarrillos en cadena sin darse cuenta todavía de la causa verdadera de esa tos productiva. El intenso truco del fuego pareció inflamar su condición. Nada más finalizar el rodaje, Wayne pone rumbo a Estados Unidos para ponerse a las órdenes de Otto Preminger en un filme conmemorativo del 29 aniversario del ataque de una flota japonesa de barcos de guerra a la base naval estadounidense de Pearl Harbor en Hawái: Primera victoria (In Harm’s Way, 1965).

Sin ser una obra maestra, El fabuloso mundo del circo contiene momentos de decadencia y espectacularidad absolutamente insuperables que hacen que valga la pena. La secuencia cumbre de la película es, por supuesto, el hundimiento del barco en el puerto de Barcelona, con la huida de todas las fieras por las calles. La escena se tardó en rodar tres meses. Resultó tan complicada de realizar porque en ella aparecen muchos de los actores principales y se tenían que coordinar los más de seiscientos extras que se utilizaron. Otro de los grandes momentos del filme es cuando John Wayne, subido en el pescante de una diligencia, dispara con su Winchester y rompe globos que una serie de indios tienen atados a la cabeza. Los carteles y la ficha de la película aseguran que fue filmada en Cinerama, pero se rodó en Panavisión Ultra-70 (Super Technirama 70). Antes del estreno de la película, el fracaso financiero de La caída del Imperio Romano provocó que Samuel Bronston Productions acumulara deudas graves con el financiero Pierre S. du Pont III. El fabuloso mundo del circo sería la última de una serie de epopeyas de gran presupuesto producidas por Samuel Bronston en España. La película se estrenó en el Loew’s Cinerama Theatre el 25 de junio de 1964, donde se proyectó durante 19 semanas. Recibió críticas mixtas y su recaudación fue decepcionante: costó unos 9 millones de dólares y recaudó 1,6 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá (fue la cinta protagonizada por Wayne que tuvo menos éxito en los años sesenta). La película consiguió el Globo de Oro a la mejor canción (Circus World, música de Dimitri Tiomkin y letra de Ned Washington) y Rita Hayworth recibió una nominación a la mejor actriz en la categoría de drama en la 22.ª edición de estos premios. Tanto la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas como la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood volvieron a dejar fuera a Wayne de sus listas de nominados. El Duque se tuvo que conformar con una nominación al Laurel de Oro al mejor actor de acción en los Premios Laurel de 1965. 

La gran C

En 1964, rodando Primera victoria con Kirk Douglas y Patricia Neal en Hawái la tos de John Wayne se volvió tan fuerte que Otto Preminger tuvo que interrumpir el rodaje en varias ocasiones. El Duque insistió en que todo estaba bien y todo continuó como si nada hubiera pasado. Patricia Neal, que había madurado como actriz y mujer desde que actuaron uno frente al otro en el drama bélico La flota silenciosa (Operación Pacífico, 1951), de George Waggner, dijo: «Adoraba a John Wayne. ¡Nos llevábamos fabulosamente! La primera vez que trabajamos juntos, no me agradaba en absoluto. Pero en Honolulu, era un hombre mucho más feliz». Kirk Douglas aceptó el segundo papel principal (comandante Paul Eddington) porque su carrera había decaído desde Espartaco (Spartacus, 1960), de Stanley Kubrick, con el fracaso de Los valientes andan solos (Lonely Are the Brave, 1962), de David Miller, y una versión teatral mal recibida de Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest). El cameo de dos escenas de Henry Fonda lo hizo como un favor a Preminger, siendo seleccionado en el último momento. Chill Wills, el elegido para el papel del almirante Chester Nimitz fue despedido por Preminger después de una mañana de trabajo. Preminger se reencontró con Dana Andrews después de realizar cuatro películas de cine negro: Laura (1944), ¿Ángel o diablo? (Fallen Angel, 1945), Daisy Kenyon (1947) y Al borde del peligro (Where the Sidewalk Ends, 1950). Cuando se estrenó la película fue ridiculizada por la mayoría de los críticos, quienes la vieron como un intento fallido de emular el éxito de De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, 1953), de Fred Zinnemann. Varios críticos señalaron que Wayne era demasiado mayor para interpretar a Rockwell W. «Rock» Torrey, un capitán de la Marina de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. También criticaron duramente que la película pusiera su foco de atención en el personaje interpretado por Wayne. Aunque no cumplió las expectativas en la taquilla y nunca se ha considerado un clásico de Wayne, Primera victoria ha ido ganando seguidores con el paso de los años, convirtiéndose en una película de culto. Muchos cinéfilos creemos que es una de las mejores actuaciones de Wayne, despojada principalmente de su personalidad de tipo duro, interpretando a una persona vulnerable en lugar de a un héroe de acción. Primera victoria solo tuvo una nominación en la 38.ª edición de los Óscar: mejor fotografía en blanco y negro (Loyal Griggs). El premio se lo llevó Ernest Lazslo por El barco de los locos (Ship of Fools), de Stanley Kramer. Patricia Neal ganó el Premio de Cine BAFTA a la mejor actriz extranjera en los Premios BAFTA de 1966 por su extraordinaria interpretación de la enfermera y teniente de la Marina de los Estados Unidos Maggie Haines. La Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión, al igual que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas y la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood, no vio nada relevante en la interpretación de Wayne y volvieron a dejarlo, una vez más, sin la posibilidad de aspirar a ganar un galardón que nunca consiguió. 

Cuando terminó el rodaje, el 31 de agosto de 1964, 24 días antes de la fecha límite especificada en su contrato, John Wayne fue de buen grado a la Clínica Scripps en La Jolla, California, con Pilar a su lado. Una radiografía reveló una mancha en el pulmón izquierdo de Wayne. Si Otto Preminger no hubiera trabajado tan rápido, es posible que Primera victoria hubiese sido la última película de Wayne. En 1964 un diagnóstico de cáncer de pulmón era prácticamente una sentencia de muerte. No solo eso, Charlie Feldman, el agente de Wayne le advirtió que nunca volvería a trabajar una vez que los estudios se enteraran de que tenía cáncer. Esa fue la verdadera sentencia de muerte para el Duque. Wayne amaba a su familia, pero vivía para trabajar. Si fuera necesario podría vivir sin un pulmón, sin embargo no conseguiría seguir adelante sin su trabajo. Como acto de rebeldía, empezó a fumar aún más. Dos semanas más tarde, el 17 de septiembre, Wayne se sometió a una operación de seis horas en el Good Samaritan Hospital de Los Ángeles, donde le extirparon un tumor canceroso del tamaño de una pelota de golf. El cirujano tuvo que extirpar dos de las costillas de Wayne, así como el lóbulo superior de su pulmón izquierdo, dejándolo dependiente del pulmón derecho restante. Para empeorar las cosas, sus puntos se abrieron después de un ataque de tos intensa, su cara y su cuerpo se hincharon con edema, y tuvo que someterse a una segunda cirugía cinco días después que lo llevó a cuidados intensivos. Aunque le habían extirpado el cáncer, Wayne estaba profundamente deprimido por su diagnóstico y la posibilidad de no poder mantener a Pilar y a sus dos hijos pequeños, Aissa, que entonces tenía ocho años, y Ethan de dos. Y estaba la tensión adicional de tratar de ocultar el diagnóstico de cáncer a los reporteros que merodeaban por el hospital, tratando de averiguar los motivos verdaderos por los que el Duque estaba ingresado. Decidió ocultarle la noticia a John Ford, quien, a los setenta años, estaba mal de salud y decepcionado por el fracaso de crítica de La taberna del irlandés, la última película que había hecho con Wayne, abucheada en los cines el año anterior. Cuando Ford se enteró de lo que le estaba pasando a su discípulo, se olvidó de su malestar e inmediatamente lo fue a visitar al hospital. Wayne era un hijo para él. Lo que ni Pilar ni Ford podían saber era que Wayne todavía tenía que regalarles a sus millones de admiradores algunas películas geniales, incluida la que finalmente le valdría el ansiado Óscar: Valor de ley (True Grit, 1969), de Henry Hathaway. 

Su agente le dijo a la prensa que había sido intervenido para aliviar una vieja secuela que llevaba arrastrando desde que jugaba al fútbol americano. Nadie podía saber que el arquetipo universal de la masculinidad estaba débil, su papel de héroe invencible corría serio peligro. «Salió del hospital sonriendo y caminando. Y por lo bajo me rogó: «Por favor llévame a casa». Fue su mejor actuación», cuenta Pilar en el libro que escribió sobre la leyenda. Los cuatro hijos de Katie Elder (The Sons of Katie Elder, 1965), de Henry Hathaway marcó el regreso de Wayne al trabajo después de que le quitaran un pulmón canceroso y dos costillas solo cuatro meses antes. Regresó al cine por la puerta grande con un wéstern memorable, cuando este género cinematográfico se acercaba hacia el crepúsculo. Insistió en hacer algunas de las escenas de riesgo sin doble para mostrarle al público que la enfermedad no lo había frenado, que seguía siendo el mismo de antes. La fuerza y vitalidad por las que había sido mundialmente conocido se redujeron notablemente e intentó ocultarlo por todos los medios.

Los cuatro hijos de Katie Elder, el wéstern en estado puro 

John Wayne tuvo que volver a interpretar en Los cuatro hijos de Katie Elder el papel del cowboy duro que se sabía de memoria. Cuatro meses después de que le diagnosticaran  cáncer de pulmón decidió que había llegado el momento de revelar la verdad. Una vez más, el público lo vio como a un héroe. Ahora también había vencido al cáncer. Aunque se negó a usar un doble, necesitaba usar una mascarilla de oxígeno entre toma y toma. El rodaje de esta película debería haber comenzado en octubre de 1964. Tuvo que retrasarse hasta el 4 enero de 1965 después de que a John Wayne le diagnosticaran cáncer de pulmón. William Holden, Robert Mitchum, Kirk Douglas y Charlton Heston eran las opciones que manejaron Hal B. Wallis y Paramount Pictures en caso de que Wayne no sobreviviera a la cirugía o no se recuperara a tiempo. Hathaway estaba enfadado, insistiendo en que solo el Duque era el actor apropiado para interpretar a John Elder. A Wayne se le veía a menudo entre toma y toma tomando píldoras de vitaminas, regadas con un fuerte trago de mezcal, una bebida alcohólica tradicional mexicana. Luego se sacudía antes de gritar: «¡Maldita sea, soy de lo que están hechos los hombres!». Eso no impidió que se resfriara mucho hacia el final de la filmación, después de ser arrastrado al agua para la escena del tiroteo y emboscada en el río.

Cuando se estrenó la película (23 de junio de 1965 en Chicago y 25 de agosto de 1965 en Nueva York) hubo quejas de que la trama era similar a algunos de los wésterns de serie-B que el mismo John Wayne protagonizó en los años treinta. La película fue criticada por ser demasiado larga y lenta. Los críticos no lograron convencer al público para que le diera la espalda al filme y Los cuatro hijos de Katie Elder tuvo un éxito de taquilla notable. No logró ninguna nominación a los Premios Óscar y sí el Premio Bronze Wrangler en los Premios Western Heritage. Si bien se ha escrito mucho a lo largo de los años acerca de que John Wayne era demasiado mayor para interpretar a John Elder, cuando es la figura estelar y absoluta de la función, debe tenerse en cuenta que Dean Martin tenía más de cuarenta años en esta película cuando estaba interpretando a un personaje de unos treinta años.

Los cuatro hijos de Katie Elder tiene un inicio espectacular, con la música vibrante y épica de Elmer Bernstein, la llegada tensa a Clearwater de los Elder, la escena emotiva del entierro de su madre, el reencuentro de cuatro hermanos atrapados entre el recuerdo de una mujer amada por todos y sus deseos de vengar a su padre, un borracho y pendenciero ranchero cuya muerte está envuelta en el misterio (pronto averiguarán que murió asesinado después de perder su rancho en una partida de cartas) y que ha marcado a sus hijos de por vida. John (John Wayne), Tom (Dean Martin), Matt (Earl Holliman) y Bud (Michael Anderson Jr) acuden al entierro de su madre y a poner las cosas en su sitio: encontrar al asesino de su padre y recuperar sus propiedades. Sin embargo, solo encontrarán miedo, rechazo y hostilidad en un pueblo que parece haber caído en las garras de un cacique. Hay, hasta los últimos treinta minutos, un clima de pesimismo e incertidumbre progresivos, salpicado por pequeños e inesperados toques humor, que hace presagiar un final trágico y catártico que por desgracia no va a llegar, porque la película se resolverá en los límites vulgares de lo sencillo y convencional

Henry Hathaway le ofrece al espectador un wéstern sincero, brillante y transparente, lleno de ritmo, acción y comedia. El guion de William H. Wright, Harry Essex y Allan Weiss, basado en un cuento de Talbot Jennings, te atrapa desde el inicio y quieres ser uno de los protagonistas de la historia, ya que te encuentras agusto contemplando las aventuras los hermanos Elder. Acaso ¿no te gustaría luchar codo con codo junto a John Wayne y morirte de risa con las ocurrencias de Dean Martin? Hathaway vuelve a dar otra lección de cómo rodar cine y consigue que el público sea un personaje más dentro del filme. La fotografía de Lucien Ballard es magnífica. El uso del color y de los espacios abiertos resulta extraordinario. La puesta en escena me parece perfecta. Las interpretaciones son estupendas (me gustaría destacar la presencia de Martha Hyer, esposa de Hal B. Wallis) y la estampa impresionante de Wayne ennoblece y dignifica cada secuencia en la que aparece. La inolvidable banda sonora de Elmer Bernstein es de las que jamás se me van de la cabeza, porque forma parte de la historia y parece un hermano más. Les llena de fuerza y energía en los momentos de angustia. La película tuvo bastante éxito de taquilla y ganó el Premio Bronze Wrangler en Premios Western Heritage.

Valor de ley, una odisea llena de humor y aventuras

Cuando John Wayne leyó Valor de ley (True Grit), la afamada novela de Charles Portis, en 1968,  supo de inmediato que el curtido agente federal Reuben J. «Rooster» Cogburn era un personaje hecho a su medida. Este alguacil irascible, malhumorado, alcohólico, gordo y tuerto parecía combinar algunos de los rasgos más destacados que el célebre actor había desarrollado durante los últimos años. A Wayne le encantaba la idea de interpretar a una figura tempestuosa, fuerte, con un valor indiscutible, que todavía posee la habilidad necesaria para acabar con una banda formada por cuatro forajidos. A través de Batjac Productions, le hizo una oferta suculenta al escritor de 300 000 dólares para comprarle los derechos de la novela. Sin embargo, llegó demasiado tarde. El productor Hal B. Wallis (Casablanca, Robin de los bosques, El halcón maltés) se le adelantó y ya los tenía en su poder. Ante la imposibilidad de contratar a John Ford por motivos de salud, Wallis se hizo con los servicios de Henry Hathaway, con quien Wayne había trabajado anteriormente en seis películas, comenzando con El pastor de las colinas (The Shepherd of the Hills) en 1941, su primera cinta en color. A los sesenta y un años, Wayne era posiblemente demasiado mayor para el papel de Rooster Cogburn, un agente de la ley cuarentón, por lo que Charles Portis pensó que no era el actor adecuado para interpretarlo. El Duque sabía que la dimensión del personaje era de tal magnitud que quizá estaba viejo y enfermo para estar a la altura de las exigencias. La responsabilidad de ser John Wayne era muy grande y no se iba a rendir tan fácilmente. Estaba ante su última oportunidad de ganar el ansiado Óscar e iba a hacer todos los esfuerzos posibles por conseguirlo. Afortunadamente para Wayne, Wallis y Hathaway pensaban que era el actor idóneo para protagonizar la película y lo terminaron contratando. No solo admiraba la novela de Portis, sino que estaba impresionado por el guion de Marguerite Roberts, que conservaba gran parte del diálogo descarado de la novela. Lo consideraba el mejor guion que jamás había leído. Poseía un tipo de belleza diferente a la mayoría de los wésterns que protagonizó en los últimos años. El uso de los ritmos poéticos y el lenguaje cargado de parábolas de la Biblia, le dio a los diálogos una sensación de autenticidad propia del siglo XIX. Una odisea de aventuras y humor que iba a reventar las taquillas de todo el mundo. Resulta irónico, dada la política conservadora de Wayne, que le gustara tanto el guion de Roberts debido a sus simpatías comunistas. Después de una carrera lucrativa como guionista en los años 30, estuvo en la lista negra durante nueve años y le costó trabajo conseguir trabajo en Hollywood cuando se negó a testificar ante el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara. Wayne no solo dejó de lado sus puntos de vista políticos, sino que se aseguró de que el guion fuera aceptado y facturado a su nombre. A Wayne le gustó particularmente la escena donde Cogburn le cuenta a Mattie sobre su vida en Illinois, donde habla de su esposa e hijo. Llegó a decir que era la mejor escena que había rodado nunca. Mi frase favorita de la película es cuando Cogburn mata a una rata y le dice a Mattie: «No sirven las legalidades con una rata, hermanita. O se la mata o se la deja en paz». Toda una declaración de intenciones en la que quedan claros sus métodos de trabajo.

El elenco de Valor de ley hubiera sido mucho más importante si tenemos en cuenta los nombres de todos los actores que se barajaron cuando arrancó el proyecto. A Elvis Presley se le ofreció el papel del ranger de Texas llamado LaBoeuf. El mánager de Presley, el controvertido y legendario «Coronel» Tom Parker, exigió que su representado apareciera en primer lugar en los títulos de crédito, por encima del mismísimo John Wayne. Paramount Pictures no accedió a semejante petición y el papel fue para otro cantante: Glen Campbell. Campbell era en esa época un famoso cantante de música pop y country. Además, interpreta el tema principal del filme, True Grit compuesto por Elmer Bernstein y Don Black, que fue nominado a varios premios importantes como el Óscar y el Globo de Oro. Para el papel de Mattie Ross, una adolescente de 14 años de edad que busca vengarse de Tom Chaney, el asesino de su padre, Mia Farrow fue la primera opción del director. Hasta que Robert Mitchum, que acababa de rodar con la joven actriz Ceremonia secreta (Secret Ceremony, 1968), de Joseph Losey, en Londres, la convenció para que no trabajara con Henry Hathaway, debido a su carácter intratable durante los rodajes. Farrow presionó en vano para que Roman Polanski, con quien había trabajado recientemente en La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, 1968), reemplazara a Hathaway. Hal B. Wallis confiaba plenamente en Hathaway y pensaba que el cineasta polaco no iba a dar la talla dirigiendo un wéstern. Más tarde, la actriz confesó que rechazar este papel es uno de los mayores errores que ha cometido durante su carrera profesional. Wayne quería que se tuviera en cuenta a Katharine Ross, con quien había rodado un año antes Los luchadores del infierno (Hellfighters, 1968), de Andrew V. McLaglen, y a su hija Aissa para el papel. Sin embargo, Wallis rechazó las dos opciones. Sally Field, Olivia Hussey y Geneviève Bujold (quien no quiso trabajar con Wayne porque no compartía sus mismas ideas políticas) también fueron consideradas para dar vida a Mattie Ross. Michele Carey, que había trabajado con John Wayne en El Dorado (1966), de Howard Hawks, era otra actriz que el Duque tenía en mente para el papel de Mattie. Pero ya tenía firmado un contrato para rodar otra película. Al final, una desconocida Kim Darby se llevó el gato al agua e interpretó a Mattie Ross. Los dos actores no congeniaron desde el principio y su relación fue fría y distante durante todo el rodaje. 

En la novela, Rooster Cogburn tiene una cuenca del ojo vacía, pero no lleva ningún tipo de parche. Mucha gente pensó que John Wayne se puso un parche en el ojo como homenaje a John Ford, su héroe y mentor. Nada más lejos de la realidad. El Duque era una persona indomable (así se mantuvo hasta el final de su vida) y estaba acostumbrado a hacer las cosas a su manera. Mostró un gran malestar cuando Hal B. Wallis le dijo que Cogburn llevaría bigote de morsa y parche: «¡Diablos! Los seguidores pagan para verme a mí, no a un hijo de puta que parece un pirata salido de una película de Errol Flynn». Wallis le permitió que no llevara bigote si no quería, pero no cedió con el parche. Wayne estaba indignado ante tal decisión. Siguió insistiendo y volvió a intentar quitarse el parche. Hasta que Henry Hathaway, un director que no se casaba con nadie, tomó cartas en el asunto y le dijo: «Mira, Duke, estoy al frente de la película y tú vas a hacer lo que yo te diga. Cogburn puede darte el Óscar si lo representas con veracidad. Así que deja de quejarte. De todas formas, no tienes que ponerte a dieta. Te quiero gordo y con una gran barriga». El Duque aceptó a regañadientes y se puso ese parche que tantos quebraderos de cabeza le estaba dando. El objetivo principal de Valor de ley era presentar al actor en una caracterización y con un vestuario que más que disimular ponía en relieve sus años y gordura. Wayne estaba entusiasmado por interpretar el papel de Rooster Cogburn, pero a medida que se acercaba el rodaje comenzó a ponerse nervioso porque no sabía cómo interpretarlo. Estaba intranquilo porque el papel estaba fuera de su zona de confort y ninguno de sus guionistas de confianza había adaptado específicamente el personaje a sus características interpretativas. Hathaway calmó las dudas de Wayne, sobre todo en lo que respecta al parche en el ojo que estaba hecho de gasa, lo que le permitía ver. En mayo de 1969, unas semanas antes de que se estrenara la película, Wayne le escribió una carta a Roberts dándole las gracias por el magnífico guion que había escrito. 

Rooster Cogburn, un héroe viejo, gordo y tuerto 

En plena madurez, John Wayne realiza una de sus grandes interpretaciones como el alguacil tuerto y bebedor Rooster Cogburn, conocido por tener agallas, que es contratado por Mattie Ross (Kim Darby), una joven tan testaruda como él, para encontrar, cueste lo que cueste, a Tom Chaney (Jeff Corey), el hombre que robó y asesinó a su padre. Cogburn malvive en Fort Smith, Arkansas, en la parte trasera de una tienda china de productos secos, junto con el propietario, su amigo y compañero de juego Chen Lee, y un gato atigrado de color naranja que lleva el nombre del general confederado Sterling Price. Cuando la joven insiste en ir con él, saltan chispas por el carácter tan fuerte de ambos. Todo se complica aún más cuando se les une La Boeuf (Glen Campbell), un ranger de Texas sin experiencia, para ayudarles en tan peligrosa aventura. Rooster aboga por Mattie obligando a La Boeuf a dejar que ella los acompañe en el viaje. Rooster luchó en la Guerra de Secesión en el bando confederado. Allí perdió un ojo y empezó a usar un parche. Mattie se entera de que era parte de Quantrill’s Raiders, un grupo de guerrilleros que usaron tácticas despiadadas para luchar en este conflicto bélico y se convirtieron en bandas de forajidos que incluían a Frank y Jesse James. Ahora, Rooster trabaja para el gobierno federal, aventurándose en territorio indio para localizar a los forajidos. Debido a su reputación despiadada, Mattie lo contrata para capturar a Chaney. Cogburn encuentra la horma de su zapato en esta joven de apariencia débil. Con la ayuda de LaBeouf se embarcarán en una aventura con momentos de acción, algún destello de humor, muy buenos diálogos y bellos paisajes. Henry Hathaway desarrolla muy bien las personalidades de los tres protagonistas, mostrando el choque generacional y cultural entre ellos, sobre todo el que hay entre el viejo agente del Gobierno alcohólico y la joven valerosa y obstinada. Lo que inicialmente es una discusión continua entre el grupo, se va transformando en comprensión, ayuda y afán de capturar al fugitivo, que les mantiene juntos ante la adversidad. Rooster está bastante familiarizado con los senderos que Mattie, La Boeuf y él deben seguir para atrapar a Lucky Ned Pepper (Robert Duvall) y su pandilla (que incluye a Chaney). Una noche se emborracha tanto que comete un error de cálculo grave y lleva al trío directamente hacia los forajidos en lugar de detenerse a cuatro millas de distancia. Como resultado, Mattie es secuestrada a la mañana siguiente cuando se encuentra con Chaney. Esto obliga a Rooster a hacer un trato con Ned Pepper: La Boeuf y él se retirarán siempre que no dañe a Mattie. Al principio, permanece fiel a su palabra. Sin embargo, luego retrocede y se enfrenta a los forajidos, matándolos de manera impresionante a todos menos a Ned Pepper. 

Unos segundos antes de su enfrentamiento Ned Pepper le pregunta a Cogburn: «¿Crees que uno contra cuatro es sensato?». A lo que Cogburn responde: «Si es sensato o no dentro de un minuto lo veremos». La escena más recordada, impactante y aclamada de este filme es aquella en la que Cogburn, montado en su caballo, se lleva las riendas a la boca y con el revólver en una mano y el winchester en la otra abate, al son de una bella melodía de Elmer Bernstein, a todos los malhechores que se le ponen por delante. Pura épica y una secuencia que forma parte, por méritos propios, de la antología del wéstern. En la pelea, Ned Pepper dispara al caballo de Cogburn, quedando atrapada una de sus piernas debajo de él mientras cae. Como último acto, Ned Pepper, herido de muerte, se prepara para matar a Cogburn, hasta que LaBoeuf hace un tiro lejano con su rifle y mata a Ned Pepper. Otro de los grandes momentos de Valor de ley es cuando Mattie y La Boeuf regresan al campamento de Ned Pepper y Chaney sale detrás de un árbol y golpea a La Boeuf en la cabeza con una piedra, fracturando su cráneo y dejándolo inconsciente. Mattie dispara a Chaney y el retroceso la empuja hacia atrás, cayendo accidentalmente en un pozo de serpientes. Su brazo se rompe en la caída y queda atrapada en un agujero, llamando la atención de una serpiente de cascabel. Cogburn aparece y remata a Chaney, antes de descender al pozo con una cuerda para rescatar a Mattie. La serpiente muerde a Mattie antes de que Cogburn pueda matarla. La Boeuf les ayuda a salir del pozo antes de morir. Cogburn la intenta llevar lo más rápido posible a Fort Smith para salvarle la vida. Cogburn se ve obligado a dejar atrás a La Boeuf mientras él y Mattie corren para conseguir ayuda en el pony de esta, que cae por agotamiento, lo que obliga a Cogburn a comandar un vagón para llevar a Mattie a un médico que conoce en el territorio. Algún tiempo después, el abogado de Mattie, el abogado Daggett, (John Fiedler) visita a Cogburn en nombre de Mattie para pagarle el resto de sus honorarios por la captura de Chaney, más un plus de 200 dólares por salvarle la vida. Daggett le dice que la chica está grave y Cogburn se apuesta el dinero a que Mattie se acabará recuperando, una apuesta que el abogado rechaza. 

En la escena final de la película, Cogburn visita a Mattie, con el brazo en cabestrillo recuperándose de sus heridas, en la granja de su familia en el condado de Yell County, Arkansas, donde Mattie le ha preparado un lugar en el cementerio de la familia Ross. Se ha convertido en su familia, una figura paterna para una niña huérfana, y en un reconocimiento merecido a su obsolescencia como héroe. Cogburn se despide de Mattie y salta con su caballo una valla de cuatro rieles. demostrando, una vez más, que no está tan viejo y gordo como ella piensa. La compenetración de Wayne con Kim Darby es perfecta. Más allá de la relación paterno filial, que nunca cae en lo evidente, se intuye de lejos una historia de amor imposible. Cogburn es un hombre demasiado mayor para amar a una chiquilla. Ambos pertenecen a otro tiempo, que está a punto de desaparecer y se desvanece a pasos agigantados: el de los pistoleros valientes y los hombres duros, donde los blandengues lo tenían crudo, en el que también había sitio para mujeres fuertes y atrevidas, todo lo que representa Mattie. Personajes desdibujados que no encajan en la sociedad, tratados por Henry Hathaway con naturalidad y fortaleza, En los títulos de crédito finales aparece una imagen congelada de Wayne al galope. Un tributo a la propia imagen del actor y su relación con el wéstern.  

Rooster Cogburn es un hombre sin miedo que tiene valor verdadero e imparte justicia de una manera poco ortodoxa. Disparó a 64 personas, siempre en defensa propia, en solo ocho años, acabando con la vida de 60 de ellas. Un tipo solitario odiado por todos sus compañeros de profesión, quienes no aprueban sus métodos rudos, casi siempre al límite de la ley. Un antihéroe que, a fin de cuentas y llegado el momento, hace lo que tiene que hacer. Sus abundantes defectos son fácilmente visibles. En lo que se refiere a sus virtudes, brillan por su ausencia. No obstante, como en todos los grandes personajes de John Wayne, tras esa fachada sombría se esconde un halo de bondad, algunos de los valores humanos más importantes del mundo y un buen hacer. Un inadaptado acostumbrado a convivir con la muerte al que le cuesta trabajo cambiar su forma de actuar y rendir cuentas a la justicia. El salvaje Oeste está cambiando y los valores que Cogburn representa se encuentran en peligro de extinción. Su personaje era un intruso en un territorio colmado de reglas nuevas. Un hombre insociable desubicado en un mundo cambiante al que ha llegado la civilización. Se sustituyen los duelos y las armas por los abogados, los jueces y la ley (de hecho Mattie utiliza al abogado Dagget como si fuera un revólver). Un mundo en el que la palabra dada se ha visto reemplazada por los contratos escritos. A pesar de ser un individuo que, a primera vista, provocaría el rechazo del espectador porque no tiene aspecto de héroe, Henry Hathaway lo trata con un cariño especial, mostrando sus imperfecciones, pero también sus virtudes, revelando el lado más humano del personaje en una escena nocturna estupenda en la que se sincera con Mattie. En realidad, Cogburn es un pillo al que le encanta el alcohol, que se embarca en esta aventura por el dinero prometido. De igual manera intenta en todo momento obtener un beneficio económico cada vez que acaba con un enemigo. Nadie podía hacer ese papel mejor que el Duque.

Cuando Valor de ley se rodó el actor tenía 61 años de edad y afrontaba su última década como intérprete. Rooster Cogburn consolidó un tipo de personaje habitual en la parte final de su carrera, el de un hombre solitario sin influencias emocionales que lo distraigan de sus objetivos. Así en Río Lobo (Río Lobo, 1970) lo presentan como un individuo carente de atractivo para las mujeres, quienes lo califican como un hombre confortable. En Chisum (1970), de Andrew V. McLaglen, su único lazo familiar es una sobrina. En El gran Jack (Big Jake, 1971), de George Sherman, a pesar de querer a su mujer, lleva viviendo alejado de ella durante años y en La soga de la horca (Cahill U.S.Marshal / Cahill – United States Marshal, 1973), de Andrew V. McLaglen, interpreta a un viudo con problemas graves con sus hijos. Además, por su forma especial de entender la justicia y la aplicación de la ley, el personaje de Cogburn puede considerarse como el germen de numerosos policías cinematográficos surgidos en la década siguiente y cuyo más evidente sería Harry Callahan, quien en la primera entrega de la serie, Harry, el sucio (Dirty Harry, 1971), de Don Siegel, también tenía que dar cuentas de sus métodos expeditivos al fiscal del distrito. De hecho el papel de este antihéroe se lo ofrecieron en primer lugar a John Wayne, cuando los guionistas eran Harry Julian Fink y Rita M. Fink y el proyecto se llamaba Dead Right. La película trata sobre un policía de Nueva York llamado Dirty Harry Callahan que elude la ley en un intento de llevar a un asesino en serie ante la justicia. La historia trataba mucho más de cuestionar dónde trazamos la línea en la sociedad cuando se trata de protegernos e iba a dirigirla Sydney Pollack.  Wayne lo rechazó pues el tal inspector Callahan se asemejaba mucho al desaliñado y aparentemente despistado teniente Colombo de Peter Falk. No lo consideró un personaje adecuado para él. Por otro lado, tenía compromisos profesionales que le hubieran impedido hacer la película. El proyecto le fue ofrecido a Clint Eastwood, que alegó las mismas razones que Wayne para no hacerlo, aunque se mostró dispuesto a aceptarlo si al guion se le dotaba de más acción física y el personaje principal se adaptaba a la imagen de héroe de acción que tenía. Los productores estuvieron de acuerdo y Harry el sucio tuvo un éxito mundial clamoroso. En vista de ello, El Duque decidió cultivar un género que apenas había cultivado y encarnaría posteriormente a McQ (1974), de John Sturges, y Brannigan (1975), de Douglas Hickox, dos personajes inspirados claramente en el Harry Callahan de Clint Eastwood. A través de su productora produjo McQ. La cinta llamó de inmediato la atención del público y la crítica, porque John Wayne interpretando a un policía rudo era algo nunca visto, aunque muchos pronosticaban que el experimento no iba a funcionar. Sin embargo, McQ tuvo una acogida favorable y funcionó bien en taquilla, aunque a niveles inferiores a los de Harry el sucio. Como el público había respondido bien, Wayne se embarcó en otro proyecto similar al año siguiente, estrenando Brannigan . En esta ocasión se potenciaron los aspectos cómicos de la trama, que presentaba a un policía de Chicago que llegaba a Londres en busca de un delincuente de altos vuelos. Sus métodos expeditivos chocaban con la manera de trabajar de Scotland Yard, lo que daba pie a un constante enfrentamiento verbal del rudo Brannigan con el flemático comandante Sir Charles Swan, magníficamente interpretado por Richard Attenborough. Con menos acción que McQ pero idéntica dosis de suspense, Brannigan hizo las delicias de los seguidores más fieles de Wayne, aunque no gustó al público en general. Estas dos películas demuestran que, de habérselo propuesto, el Duque hubiera destacado en el thriller durante el Hollywood dorado. La historia de Valor de ley es principalmente un estudio de la lealtad. Lealtad renuente, es cierto, pero lealtad en todos modos. No hay una afirmación más clara de que la idea del héroe reacio, introducida en La diligencia, haya completado el círculo treinta años después. 

Aunque se estrenó en 1969 Valor de ley no ha perdido ni un sólo ápice de su frescura. Posiblemente su fuerza reside en mirar de frente al pasado y al futuro, sin ningún tipo de vergüenza, atreviéndose además a suavizar algunos detalles desagradables de manera sensacional. Solo voy a citar dos de ellos: la ejecución en la plaza del pueblo de unos delincuentes en la horca, que Henry Hathaway rueda introduciendo en el mismo plano a los condenados y a niños jugando en primer plano, y cuando la firmeza de Mattie se viene abajo en la habitación de un hotel porque se pone a llorar en silencio, sin que nadie la vea, al contemplar un reloj de pulsera que era de su padre. En su parte central la película adquiere la forma de una road movie clásica, con dos temas centrales como eje de la historia: la venganza y la muerte. Mattie desea vengar la muerte de su padre, anhelo que constituye el motivo principal que se va a repetir durante todo el filme. Sin embargo la venganza se plantea de manera moralizante y no deshonesta. Durante el viaje Mattie no solo dejará atrás su inocencia, sino que vivirá su propio infierno (representado en un pozo con serpientes), estará a punto de morir y volverá a perder a un ser querido. Paga un precio demasiado alto por vengar la muerte de su padre. Este carácter moralista de la película se manifiesta en otros aspectos como la importancia dada a la familia en su cometido integrador del individuo en la sociedad, la imagen negativa del alcohol que, a pesar de dar lugar a situaciones cómicas protagonizadas por Cogburn, será el autor del drama (en un momento dado, Mattie, refiriéndose a Chaney, les comenta a sus dos compañeros que: «Bebe mucho, como ustedes. Así se convirtió en un asesino»), o la presencia constante de la religión, sobre todo a través de las referencias incesantes a las confesiones religiosas practicadas por los distintos personajes. El otro tema esencial es el de la muerte, cuya aparición es incesante a lo largo del filme, estando representada en ataúdes, tumbas, ejecuciones rápidas convertidas en espectáculos públicos, duelos y asesinatos. En una lectura más profunda, Hathaway, haciendo uso del lenguaje cinematográfico, está dando fe del final del wéstern. Valor de ley es la despedida de una manera de entender este género cinematográfico y del actor que mejor ha representado los valores del mismo. Hay que tener en cuenta que este filme se estrenó el mismo año que Grupo salvaje (The Wild Bunch), de Sam Peckinpah, y Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid), de George Roy Hill. Ambas películas abordan el wéstern, con el respeto más absoluto a este género cinematográfico, desde una perspectiva completamente distinta y con una obvia visión desmitificadora. Pese a que Hathaway afronta Valor de ley con su clasicismo usual, al mismo tiempo anuncia con ciertos detalles la llegada de los nuevos tiempos: uso del zoom en alguna escena o el aumento de la violencia con un estilo más realista y cruel (la escena de la cabaña es un ejemplo claro de una secuencia insólita en el cine de este director). Una carga de violencia suavizada por medio de las diferentes situaciones cómicas repartidas a lo largo de la cinta. A muchos cinéfilos les llama la atención su tono casi alegre y chistoso, que no concuerda con dos temas tan escabrosos como la venganza y la muerte. De esta manera, Valor de ley, dentro de una época de cambios continuos e indicios sobre la defunción del wéstern, le da un pequeño aliento de vida, un rayo de esperanza efímero pero eficaz, con esta pizca de delicadeza e inocencia. Mucha culpa la tienen los personajes de Cogburn y Mattie que le dieron frescura, a finales de los años sesenta, al género. Sin duda alguna, Valor de ley es una obra maestra, más compleja de lo que puede parecer a primera vista, uno de los mejores wésterns de la historia del cine y merece la calificación de clásico. John Wayne, como señaló en su día un crítico estadounidense, todavía era capaz de «recrear ante nuestros ojos la dorada mitología del Oeste».

Rumbo al Óscar 

La película se estrenó en medio de una gran expectación en Little Rock, Arkansas el 12 de junio de 1969 y en el Teatro Chino de Grauman (Grauman’s Chinese Theatre) de Los Ángeles el 13 de junio de 1969. Los críticos se deshicieron en elogios hacia la película y la asombrosa interpretación de John Wayne. Incluso los críticos que eran incapaces de admitir su admiración por el Duque alabaron su caracterización como Rooster Cogburn. Las reseñas positivas fueron prácticamente unánimes. Wayne no estaba acostumbrado a recibir tantas críticas tan favorables. El propio Wayne dijo que era la primera vez que se había sentido actor interpretando un personaje. Algunos críticos se la tenían guardada por Boinas verdes y dijeron que Rooster Cogburn era una caricatura de sí mismo. Su interpretación les pareció demasiado teatral y falsa viniendo de un actor que solo trataba de ser sincero y que había estado tratando de vender sinceridad durante toda su vida. Aunque realizó actuaciones superiores en Río Rojo, La legión invencible, El hombre tranquilo, Centauros del desierto y El hombre que mató a Liberty Valance, y más adelante en John Wayne y los cowboys y El último pistolero, Wayne consiguió su segunda nominación al Premio Óscar al mejor actor. La mezcla de aventura, drama y comedia resultó irresistible para el público y Valor de ley tuvo un éxito arrollador. 

A pesar de su colosal éxito comercial y de ser su interpretación más aclamada por la crítica hasta el momento, John Wayne no quedó satisfecho con la película cuando la vio terminada. No le gustó nada la actuación de Kim Darby. Pensaba que era su peor pareja cinematográfica en mucho tiempo. Mientras promocionaba la película para su estreno en Estados Unidos en junio de 1969, les dijo que había protagonizado películas mucho mejores, citando a La diligencia como ejemplo. Con este filme, el Duque se convirtió en la primera persona en producir y dirigir una cinta nominada al Óscar a la mejor película El Álamo, y luego continuar y ganar el premio al mejor actor por su papel en otra película.

La 42.ª edición de los Premios Óscar se celebró el 7 de abril de 1970 en el Dorothy Chandler Pavilion de Los Ángeles. John Wayne se tuvo que ausentar del rodaje de Río Lobo para poder asistir a una ceremonia en la que partía como gran favorito para ganar el Óscar al mejor actor. Y eso que no lo tuvo nada fácil porque la competencia era feroz: Richard Burton por Ana de los mil días (Anne of the Thousand Days), Dustin Hoffman por Cowboy de medianoche (Midnight Cowboy), Peter O’Toole por Adiós, Mr. Chips (Goodbye, Mr. Chips) y Jon Voight por Cowboy de medianoche (Midnight Cowboy). Además de Wayne, Elmer Bernstein y Don Black optaron a la estatuilla dorada a la mejor canción original (True Grit). Valor de ley no consiguió más candidaturas en esta edición porque tuvo la mala suerte de competir con Dos hombres y un destino y para Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas no era plato de buen gusto incluir dos wésterns, un género cinematográfico por el que no sentía demasiado cariño, en las categorías de mejor película y mejor director. Encima Hal B. Wallis prefirió gastarse más dinero en la promoción de Ana de los mil días Anne of the Thousand Days, 1969), de Charles Jarrott, un filme ganador de cuatro Globos de Oro, un proyecto engendrado con el fin de arrasar en los Premios Óscar de 1970 (obtuvo 11 nominaciones, aunque solo consiguió el premio al mejor diseño de vestuario). La Academia seleccionó a Wayne para que entregara el Óscar a la mejor fotografía. El premio lo ganó Conrad Hall por Dos hombres y un destino. El 26 de marzo de 1958 le entregó el Óscar a la mejor actriz a Joanne Woodward por Las tres caras de Eva (The Three Faces of Eve). Al año siguiente volvió a entregar otro premio, esta vez al mejor actor y junto a Irene Dunne. El ganador fue David Niven por Mesas separadas (Separate Tables). Y no hay dos sin tres: en la 32.ª edición de los Premios Óscar, celebrada el 4 de abril de 1960, William Wyler ganó el Óscar a la mejor dirección por Ben-Hur y recibió la estatuilla dorada de manos de Wayne.

John Wayne fue un gran defensor de la participación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Cuando se celebró la 42.ª edición de los Premios Óscar el público estadounidense tenía una actitud muy negativa sobre este conflicto bélico. El Duque pensaba que no iba a ganar el premio porque los votantes de la Academia tendrían en cuenta sus puntos de vista políticos en lugar de sus cualidades interpretativas. Cuando Barbra Streisand, ganadora el año anterior por Funny Girl, pronunció su nombre Wayne no salía de su asombro. Subió al escenario sonriente y visiblemente emocionado a recoger el Óscar, y le susurró al oído a la actriz y cantante: «La suerte del principiante». Lo primero que dijo al recoger el galardón fue: «¡Guau! Si hubiera sabido eso, me habría puesto ese parche 35 años antes». La multitud estalló en risas y aplausos. «Ya conocía a este señor dorado –dijo en el escenario, cuando Streisand le dio la estatuilla–. Una vez subí a recoger uno para mi amigo John Ford, otra vez para mi amigo Gary Cooper. Pero no esperaba que me tocara a mí». Y era cierto, ya que a esas alturas de su vida no lo pensaba conseguir. Wayne finalmente había ganado el premio que tanto merecía durante muchos años. Por fin la Academia de Hollywood reconocía el talento formidable de un actor habitualmente subestimado e injustamente infravalorado que, si bien carecía de la variedad de registros interpretativos de otras estrellas de su generación, contaba con una presencia enorme, una personalidad desbordante y una naturalidad extraordinaria con las que se adueñaba de cada plano en todas las películas en las que intervenía. Tres cualidades difíciles de conseguir y que le sirvieron para convertirse en el mejor actor de la historia del séptimo arte. No en vano John Ford le consideraba «el mejor actor de Hollywood». Para algunos no es el mejor actor de Hollywood, pero sí uno de los que más ha hecho por el cine. La estrella más emblemática del cine norteamericano, el actor fetiche de Ford y Howard Hawks, el cowboy por antonomasia del wéstern clásico, el tipo que más veces interpretó papeles protagonistas consiguió lo más difícil: llenar las salas de cine cuando el mundo venía de una crisis financiera sin precedentes y una guerra mundial que dejó a muchos millones de ciudadanos desmoralizados. Para muchos fue como un Óscar honorífico a toda su trayectoria profesional. Y puede que no les falte razón porque, aunque hace un papel inolvidable en Valor de ley, se lo deberían haber dado mucho antes. En un gesto de humildad Wayne le dijo personalmente a su amigo Richard Burton, en la fiesta posterior a los premios, que debería haber ganado el Óscar por su interpretación del rey Enrique VIII en Ana de los mil días. Cuando se incorporó al rodaje de Río Lobo todo el equipo artístico y técnico, incluido su caballo, le estaban esperando con un parche en uno de sus ojos en señal de homenaje.

John Wayne también ganó, entre otros galardones, el Globo de Oro al mejor actor en la categoría de drama en  la 27.ª edición de los premios Globo de Oro, celebrada el 2 de febrero de 1970 [Valor de ley tuvo dos nominaciones más: mejor nueva estrella del año — Actor (Glen Campbell) y mejor canción original (True Grit, compuesta por Elmer Bernstein y Don Black)], el Laurel de Oro al mejor actor de acción en los Premios Laurel de 1969 (el Gremio de Productores de EE. UU. y Canadá le dio a la película el premio al entretenimiento general en el ámbito cinematográfico) y un premio de la revista Photoplay. Kim Darby estuvo nominada a mejor programa en los Premios BAFTA de 1969 (la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión se volvió a olvidar de Wayne por enésima vez). La Junta Nacional de Revisión (NBR) de EE. UU. la incluyó en su lista de las diez mejores películas de 1969. Valor de ley triunfó en los Premios Western Heritage (obtuvo el Premio Bronze Wrangler) y Marguerite Roberts logró una nominación al mejor guion adaptado en el apartado de drama en los Premios WGA del Sindicato de Guionistas de Estados Unidos.

Seis años después, Stuart Millar, después de que Henry Hathaway y Peter Bogdanovich se echaran para atrás, rodó una secuela, El rifle y la Biblia (Rooster Cogburn, 1975), que no tuvo el éxito suficiente para competir con otros lanzamientos de ese año como Tiburón, Alguien voló sobre el nido del cuco, Shampoo o Tarde de perros. De los pocos wésterns estrenados en 1975, El rifle y la Biblia fue el más exitoso. Sin embargo, por primera vez desde 1958, John Wayne desapareció de la lista de los diez actores más taquilleros. Había estado en los diez primeros puestos desde 1949, a excepción de 1958, hasta 1974, siendo número uno en 1950, 1951, 1954 y 1971. El Duque fue el actor más taquillero de los años 50 y 60, pero con la llegada del movimiento cinematográfico llamado nuevo Hollywood fue perdiendo poder en la taquilla. Aunque su fama no paraba de aumentar entre los norteamericanos, conviertiéndose en una auténtica leyenda para la mayoría de ellos. Otras estrellas en su situación optaron por aceptar papeles de reparto o retirarse. Pero el Duque no contempló ninguna de las dos opciones y siguió al pie del cañón hasta que su salud se lo permitió.

John Wayne y Katherine Hepburn, dos veteranos y admirables monstruos sagrados de la gran pantalla trabajaron juntos por primera y única vez en El rifle y la Biblia. El placer podía haber sido mayúsculo para todos sus admiradores. Sin embargo, la materia prima elegida para la ocasión era de poco alcance: una secuela de la aclamada Valor de ley. El carisma de los dos actores, en el ocaso de sus carreras, es formidable y la química entre ambos resulta indiscutible. En este filme el Duque interpreta a un Rooster Cogburn más viejo, feo y mal encarado que en la primera parte. Miss Eula Goodnight (Katherine Hepburn) es dulce pero firme ante sus convicciones. La cinta le asegura mucho entretenimiento entretenido al espectador. Ideal para los que les apetezca pasar un buen rato y, sobre todo, para los que quieran disfrutar de un wéstern crepuscular con toques de comedia, correcto y factura más que decente. «¡Qué grande eres!» fue lo último que Hepburn le dijo a Wayne al finalizar la película. Esta frase expresa a la perfección lo que el Duque representa en la historia del cine.

Los crepusculares años 70

A mediados de los años 60 el wéstern clásico de Hollywood empezó a decaer y surgieron nuevos subgéneros como el spaghetti wéstern o el wéstern crepuscular. Estos venían a contar otras historias más melancólicas, tristes, sombrías y oscuramente románticas alejadas de su mitología, donde los buenos no eran tan buenos. Este cambio lanzaría al estrellato a nuevas estrellas como Clint Eastwood. Durante los años 70 las producciones de wésterns comenzaron a decaer, salvo contadas excepciones, tanto en cantidad como en calidad. Este panorama tan desolador no supuso ningún impedimento para que John Wayne lograra dos de sus mayores éxitos comerciales Chisum (por esta película ganó su último Laurel de Oro al mejor actor de acción en los Premios Laurel) y El gran Jake.

Después de La última película (The Last Picture Show, 1971) y ¿Qué me pasa doctor? (What’s Up, Doc?, 1972) Peter Bogdanovic era uno de los directores más populares de Hollywood. Su pareja era Cybill Shepherd, futura protagonista de Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese. Bogdanovic, gran admirador y amigo personal de John Ford y John Wayne, siempre había querido rodar un wéstern y pensaba que ya había llegado el momento de hacerlo. Contactó con Larry McMurtry, autor de la novela y coguionista de La última película, y se pusieron a trabajar en un wéstern que reuniría por primera vez a todos los grandes protagonistas de Ford: Wayne, James Stewart y Henry Fonda. Bogdanovic y McMurtry titularon el guion Las calles de Laredo. Dado que los guiones de calidad eran escasos en esos momentos, Stewart y Fonda firmaron para rodar la película, aunque un poco a regañadientes. En cuanto a Wayne, le dio muchas vueltas al proyecto, se demoró en su respuesta y finalmente dijo que no. A diferencia de Stewart y Fonda, Wayne tenía mucho trabajo. A Wayne le gustaba bastante Bogdanovic. Pero había un contexto en la historia que le molestaba: el fin del wéstern. Wayne le dijo a Bogdanovic que todavía no estaba listo para colgar las espuelas. «Pero si no mueres en él», le contestó Bogdanovic. «Sí, pero todos los demás lo hacen», respondió el Duque. Lo consideraba un buen alumno de todos los directores que significan algo para él. Bogdanovic presionó todo lo que pudo. Incluso le envió una carta a Wayne escrita a mano («Esta puede ser una película hermosa y no triste, como temes…»). Pero Wayne ya había tomado la decisión de no hacerla. Una decisión incomprensible porque no recibía tantos guiones de calidad como antes. Como último recurso Bogdanovic le dijo a Wayne que Ford le había dicho que debería hacerla. Sin embargo, Wayne respondió «Eso no es lo que me dijo». Ford le dijo a Wayne que lo rechazara, porque no quería que Bogdanovich, su discípulo más aventajado, se hiciera cargo de  un wéstern. Menos aún quiso ponerse a las órdenes de Mel Brooks para interpretar a de Jim, un pistolero alcohólico conocido como Waco Kid, en Sillas de montar calientes (Blazing Saddles, 1974). A Wayne le encantó el guion (lo encontró muy divertido), pero decidió no unirse al elenco temiendo por su carrera. Sin embargo, el Duque declaró: «¡Seré el primero en la fila para verlo!».

En 1973, Clint Eastwood acababa de conseguir un gran éxito con Infierno de cobardes (High Plains Drifter), que él mismo protagonizó y dirigió. Su siguiente proyecto iba a ser adaptar a la gran pantalla un guión de Larry Cohen llamado The Hostiles, como vehículo John Wayne y él. La película tenía la intención de unir dos generaciones de cowboys completamente diferentes. Eastwood iba a interpretar a un jugador que le gana a las cartas al personaje de Wayne una participación del 50 por ciento de su rancho. Los dos pasarían la mayor parte del filme enfrentados. Pero el dúo une fuerzas refunfuñando cuando un grupo de bandidos viene a destruir el rancho. Se unen para defender la granja. La cinta era una mezcla entre los estilos de películas de Wayne y Eastwood. Estaba presente el elemento humano del que Wayne hizo gala durante toda su carrera. Pero la película también incorporó un gran final sangriento más acorde con los wésterns de Eastwood. John Wayne era conocido por ser selectivo con los guiones que recibía y rechazó la película por su alta dosis de violencia. «No, gracias», fue lo único que le dijo a Eastwood. Eastwood intentó que Warner Bros presionara a Wayne para hacer la película. En vez de aceptar la oferta, el Duque le envió a Eastwood una carta bastante enfadado criticando el contenido de Infierno de cobardes, su última película. Eastwood nunca respondió a la carta. Eastwood estaba decepcionado con Wayne, porque The Hostiles era una crítica de los tipos de wésterns que había hecho hasta el momento. Después de que Eastwood abandonara el proyecto, Wayne y sus representantes consideraron comprar la película para que el Duque lo interpretara con otro actor, quizás por despecho. Pero Wayne, una vez más, se negó a hacer la película después de leer el guion. De hecho, odiaba tanto la idea de rodar la película que tiró el guión por la borda mientras estaba en el mar. El Duque se salió con la suya y el filme nunca vio la luz. Wayne y Eastwood no se cruzaron en la pantalla grande por la cabezonería del primero.

John Wayne y los cowboys, lección intensa de de vida y supervivencia 

John Wayne estrenó tres películas a principios de los años 70 (Río Lobo, Chisum y El gran Jake) con suerte dispar. La primera no cumplió con todas las expectativas puestas en ella (aunque se defendió en la taquilla) y las otras dos tuvieron un éxito increíble. Para su siguiente proyecto Wayne optó por algo más exigente que las películas que había estado haciendo en los últimos años, algo más cercano a la épica. John Wayne y los cowboys (The Cowboys, 1972), de Mark Rydell, se basó en una novela de William Dale Jennings. Jennings era homosexual e incluyó mucho homoerotismo en la historia. Una buena novela con grandes momentos poéticos. En la época de la fiebre del oro, un ranchero llamado Wil Andersen (John Wayne) se queda sin empleados y se ve obligado a contratar y entrenar a un grupo de chicos de diez a quince años que todavía van a la escuela. En su primera expedición, tendrán que conducir 1500 cabezas de ganado a través de un largo y duro recorrido. Necesita transportar su ganado a una ciudad a 400 millas de distancia para venderlo. Durante el trayecto hace que los niños comiencen su proceso de maduración. El viaje por el inhóspito Oeste será difícil y algunos llegarán al final de la jornada, pero otros no regresarán.

Al principio Mark Rydell quería a George C. Scott para el papel de Wil Andersen, porque despreciaba las opiniones de John Wayne sobre la guerra de Vietnam y el movimiento por los derechos civiles. Irónicamente, algunos críticos pensaron cuando se estrenó la película que la forma en que el personaje de Wayne sacaba a los niños de la escuela era una alegoría a favor de la guerra de Vietnam. Sin duda era una época muy política, pero la película no habla ni por asomo sobre ese tema. La historia requiere del espectador que pase por alto una premisa algo inverosímil, que no se ve ridícula en la película por lo buena que es. Una parte del público sintió angustia al ver a unos cowboy demasiado pequeños. Pero la grandeza de Wayne y su personaje logran que eso pase a un segundo plano. Su ambiguo pasado hace el resto. Los dos hijos de Andersen murieron jóvenes y el mismo día, lo que hace sospechar que fue en un incidente en común. Sumado a varios diálogos posteriores da la impresión de que no fueron muchachos buenos y murieron en circunstancias violentas. John Wayne es una película sobre un viejo cowboy con la oportunidad de educar un nuevo grupo de jóvenes de los cuales pueda sentirse orgulloso y sin remordimientos. Andersen es estricto por razones bondadosas. Admite que se equivoca cuando llega el momento, una corrección con respecto al líder lunático Río Rojo. Thomas Dunson se redimía al final, pero en el camino se convierte en un villano. En John Wayne y los cowboys eso no pasa, porque su experiencia es otra y el dolor de la pérdida de sus hijos le genera una mirada diferente de las cosas. Hay más esperanza en Andersen que desconfianza. Lo que no acepta, como dice al comienzo, es un mentiroso. Por eso se enfrenta a un grupo de cowboys que piden trabajo, porque le intentan ocultar su pasado. Ese mismo grupo con el que terminará, como es previsible, enfrentándose tarde o temprano.

La película pertenece a una década en la que el género había caído en manos del revisionismo mal entendido y los cineastas lo utilizaban para hacer públicas sus ideas políticas, casi siempre de izquierdas. La izquierda reciclada estaba en decadencia y eran los responsables máximos de que Estados Unidos y su sueño se hubieran desviado hacia una, cada vez mayor, distopía. El wéstern llevaba unos diez años en esa fase de actualización. En paralelo, para suerte de muchos aficionados al género, estaba comenzando su carrera Clint Eastwood, por lo cual el legado estaba asegurado. Esto me parece importante destacarlo porque la mayoría de los maestros del género habían muerto o retirado, con lo cual John Wayne estaba en manos de la siguiente generación, la del nuevo Hollywood, con la que no se llevaba del todo bien. Mark Rydell era un director relativamente nuevo (solo había rodado dos películas con anterioridad, La zorra y Los rateros) cuyas ideas no coincidían con las de la estrella del filme. Terminó dirigiendo John Wayne y los cowboys cuando William Peter Blatty lo vetó como director de El exorcista (The Exorcist, 1973), una película que encontró mejor director en William Friedkin (The French Connection. Contra el imperio de la droga) . Rydell se llevó bien con Wayne, como la mayoría de los que trabajaron con él porque, salvo con sus mejores amigos, el Duque no discutía de política en los sets. Otra señal de modernidad es el discurso del cocinero negro Jebediah Nightlinger, interpretado por Roscoe Lee Browne, quien tiene en sus manos las ideas más acordes a los tiempos que corrían. Los malos son racistas, los buenos no. Jebediah Nightlinger es inteligente, bueno y honesto, como lo es el protagonista. Se trata de un gran personaje, sin estereotipos ni exageraciones, educado y sabio. Incluso a la hora de proteger a los jóvenes cowboys de la tentación de un debut sexual prematuro con unas prostitutas que se cruzan en sus caminos, Nightlinger se comporta como alguien responsable y civilizado.  A pesar de sus diferencias políticas y sociales, Wayne y Lee Browne compartían su amor por la poesía. A veces recitaban sus versos favoritos entre toma y toma. Sus amigos instaron a Lee Browne a no trabajar con Wayne por ser de derechas. Él ignoró esos comentarios malintencionados, los dos actores se abstuvieron de hablar de política durante el rodaje y terminaron convirtiéndose en amigos para disgusto de los críticos más izquierdistas.

La película tiene otros elementos habituales de aquellos años y la violencia se muestra de una forma más realista. La banda sonora está compuesta nada menos que por John Williams, que pocos años después se convertiría en leyenda al componer la música de Tiburón, La guerra de las galaxias y E.T., el extraterrestre, por citar tres entre docenas de clásicos de la música en el cine. Williams tiene la inteligencia de usar los tópicos del wéstern, en lo que a banda de sonido se refiere, y, aunque tiene algunos detalles contemporáneos sutiles, emula a las partituras de Elmer Bernstein, que tantos momentos memorables le dieron al género. Y sirve como homenaje a la figura de John Wayne y su influencia en el género cinematográfico norteamericano por excelencia

Lo que convierte a la película en un objeto de culto, debate y discusiones en la filmografía de John Wayne es la aparición de Long Hair, el villano de la película, interpretado magistralmente por Bruce Dern. Este personaje ha sido elemento de odio desde entonces. Y lo sigue siendo en la actualidad. No solo por todo lo desagradable que es, sino también por haber asesinado a Wil Andersen, es decir a Wayne. En 1972 el Duque era una institución y una leyenda en casi todo el mundo. En John Wayne y los cowboys Wil Anderson no muere en un tiroteo, sino que Long Hair le dispara desarmado, incluso, alguno de los tiros, por la espalda. De todas las muertes de Wayne en la gran pantalla, esta es la más traumática para los espectadores. Mucha gente ha tardado mucho tiempo en ver nuevamente está película por este motivo. No querían verla de nuevo para recordar lo terrible de la escena. Wayne le avisó a Dern que este «asesinato» marcaría su carrera profesional de aquí en adelante, que el público lo odiaría. Dern contestó: «Pero me amarán en Berkeley» (Universidad centro de las protestas de izquierdas en esos años). Dern perdió bastantes papeles importantes debido a este personaje. Nadie lo quería contratar por haber matado a Wayne a traición. Cincuenta años después Dern sigue recibiendo cartas amenazándolo de muerte por este papel. Ha habido muchos villanos en las películas de Wayne, pero Long Hair es el más detestado y despreciado por todos sus seguidores. La muerte de Wayne va más allá de este detalle. Sin John Wayne y los cowboys El último pistolero (The Shootist), la enorme despedida cinematográfica del actor y obra maestra de Don Siegel, no hubiera sido posible. Andersen quiere que los chicos sean gente de bien, por eso, como en El último pistolero, intenta alejarlos de las armas, evitando que sean unos pistoleros. Para nada es una contradicción como piensan algunos críticos. Una cosa es ser alguien armado y otra diferente es resolver todo con violencia. Por eso el final es particularmente emocionante. Los chicos terminan el trabajo, hacen una lápida y van junto con el cocinero a buscar el lugar donde han enterrado a Anderson. No logran encontrarla, lo que es una de las ideas más bellas y poéticas posibles. Podría haber sido la despedida del actor, aunque, por suerte, hizo algunas películas más.

Hay quienes opinan que esta idea fue del propio John Wayne, inspirado en un poema que a él le gustaba mucho, Do Not Stand at My Grave and Weep, escrito por Mary Elizabeth Frye. El texto es el siguiente:  

«No te pares en mi tumba a llorar.

Yo no estoy ahí, yo no duermo.

Yo soy un millar de vientos que soplan.

Yo soy los reflejos de diamante en la nieve.

Yo soy el sol sobre el grano maduro.

Yo soy la suave lluvia de otoño.

Cuando despiertes en el silencio de la mañana.

Yo soy la rápida elevación.

De pájaros silenciosos en vuelo circular.

Yo soy la suave luz de las estrellas por la noche.

No te pares en mi tumba a llorar.

No estoy allí, no me morí».

Este poema es exactamente lo que transmite el excelente final de la película. Los chicos buscan en vano los restos físicos de alguien que ya es parte del paisaje y de sus vidas. Aquel que les ha enseñado a convertirse en hombres de provecho, el que les dijo que estaba orgulloso de ellos. Al final el padre tuvo una segunda oportunidad y educó a sus hijos. Y los hijos se transformaron en adultos. En ese aspecto la inverosimilitud comentada ya no es tal. La despedida de una leyenda y el nacimiento de una nueva generación. De eso trata John Wayne y los cowboys. En lo que también ahonda el film es en ese momento crucial en el que la juventud debe abandonar el hogar, el gran despertar de la conciencia, estimular la realidad de la vida, aprender un oficio, afrontar el deber y batallar con los peligros que acechan en el camino, trabajar con mucho esfuerzo para vencer los obstáculos y conseguir un fin. Así se madura. En el salvaje Oeste norteamericano, el peligro está en Bruce Dern y sus bandidos, quienes se encargan de crear un ambiente favorable de intranquilidad para que los aficionados al wéstern pasen un buen rato

John Wayne y los cowboys es de los mejores filmes de John Wayne. Una cinta muy original, niños enseñados para trabajos de hombres, son sus inicios a la madurez. La película tuvo un presupuesto 6 000 000 millones de dólares y recaudó solo en las taquillas norteamericanas la cantidad de 7 5000 000 dólares. No tuvo más éxito porque al público no le gustó que su héroe muriera casi al final de la película. La película recibió elogios por  la excepcional banda sonora de John Williams, la trama original y la actuación de Wayne. Sin embargo, varios críticos pusieron de entredicho la implicación de los niños en el filme. No les gustó que se convirtieran en hombres o confirmaran su hombría mediante actos de violencia y venganza. La historia fue catalogada como  improbable por muchos críticos críticos. Sorprendentemente no recibió ninguna nominación a los Premios Óscar ni a los Premios Globo de Oro y se tuvo que conformar con el Premio Bronze Wrangler en los Premios Western Heritage.

El último pistolero, revisión entrañable de los códigos añejos del wéstern 

«Feo, fuerte y formal» era el lema que John Wayne quería grabar como epitafio en la lápida de su tumba y describe bien a John Bernard Books, el pistolero moribundo que interpretó en su última película, El último pistolero, rodaba en 1976, tres años antes de su propia muerte por cáncer de estómago. Basada en la vida del legendario pistolero de Texas John Wesley Harlin, quien una vez disparó a un hombre por roncar, El último pistolero adapta la novela The Shootist, del popular escritor de wéstern Glendon Swarthout. Coprotagonizada por Lauren Bacall y Ron Howard, y dirigida por Donald Siegel, conocido por la clásica película de ciencia ficción de 1956 La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers) y varios filmes protagonizadas por Clint Eastwood como Harry el sucio, El último pistolero narra los últimos días de un legendario pistolero enfermo de cáncer que ha matado a treinta hombres. John Bernard Books regresa a Carson City, su ciudad natal, para ajustar cuentas con tres antiguos enemigos. Su estatus icónico se establece al principio de la película mediante un fantástico montaje de fragmentos de wésterns anteriores (Río Rojo, Hondo, Río Bravo y El Dorado) que muestran al actor en todo su esplendor enfrentándose en diversos tiroteos a varios forajidos. Una técnica innovadora en ese momento, que rara vez se ha utilizado desde entonces con tan buen resultado. Hay pocos actores como él cuyo trabajo podría haberse utilizado tan bien para establecer la historia de fondo del personaje. Debido a que, casualmente, resultó ser la última película de Wayne, este prólogo es una evocación adecuada a su larga, consistente y emblemática carrera. El guionista, Miles Swarthout, adaptó la novela de su padre respetando el registro visual de su vida, filosofía, causa y forma de vivir. 

Al igual que ocurrió con John Wayne y los cowboys, el Duque tuvo que presionar para conseguir el papel. George C. Scott era la primera opción de los productores, pero cuando John Wayne leyó la novela supo que era el actor adecuado para interpretar a John Bernard Books. A mitad de los años setenta ya no se encontraban este tipo de historias con tanta calidad ambientadas en el salvaje Oeste. Wayne quería interpretar el papel principal debido a la similitud que la historia tenía con el personaje de Jimmy Ringo en El pistolero (The Gunfighter, 1950), de Henry King, una película interpretada por Gregory Peck, un papel que le hubiera gustado interpretar y una historia que le atraía. En 1976 su influencia en la taquilla había disminuido considerablemente, en parte debido a una mala elección de roles desde Valor de ley. Por eso tuvo que convencer a los productores, Mike Frankovich y William Self, de que todavía tenía la energía suficiente para asumir el papel. Los rodajes de Brannigan y El rifle y la Biblia lo habían dejado debilitado y sin aliento. A sus sesenta y nueve años, lucía una barriga prominente y sus rasgos se habían endurecido. Atrás quedó la cincelada belleza escocesa-irlandesa de su juventud. Wayne se propuso perder peso para amoldarse al personaje. Se lo tomó tan en serio que logró quitarse unos cinco kilos de más antes de que comenzara el rodaje en Nevada el 8 de enero de 1976. Aun así, los productores tuvieron que pagarle bajo cuerda a un médico para que le ayudara al actor a pasar el examen físico del seguro. Detrás de Frankovich y Self, auxiliados por Robert F. Boyle, estaban Paramount Pictures y Dino De Laurentiis Company.  Indudablemente, la banda sonora tenía que ser de uno de los grandes, Elmer Bernstein. La fotografía fue obra de Bruce Surtees y la edición de Douglas Stewart. El Duque se dejó crecer el bigote (algo tan poco característico en él) para el papel, lo que lo alejaba aún más de su imagen familiar. Pero encajaba bien con el personaje de un pistolero moribundo. Su último papel cinematográfico se convirtió en uno de los más profundos, poderosos y conmovedores que interpretó. 

Una vez que los productores decidieron contar con John Wayne, otros actores de su categoría pidieron participar en la película: sus amigos James Stewart (estaba casi retirado de la interpretación debido a una discapacidad auditiva grave y aceptó el papel como un favor a Wayne), Lauren Bacall, Richard Boone, Hugh O’Brian renunciaron a su salario o aceptaron mucho menos de sus salarios habituales para participar en la película. Wayne sentía simpatía por Bacall y ella lo consideraba un amigo de toda la vida, a pesar de estar en extremos opuestos del espectro político. Le gustó tanto trabajar nuevamente con Bacall en Callejón sangriento (Blood Alley, 1955), de William A. Wellman, que la eligió como su coprotagonista para esta película. El nombre del personaje de Bacall podría ser una referencia al compañero de Wayne y John Ford en muchas películas, Ward Bond. Maureen O’Hara, la pareja cinematográfica Wayne en cinco filmes, fue considerada para Bond Rogers, pero Don Siegel pensó que no era la actriz adecuada para ese papel. A Wayne se le pagó su tarifa habitual de 750 000 dólares (llegó a cobrar algunas veces un 1 000 000 de dólares en las dos décadas anteriores) más un 20 % de los beneficios. Aunque presumía de haber echado a puntapiés a la gran C, Wayne sentía vergüenza por haber tenido cáncer, un hecho que trató, sin suerte, de mantener oculto a los estudios y a sus legiones de seguidores. La vergüenza era un sufrimiento tan fuerte que resultaba natural que hablara tan poco de ella en la intimidad. Cuando el viejo pistolero John Bernard Books recibe del doctor Hostetler (James Stewart) el diagnóstico fatal de cáncer avanzado no le cuesta mucho trabajo aceptar la enfermedad. Es esta enfermedad terrible la que lleva a Books a la pequeña y bulliciosa ciudad de Carson City, Nevada. 

La película pertenece por completo a John Wayne. Toda la trama gira alrededor de su personaje. Interpretar a un hombre que va a morir de cáncer le enseñó lo importante que era afrontar la verdad sobre esta enfermedad y su propia mortalidad para liderar el camino en la aceptación pública. El último pistolero es una lección de valentía ante la adversidad. Nos enseña a hacerle frente a nuestro fin, por más sombrío que sea. Saber que tenemos todo en contra y aún así, afrontar todos los problemas y desafíos con valor. En un momento de la película, cuando está discutiendo con la viuda Bond Rogers, interpretada por Lauren Bacall, dueña de la pensión donde John Bernard Books se hospeda, le dice: «Soy un hombre moribundo, le tengo miedo a la oscuridad». Estas son unas palabras descarnadas para un hombre famoso por su heroísmo y coraje. El doctor Hostetler le da un consejo demoledor: debería considerar la posibilidad de acabar con su vida antes de verse golpeado por el dolor extremo y la indignidad de la enfermedad. Sugiere que Books reflexione sobre esto mientras su mente todavía funcione bien. Para prevenir los dolores propios del cáncer le da una botella de laúdano. Antes de salir de la consulta, Books le pregunta a Hostetler conoce algún sitio para que le alquilen una habitación y este le recomienda una casa en las afueras regentada por la viuda Rogers. Books se persona en la dirección y consigue alquilar una habitación en la pensión de propiedad de la viuda Bond Rogers que vive junto a su hijo adolescente Gillom (Ron Howard), una de las personas que se rió de él a su llegada al pueblo al decir que era un viejo acabado. De mala gana cumple con lo que Books le pide: llevar su caballo al establo, donde trabaja Moses Brown (Scatman Crothers). Al quitarle la montura descubre que en ella aparece el nombre de Books, uno de los más célebres pistoleros del viejo Oeste. Al comentárselo a Gillom, el chico se queda impresionado al tener bajo el techo de su casa a toda una leyenda. Poco después, el marshall de Carson City Thibido (Harry Morgan), alarmado ante la presencia de un famoso pistolero en su ciudad, va a la casa y le pide que se vaya. Pero Books le explica, por un lado, que se está muriendo, y, por otro, que tiene la intención de morir en Carson City cumpliendo una promesa meditada desde hace mucho tiempo que conlleva una venganza hacia tres personas que le marcaron en el pasado: Mike Sweeney (Richard Boone), quien mató a su hermano; Jack Pulford (Hugh O’Brian), jugador profesional y buen tirador; y Jay Cobb (Bill McKinney), que en este momento es el jefe de Gillom. A lo largo del filme, Books entiende que morir con dignidad es la virtud final por la que merece la pena luchar. La ciudad de Carson City bulle de modernidad: un tranvía tirado por una mula recorre la ciudad sobre vías de acero, un automóvil, la pensión a la que se muda Books tiene teléfono, agua caliente y baño interior. Books es una reliquia en la sociedad moderna, ha sobrevivido a su tiempo, el viejo Oeste. No hay lugar para un pistolero como él en el nuevo Oeste. Se ve a sí mismo como una antigualla y busca un lugar para morir en paz. Con la finalidad de subrayar la sensación del fin de una era, la muerte de la reina Victoria, monarca del Reino Unido, se anuncia en el periódico local el mismo día que el afamado pistolero llega a la ciudad, el 22 de enero de 1901.

Canto poético a una forma de hacer cine que moriría con John Wayne 

El último pistolero, su sexagésimo noveno wéstern en una carrera de casi doscientas películas, tuvo un rodaje difícil, lleno de complicaciones. La maldita tos que John Wayne tuvo durante todo la filmación le hizo pensar que el cáncer había regresado. Eso influyó negativamente en su actitud con el resto del equipo artístico y técnico, llegando a enojarse  hasta consigo mismo. La lucha anterior de Wayne contra el cáncer de pulmón lo había dejado en un estado debilitado, evidente para todos los que estaban allí. Como sucedió durante los rodajes de Valor de ley y John Wayne y los cowboys, el rodaje lo dejó sin aliento. Su capacidad pulmonar estaba limitada y tenía dificultades para respirar. La producción tuvo que detenerse durante una semana mientras se recuperaba de una fuerte gripe. Cuando se recuperó de esta infección de las vías respiratorias Wayne completó la filmación sin más problemas médicos importantes. Todo parecía agotarlo y estaba la carga emocional adicional de interpretar un papel que ensombrecía tan de cerca su propia vida. Se peleaba a menudo con Don Siegel. La negativa de Wayne a disparar a un hombre por la espalda enfrió todavía más esta relación. Se sentía fatal todo el tiempo y era intratable con sus compañeros de reparto. El contrato de Wayne le daba autoridad en la aprobación del guion e hizo una serie de cambios importantes, incluida la ubicación (desde El Paso a Carson City) y el final. En la novela y en el guion original, Jack Pulford recibía un disparo por la espalda de Books. Gillom, a su vez, remataba con un disparo a un Books moribundo. Wayne sostuvo que durante toda su carrera cinematográfica nunca le había disparado a un adversario por la espalda y no lo haría ahora. También se opuso a que Gillom le disparara a su personaje y sugirió que lo hiciera el cantinero, porque «nadie puede vencer a John Wayne en una pelea justa». Débil y con un tanque de oxígeno en el set, tenía días de profundo malhumor y otros en los que parecía estar poniendo en orden su conciencia, como cuando, según varios de sus biógrafos, se acercó a Siegel, a quien en el pasado había insultado y acusado de comunista, y le pidió perdón: «Don, te debo una disculpa». El Duque hizo un personaje tan real como premonitorio: hablaba de su propio miedo a morir y tenía una muerte épica, peleando hasta el final en los términos que él mismo había impuesto. Como en Valor de ley y John Wayne y los cowboys, el personaje de Wayne es el mentor de un joven que está a punto de tomar el camino equivocado. En El último pistolero, ese es Gillom Rogers, el hijo adolescente de una viuda, interpretado con éxito por el futuro director de cine Ron Howard en uno de sus primeros papeles adultos. Al principio desprecia a Books. Cuando se entera de que Books es un pistolero famoso que ha venido a vivir bajo su techo se emociona con el romance de sus hazañas pasadas. Adora al legendario pistolero. En un momento de la película Books se ofrece a enseñarle a disparar un arma, diciéndole que «un hombre debe aprender a manejar un arma y usarla con discreción». Está buscando una forma de morir con dignidad: «La muerte de un hombre es la cosa más privada de su vida. A un hombre se le debe permitir su dignidad humana». Se prepara para afrontar su muerte con la solemnidad y dignidad que merece: un tiroteo final con tres hombres que le hicieron mucho daño en el pasado. Parece ser que las numerosas sugerencias que hizo el actor al director y las alteraciones en el guion causaron una fricción considerable entre Wayne y Siegel. Sin embargo, Siegel dijo que él y Wayne se llevaron bien durante todo el rodaje. «Tenía muchas de sus propias ideas. Algunas me gustaron e inspiraron y otras no me gustaron nada. Pero no nos peleamos por nada de eso. Nos gustamos y respetamos mutuamente». Aunque habló con Walter Hill para que dirigiera El último pistolero, Wayne admiraba enormemente a Siegel y dijo que le gustaría haber interpretado el papel de Clint Eastwood en Harry el sucio. De cualquier manera, el Duque tenía dudas sobre la dirección de Siegel y sintió que la película necesitaba un estilo más épico y visual. Los dos estaban en desacuerdo durante todo el rodaje y Wayne se hizo cargo de la dirección en algunas ocasiones. 

John Bernard Books ordena su epitafio, dejando fuera la fecha de la muerte, pero decidido a morir en su cumpleaños. Este personaje me recuerda a Próspero, el protagonista de La tempestad (The Tempest), de William Shakespeare, un papel de despedida en el que renuncia a la magia que ha dado y quitado su poder. La sabiduría que el personaje de John Wayne imparte al joven Gillom de palabra y de hecho es la siguiente: ten coraje, sé dispuesto, afronta el final con dignidad, no bebas demasiado, no insultes y no vivas para las armas. Su papel como mentor ha triunfado sobre su papel como pistolero, una lección sellada con su muerte. Cuando Books llega a la oficina del Dr. Hostetler, Hostetler menciona que han pasado 15 años desde la última vez que se vieron. Se trata realmente de una broma entre los dos actores, ya que Wayne y Stewart trabajaron juntos por última vez en El hombre que mató a Liberty Valance, 15 años antes.  

Su estreno tuvo lugar el 11 de agosto de 1976, consiguiendo una taquilla superior a los 13 000 000 de dólares. Unos datos positivos, aunque siempre se ha dicho erróneamente que no le fue bien en la taquilla debido a que trataba un tema muy sombrío. El público no quería ver a John Wayne enfermo y debilitado por el cáncer morir en la gran pantalla. Sorprendentemente, el actor obtuvo las mejores críticas de su carrera profesional. Los críticos supieron reconocer el poder de su papel, especialmente Variety, que recomendó su interpretación para los Premios Óscar. A pesar de los elogios, la campaña de publicidad fue decepcionante de cara a estos galardones. Paramount Pictures y los distribuidores no se dieron cuenta de que tenían un clásico entre las manos. Rendimiento subestimado. El Duque se quejó de que la compañía le dedicó demasiado tiempo a la nueva versión de King Kong e ignoró a El último pistolero. El tiempo, afortunadamente, ha reparado parte del daño y la película se considera ahora, con razón, una obra maestra y una de las mejores interpretaciones de Wayne. Solo sus actuaciones en Río Rojo, La legión invencible, El hombre tranquilo, Centauros del desierto y El hombre que mató a Liberty Valance son superiores. Wayne debería haber sido nominado al Óscar como mejor actor. Su última interpretación debería haber sido reconocida también por la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood, entre otras muchas asociaciones que entregan galardones cinematográficos, como uno de sus grandes logros. Sin embargo, a pesar de las reseñas positivas, volvieron a darle, una vez más, la espalda. En 1977, El último pistolero solo recibió una nominación al Óscar en su 49.ª edición: mejor dirección artística (Robert F. Boyle y Arthur Jeph Parker). Una nominación a los BAFTA a la mejor actriz (Lauren Bacall) y una nominación al Premio Globo de Oro como Mejor actor de reparto (Ron Howard) me parece poca recompensa para una cinta de su calidad. El Sindicato de Guionistas (WGA) la nominó al mejor guión adaptado (Scott Hale y Miles Hood Swarthout) y la Junta Nacional de Revisión (NBR) de EE. UU en su lista de las diez películas más destacadas de 1976. En 2008 la película fue incluida entre los mejores western por el American Film Institute. Aunque ahora está considerada por unanimidad como una de las mejores últimas películas de cualquier estrella, John Wayne nunca tuvo la intención de que El último pistolero fuese su último filme. 

El Duque ha muerto, larga vida al Duque 

El último pistolero puede considerarse un clásico y situarse a la altura de muchas de las obras maestras anteriores de John Wayne. John Bernard Books es el mejor papel de la estrella en años. De hecho, no pudo encontrar otra película para hacer. Los guiones no llegaban tan rápido como solían hacerlo unos años antes y detestaba los que leía. Bienvenido a Los Ángeles (Welcome to L.A, 1976) es una película dirigida por Alan Rudolph, antiguo ayudante de dirección de Robert Altman, que narra la historia de un joven compositor de música rock que regresa a Los Ángeles y descubre que un álbum con sus canciones va a ser grabado por un famoso cantante. Herido en su orgullo, entra en una espiral de dinero fácil, coches rápidos y mujeres ardientes. Originalmente, el Duque iba a interpretar el papel de Carl Barber. Sin embargo, debido a retrasos y sobrecostos presupuestarios, Wayne tuvo que ser reemplazado por Denver Pyle. Todo premio conlleva injusticias con los no galardonados, ya que se trata de elegir y no siempre se acierta de manera consensuada. Influye la promoción, las circunstancias, las modas, las ideologías políticas o las tendencias sociales que condicionan la elección. Hay lamentables y escandalosos olvidos de la Academia hacia grandes figuras del cine que nunca fueron galardonadas con el Óscar. Ante tal agravio comparativo más adelante fueron reconocidos con el Óscar honorífico En la 47.ª edición de los Óscar (tuvo lugar en el Dorothy Chandler Pavilion de Los Ángeles el 8 de abril de 1975) el Duque tuvo el honor de entregarle a su amigo Howard Hawks, uno de los cineastas que contribuyeron a forjar su leyenda, un Óscar honorífico que llegaba tarde y a destiempo. Steven Spielberg, gran admirador y amigo de Wayne, quería que apareciera en 1941 (1979), una película ambientada en la Segunda Guerra Mundial con toques de comedia. Wayne, que sentía mucho respeto por el ejército de los Estados Unidos, sintió que la película se estaba burlando de este conflicto bélico. Spielberg ha afirmado en varias entrevistas que Wayne tenía mucha curiosidad por la película y le envió el guion para que leyera. «Me llamó al día siguiente y dijo que sentía que era una película muy poco estadounidense y que no debería perder el tiempo haciéndola», dijo Spielberg. «Esa fue una guerra importante y te estás burlando de una guerra que costó miles de vidas en Pearl Harbor. No bromees sobre la Segunda Guerra Mundial», le contestó Wayne. Rechazando el papel del mayor general Joseph W. Stilwell, el Duque mantuvo su lealtad hacia aquellos que sirvieron y perdieron la vida en los campos de batalla. Sin apenas ofertas para trabajar en otras películas y estando demasiado enfermo, aceptó una serie de comerciales y programas de televisión. La suma de seis cifras que le ofrecieron eran motivos suficientes para hacerlos. Los admiradores de la estrella de cine más grande del mundo se sintieron humillados al verlo en los comerciales de televisión. Inundaron su casa de cartas quejándose de tan «lamentable» decisión. Pero nunca perdió la esperanza de volver a trabajar en la gran pantalla. De hecho, en julio de 1978, después de recuperarse de una cirugía a corazón abierto, anunció que tenía la intención de rodar una película titulada Beau John. Peter Bogdanovic la iba a dirigir y quería que Ron Howard (con quien había hecho muy buenas migas durante el rodaje de El último pistolero) estuviera en ella. A medida que pasaba el tiempo su salud se iba deteriorando cada vez más. Aun así hizo planes para hacer su película. Wayne temía que el cáncer regresara y se preocupaba cada vez que se encontraba mal. No fue hasta enero de 1979, tres años después de que comenzara el rodaje de El último pistolero, cuando le diagnosticaron cáncer de estómago.

Su última aparición pública tuvo lugar el 9 de abril de 1979 en la 51ª entrega anual de los Premios de la Academia en Hollywood, celebrada en el Dorothy Chandler Pavilion de Los Ángeles. Esta edición será recordada por la calurosa ovación que recibió del público bajando las escaleras del escenario para presentar el Óscar a la mejor película (Barry Spikings, Michael Deeley, Michael Cimino y John Peverall consiguieron el premio por El cazador, un gran drama sobre la reciente guerra de Vietnam que John Wayne odiaba). Al ser recibido en pie y entre aplausos el Duque dijo que esa era la única medicina que necesitaba y estaría por aquí durante muchos años más. En vez de invitarlo a presentar este premio, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas le tenía que haber entregado un Óscar honorífico por su contribución al cine y elevar la categoría del arte de la interpretación. 

¿Qué tienen en común John Wayne y los Premios Óscar? Ambos tuvieron su gran comienzo en 1929. Aunque el Duque tuvo algunos papeles menores como extra en 1926, su primera película acreditada, aunque como, Duke Morrison fue en 1929: Words and Music, una comedia musical de James Tinling. Ese mismo año, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMPAS) celebró su primera ceremonia de los Premios de la Academia en el Hollywood Roosevelt Hotel el 16 de mayo de 1929. Louis B. Mayer creó la ceremonia y el presidente de la Academia fue Douglas Fairbanks. Alas (Wings, 1927), de William A. Wellman, ganó el primer premio a Mejor Película (galardón entonces conocido como película sobresaliente). Solo se presentaron 12 premios Óscar y asistieron 270 personas. Los primeros Óscar consistieron en una cena privada.

Poco antes de que el cáncer de estómago apagara su vida, rodeado del amor de todos sus hijos, en el Centro Médico de la Universidad de California en Los Ángeles, varios de sus amigos testificaron para que lo condecoraran con la Medalla de Oro del Congreso de los Estados Unidos. Estuvieron, entre otros, Elizabeth Taylor, Maureen O’Hara, Frank Sinatra, Katharine Hepburn, Gregory Peck y Kirk Douglas. Robert Aldrich, presidente del Sindicato de Directores de Estados Unidos (Directors Guild of America, DGA) dijo en su declaración: «Es importante que sepan que soy demócrata y no comparto ninguna de las opiniones políticas de Duke. Sin embargo, John Wayne está mucho más allá de cualquier especulación política. Por su coraje, su dignidad, su integridad, su talento como actor, su fuerza como líder, su calidez humana a lo largo de toda su ilustre carrera, y la manera en que se ganó un lugar único en nuestros corazones y nuestras mentes. En esta industria, solemos juzgar a la gente, muchas veces injustamente, preguntándonos si saldaron sus cuentas. John Wayne lo hizo una y otra vez y me enorgullezco de considerarlo mi amigo». Su querida Maureen O’Hara, con lágrimas en los ojos, dijo de él lo que ya sabíamos que John Wayne era los Estados Unidos. Hasta ese momento solo 83 ciudadanos estadounidenses la habían recibido, entre ellos George Washington y Walt Disney. Se utilizó una imagen de John Wayne como Davy Crockett en El Álamo para la Medalla de Oro del Congreso que le otorgó el Congreso de los Estados Unidos. La inscripción lo decía todo: «John Wayne, americano». 

Los comunistas más radicales de Hollywood y los agentes rusos habían tratado de matarlo en los años 50, durante los rodajes de El gran Jim McLain y Hondo. China y el Vietcong también quisieron quitarlo de enmedio en una visita que realizó al sudeste asiático en 1966. Pero fue una enfermedad terrible, el cáncer, la que apagó la vida del gran héroe norteamericano. Desde hace varias décadas circula una leyenda negra, promovida por varios medios de comunicación que no tienen ni idea sobre este tema, que relaciona la muerte del actor a la radiación a la que estuvo expuesto en 1956 durante el rodaje de El conquistador de Mongolia (The Conqueror), de Dick Powell, cerca de un campo de pruebas nucleares. Nada más lejos de la realidad. A Wayne le pasó factura los cinco o seis paquetes de tabaco diarios que fumaba. El alcohol también era habitual en su dieta. En definitiva, su fuerte adicción al tabaco y la bebida pudieron causarles la enfermedad. El conquistador de Mongolia funcionó bien en taquilla, siendo la undécima película más vista en Norteamérica en 1956, pero fue un fracaso entre la crítica. Está considerada una de las peores películas de los años 50 y de la historia del cine, lo que es bastante significativo, dada la calidad de los actores que integraban el reparto: John Wayne, Susan Hayward, Pedro Armendáriz, Agnes Moorehead… Wayne, que se encontraba en la cumbre de su carrera, luchó por hacerse con el papel del caudillo mongol Ghengis Khan después de haber leído el guion. Aunque el personaje no era apropiado para él, estaba convencido de no haberse equivocado en la elección.

El lunes 11 de junio de 1979 el estado de salud de John Wayne empeoró lentamente. El padre Robert Curtis fue a verle. Aunque seguía en coma, su hijo Patrick Wayne le dijo: «Papá, el capellán quiere verte», pensando en que no respondería. Ya estaba saliendo de la habitación cuando le oyó decir «De acuerdo». Estuvieron solos quince minutos​. Según su hijo Patrick y su nieto Matthew Muñoz, sacerdote en la diócesis de Orange en California, se convirtió al catolicismo poco antes de su muerte.  El mismo padre Curtis, consejero espiritual y amigo de muchos actores, entre ellos Cary Grant y, por supuesto, John Wayne, confirmó esta información: «John Wayne fue recibido en la Iglesia católica el día antes de morir». Aunque a las preguntas que le hicieron los periodistas no ofreció más explicaciones por tratarse de «un asunto personal entre el sacerdote y el penitente». El recuerdo de sus hijos, rodeándolo en su lecho de muerte, es también la imagen de un buen padre. Aissa relata en su libro que entre sus últimos suspiros, su hermano Patrick, le dijo: «Adiós, papá». Ella le sostuvo la mano y le preguntó si sabía quién era: «Por supuesto que sí –respondió el actor–. Eres mi chica y te amo».  A las 17:23 horas​ de ese día Wayne falleció a causa de cáncer de estómago, en el Centro Médico de la Universidad de California en Los Ángeles, a los 72 años de edad. En sus días finales recibió más de 50 000 mil cartas de apoyo en solo una semana. Cuando murió las banderas ondearon a media asta en todo el país. Por algo los rusos lo tuvieron en su lista negra para asesinarlo durante muchos años. Fue enterrado en el cementerio Pacific View Memorial Park, de Corona del Mar, California, aunque su tumba está en un lugar desconocido de la Costa Oeste para evitar que la profanen. Un año más tarde, en 1980, el presidente Jimmy Carter le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad, el más alto honor civil de América. Wayne es una de las pocas personas que han recibido tanto la Medalla Presidencial de la Libertad como la Medalla de Oro del Congreso.

El último patriota

Hasta el momento que ingresó al centro médico de UCLA por última vez, John Wayne todavía albergaba la esperanza de hacer más películas. Cuarenta y tres años después de su muerte, las encuestas reflejan que el Duque sigue siendo uno de los actores favoritos de los norteamericanos y uno de sus héroes más admirados. En la actualidad, todavía está firmemente implantado en el corazón de millones de cinéfilos de todos los rincones del mundo. Sin proponérselo, Wayne llegó a ser considerado por generaciones de estadounidenses como el último patriota. Sin embargo, su política conservadora (sirva como ejemplo su apoyo a la guerra de Vietnam), lo hizo impopular, en los años 60, entre toda una generación de jóvenes estadounidenses. Para otros fue el héroe que ganó la guerra contra los nazis y los japoneses sin haber servido nunca en las fuerzas armadas. Y, sobre todo, la encarnación viviente del wéstern; a veces como un agente de la ley (Río Bravo, Valor de ley, La soga de la horca), un forajido (La diligencia, Tres padrinos) y en otras ocasiones un oficial de caballería (Fort Apache, La legión invencible y Río Grande . Sin embargo, en un mundo de absurda corrección política sus películas siguen emocionando y entreteniendo. Todavía hay jóvenes que se unen a los marines estadounidenses porque se inspiran en los actos heroicos que realizó el sargento John M. Stryker en Arenas sangrientas. Cuando se estrenó su película más personal, El Álamo, en 1960, muchos críticos la masacraron, como les sucedió a varias películas épicas de aquella época, solo por el hecho de haber sido concebida por el actor más solicitado en esos momentos. Ahora se reconoce como una forma de hacer cine que no volveremos a ver nunca más.

John Wayne era un hombre que se enorgullecía de ser estadounidense y muchos de sus compatriotas están satisfechos de que este mito haya representado sus virtudes. John Ford decía que Wayne iba a ser el más grande de todos los actores porque era el «hombre perfecto». Durante el rodaje de La diligencia lo trató como a un principiante, a pesar de llevar más de  diez años en el mundo del cine. A partir de La diligencia los grandes estudios empezaron a tenerlo en cuenta para otros papeles: Ford había encontrado al actor absoluto. Cuando murió en 1979, para mucha gente su estilo de patriotismo se había quedado algo anticuado. En tiempos de cancelación, cuando el sedicente revisionismo histórico está en pleno apogeo, los ignorantes que están detrás de este absurdo estudio crítico de los hechos históricos (un grupo encabezado por una corriente de políticos, periodistas, escritores y, también, historiadores al servicio del poder), piensan que su estilo resulta anacrónico y muchas de sus declaraciones están siendo revisitadas y viralizadas con horror por las nuevas generaciones.

John Wayne y los Premios Óscar Parte I de III (1927-1949)

John Wayne y los Premios Óscar Parte II de III (1950-1959)

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