Cultura, Cine y Literatura

«¡Qué bello es vivir!», el filme sobre la Navidad por excelencia

La obra maestra de Frank Capra es la película navideña más entrañable de la historia del cine y ha salvado infinidad de vidas gracias a su mensaje de esperanza

Estrenada en 1946, la película ha ido creciendo en fama e importancia con el paso de los años, convirtiéndose en una verdadera obra maestra del cine y en cita obligada cada Navidad para los cinéfilos

Frank Capra, el nombre antes del título

A pesar de haber nacido en Bisacquino, Sicilia, el 18 de mayo de 1897, Francesco Rosario Capra, más conocido como Frank Capra, encarnó en su vida y obra el sueño americano mejor que otros cineastas nacidos en tierras estadounidenses. De familia numerosa, pobre y campesina, católico practicante, la muerte prematura de su padre le obligó a ejercer de cabeza de familia. Este acontecimiento le propuso muchos de los dilemas morales que luego proyectó en sus películas. Quisieron convencerlo para que aportara sus amplios conocimientos de ingeniero químico al contrabando de alcohol. La oferta era tentadora pero, al igual que sus futuros héroes cinematográficos, prevalecieron sus principios.

Frank Capra se dedicó al cine por casualidad: en un tranvía, el conductor mencionó un anuncio de un periódico en el que Fireside Productions necesitaba directores para trabajar en su estudio. Se presentó y aseguró que venía de Hollywood. Una mentira piadosa que le permitió dirigir La pensión de Fultah Fischer (Ballad of Fultah Fisher’s Boarding House, 1922), un cortometraje de solo 10 minutos, que la prensa describió como «tributo al genio de Kipling». Cuando Capra le confesó su ignorancia cinematográfica al guionista y productor Walter Montague, este le dijo saberlo ya, pero que había confiado en su determinación. Más tarde fue escritor de gags de la serie de comedia producida por Hal Roach Nuestra pandilla y en los filmes de Harry Langdon, que producía Mack Sennett. Buscando su personal Shangri-La, el paraíso terrenal que presentó en Horizontes perdidos, (Lost Horizon, 1937) más adelante, sus trabajos elevaron de categoría al modesto estudio de cine Columbia Pictures, situado en Gower Street, Los Ángeles. Fue una relación profesional larga, de 1927 a 1939, donde no faltaron los éxitos, pero también las decepciones. Harry Cohn, el fundador, presidente y director de producción de Columbia Pictures estrenó en Europa un filme con el nombre de Capra, sin saberlo.

En su autobiografía, El nombre delante del título, se aprecian los esfuerzos de Frank Capra por retratar las aspiraciones del norteamericano medio, con una apariencia cercana al populismo del New Deal, medidas económicas y sociales adoptadas por el Gobierno del presidente Franklin D. Roosevelt, para luchar contra los efectos de la Gran Depresión en Estados Unidos (de hecho Capra era un republicano convencido), pero con un trasfondo más profundo, en el que late un humanismo de clara inspiración católica. Él mismo decía: «Si nos ocupamos de los valores daremos un gran paso hacia adelante. La idea maestra de mis películas es realmente el Sermón de la Montaña». Este optimismo cristiano es el motivo principal de las comedias de Capra, amables y elegantes fábulas en las que muestra su fe en la bondad del ser humano, sus virtudes y su capacidad de lucha, a través de unas historias generales de una inocencia cautivadora, en las antípodas del cinismo.

En este libro resume la fórmula mágica de su famoso inconformismo: «Que otros hagan películas sobre los grandes movimientos de la historia; yo haré películas sobre el tipo que barre. Y ese tipo es un montón de impulsos contradictorios, y sus genes le empujan a sobrevivir, a devorar a su prójimo, mientras que su razón, su voluntad y su alma le empujan a querer a su prójimo. Yo me siento capaz de comprender su problema». Frank Capra, un admirable caballero sin espada, conquistaba al público con sus héroes íntegros, honestos y luchadores, sus malvados redimidos y sus ángeles entrañables de segunda categoría. Ganó tres Premios Óscar al mejor director (Sucedió una noche, El secreto de vivir y Vive como quieras), fue el primer cineasta que situó su nombre antes del título de sus películas y se convirtió en uno de los directores más populares de la historia del cine. Optimista a ultranza, poeta del idealismo, defensor de los sentimientos buenos. Capra fue el gran maestro de un cine donde el límite entre lo emotivo y lo sensible es muy delgado.

Hollywood se va a la guerra 

Tras rodar doce documentales para el Ejército de los Estados Unidos (la fa­mosa serie Why we fight), Frank Capra estaba deseando vol­ver a rodar una película. Y ese filme era ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, 1946). Cinco años antes, un acontecimiento inesperado cambió el rumbo de la Segunda Guerra Mundial: el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, una ofensiva militar sorpresa efectuada por la Armada Imperial Japonesa contra esta base naval. Para muchos estadounidenses este hecho supuso un cambio feroz en sus vidas, ya que el presidente Franklin D. Rooselvet (presidente 32.º de los Estados Unidos) obtuvo un motivo lo suficientemente fuerte para intervenir en la Segunda Guerra Mundial. Rooselvet había mantenido una reunión previa con Winston Churchill, primer ministro del Reino Unido, donde le aconsejaba la intervención de Estados Unidos en el conflicto bélico. De esa reunión surgió la Carta del Atlántico, una declaración de propósitos en la guerra contra la Alemania nazi y uno de los documentos más importantes del siglo XX. El 8 de diciembre de 1941 Estados Unidos le declaró la guerra a Japón y, tres días más tarde, a Alemania e Italia (aunque antes Alemania se la había declarado a Estados Unidos). Estados Unidos no intervino antes en la Segunda Guerra Mundial, porque el recuerdo negativo de su intervención en la Primera Guerra Mundial estaba todavía muy presente en sus ciudadanos. La mayoría de los estadounidenses pensaban que la guerra que se estaba desarrollando en Europa no tenía nada que ver con ellos. Por este motivo Estados Unidos mantuvo una postura de aislacionismo hasta el ataque a Pearl Harbor. En Hollywood los grandes estudios se mantuvieron neutrales ante los acontecimientos que se estaban desarrollando en Europa y el Pacífico. No obstante, desde algunos sectores, ante la enorme preocupación que sentían por el evidente auge del nazismo, produjeron películas fomentando el intrusismo. Algunas de estas películas fueron Confesiones de un espía nazi (Confessions of a Nazi Spy, 1939), de Anatole Litvak, El gran dictador (The Great Dictator, 1940), de Charles Chaplin, Enviado espacial (Foreign Correspondent, 1940), de Alfred Hitchcock, o El hombre atrapado (Man Hunt, 1941), de Fritz Lang. En el instante en el que Estados Unidos participa en la guerra, Hollywood empieza a incrementar su actividad; grandes cineastas como John Ford, William Wyler y el propio Frank Capra se alistaron como voluntarios en las Fuerzas Armadas para poner al servicio de su país su experiencia cinematográfica. 

El cine supuso en su momento un cambio para la forma de pensar del mundo y a lo largo del siglo XX ha significado una verdadera revolución en las artes, y se convirtió, casi al instante, en el entrenamiento de millones de personas. Sin embargo, también es considerado una herramienta poderosa de propaganda capaz de persuadir a los seres humanos sobre un tema concreto. Incluso tiene el poder de hacerles cambiar de opinión. El Gobierno de los Estados Unidos no perdió la oportunidad de utilizar este instrumento. Comenzar una guerra y convencer a miles de jóvenes que abandonen a sus familias y hogares para poder perder su vida en una lucha que consideraban ajena a ellos no es nada sencillo. Para reclutar al máximo número de personas posible, el Gobierno lanzó un programa de propaganda bajo la alusión de «orientación moral». Un eufemismo que surtió efecto en la mayor parte de la población. Su objetivo prioritario era explicarles a los nuevos soldados el por qué de la guerra y la necesidad de que Estados Unidos estuviera en ella. El Jefe de Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos, George C. Marshall, se dio cuenta enseguida de la necesidad de dar no solo una formación física, sino psicológica. Para ello formó el 8 de marzo de 1841 la División de Servicios Morales, que pasó a llamarse un poco más tarde División de Información y Educación. Entre sus servicios se hallaba el de facilitar información a través de películas, radio y periódicos. Las películas acabaron siendo documentales realizados por algunos de los mejores cineastas de Hollywood con el fin de ofrecer a los nuevos reclutas información fiable y objetiva sobre los orígenes de la guerra y su desarrollo. Marshall pensaba que el hecho de que los soldados tuvieran un motivo obvio de por qué Estados Unidos debía participar en la guerra conseguiría que comprendieran mejor la situación de su país y de esa manera conseguir su fidelidad sin imponerse sobre ellos.

Dentro del programa de «orientación moral» estaba la serie documental Why We Fight compuesto por siete documentales producidos por el Departamento de Guerra de los Estados Unidos entre 1942 y 1945. Todos están dirigidos por Frank Capra y narrados por Walter Huston junto a los actores de radio Elliott Lewis, Harry von Zell y el actor de cine Lloyd Nolan, entre otros. Estos eran Prelude to wWar (1942), The Nazis Strike (1943), Divide and Conquer (1943), The Battle of Britanian (1943), The Battle of Russia (1944), The Battle of China (1944) y War Comes to America (1945). Frank Capra encabezaba el 834th Photo Signal Detachment, el principal encargado de producir la serie. Bajo su mando se encontraba a guionistas como Lloyd Nolan, Eric Knight; actores como Alfred Newman y directores como Anatole Litvak. El primer documental de la serie Why We Fight era Prelude to war, donde se intenta dar respuesta a la pregunta de por qué Estados Unidos comenzaba a luchar en la Segunda Guerra Mundial. La respuesta la encontró en el ataque a Pearl Harbor. Los dos siguientes, The nazis strike y Divide and conquer tenían como objetivo que el soldado conociera a sus enemigos. The nazis strike explica la política expansionista de Alemania y Divide and conquer se enfoca en la caída de Francia. Los siguientes documentales estaban pensados para que los soldados identificaran cuáles eran sus principales aliados en la contienda: Gran Bretaña, la Unión Soviética y China. Los documentales The battle of Britain, The battle of Russia y The battle of China mostraban a los soldados norteamericanos los conflictos más importantes en los que dichos países habían participado durante el periodo previo a la entrada de Estados Unidos a la guerra. Su finalidad prioritaria era glorificar la resistencia de los aliados antes de la entrada de Estados Unidos. Por último, War Comes to America comienza en 1607 con la fundación de Jamestown por los primeros colonos ingleses hasta acabar con el bombardeo de Pearl Harbor. En este trabajo se ven conflictos bélicos como la guerra civil española o el inicio de la Segunda Guerra Mundial debido a la invasión alemana de Polonia (se inició el 1 de septiembre de 1939 y las últimas unidades del ejército polaco se rindieron el 6 de octubre de ese mismo año). Fue el detonante de la Segunda Guerra Mundial en Europa y acabó con la Segunda República Polaca. El broche final lo pone una voz en off del presidente Roosevelt pidiéndole al Congreso que declarase la guerra al Gran Imperio de Japón. De esta manera los soldados norteamericanos recibían el mensaje de que luchaban para conservar, proteger y expandir los valores de la libertad. Unos valores que, como les recuerda War Comes to America, lograron cuando Estados Unidos pasó a ser una nación libre e independiente. Para que el mensaje penetrara en los soldados, Capra exalta los pilares culturales y políticos de los Estados Unidos rememorando la libertad, el patriotismo y la seguridad nacional, y los enfrenta a los valores de sus enemigos: la represión, la violencia y la tiranía. Los documentales como Why We Fight quedaron prácticamente anticuados después de finalizar la guerra. En conflictos posteriores, como el de Vietnam tuvieron sus homónimos, pero no tuvieron tanta importancia como los documentales nuevos que comenzaron a confeccionarse a través del desplazamiento de un equipo de rodaje a la zona del conflicto. 

Origen y fundamento del proyecto

Todo proyecto nace de una necesidad identificada como tal o de visualizar áreas de disponibilidad respecto de algún tema, tipo de servicio o bien. Estas necesidades empiezan a definirse antes de la proyección. Todo comenzó en 1938, cuando el escritor estadounidense Philip Van Doren Stern concibió el argumento de un relato sencillo que después tituló The Greatest Gift (El regalo más grande). El origen de aquel cuento fue narrado por su autor pocos días después del estreno mundial del filme, en un artículo que publicó el Herald Tribune neoyorquino en diciembre de 1946: «Todo esto comenzó cerca de ocho años atrás; el 12 de fe­­brero de 1938, para ser exacto. Aquella mañana tuve una idea para una narración mientras me afeitaba. La idea me vino completa, de principio a fin (…). Después de terminar el afeitado, me senté y mecanografié un esbozo, de dos páginas, al que puse fecha. Sin embargo, no hice nada en cuanto a escribir la historia durante más de un año». En realidad, cuando Van Doren escribió su primera versión del re­lato en 1939 no le gustó nada y la abandonó durante un tiempo. Redactó una segunda versión meses más tarde, pero le seguía pareciendo malísima, a pesar de que muchos familiares y amigos le animaban a que la publicase. En la primavera de 1943 la reescribió de manera definitiva. Terminó la obra en Navidad, dándo­le el título con el que es famosa. No obstante, ninguna re­vista quiso publicar esa historia, por lo que Van Doren la edi­tó por su cuenta en un folleto de veinte páginas. Después en­vió doscientos ejemplares a sus amigos como felicitación na­videña. La trama se ajustaba a un solo acontecimiento: el día de Navidad, un banquero derrotado, tras años de pelear con un gran magnate, decide suicidarse en un puente. Afortunadamente, es salvado en el último momento por su ángel de la guarda, que le hace ver cómo hubiera sido la vida sin él. Clarence estaba esperándolo cuando se encontraba a punto de cometer la mayor equivocación de su vida.

Lo que sigue a esa llegada inesperada, parece una película del mismísimo Frank Capra. Una agente cinematográfica, bastante emocionada  después de leer el relato, le pidió autorización a Van Doren para enseñarles el cuento a los productores de los grandes estudios. Este relato aún no se había publicado y todas las revistas lo rechazaron. Para sorpresa del escritor, fue ad­qui­rido por RKO Radio Pictures en menos de tres meses por la descomunal cifra de 10 000 dólares. Todo un regalo de Navidad para Van Doren. Sin embargo, todavía faltaba mucho camino por recorrer para que el cuento fuera la obra maestra que todos conocemos en la actualidad. Al principio, la productora había adquirido los derechos pensando en que la película la interpretaran dos de las grandes estrellas del estudio: Cary Grant y Jean Arthur. Des­pués de un análisis exhaustivo, decidieron que el pro­yec­to no iría más allá de una película vulgar, de bajo pre­su­puesto. Contrataron a tres guionistas para escribir el guión. Uno tras otro naufragaron en el intento de alar­gar la historia. Encima ninguno de sus borradores gustó a los directivos. Como consecuencia, el relato navideño fue archivado provisionalmente y comenzó a acumular polvo en las estanterías de RKO Radio Pictures.

El entusiasmo de Frank Capra 

Afortunadamente, al poco de terminar la Segunda Guerra Mundial, el coronel Frank Capra se reincorpora a la vida civil y decide hacer una película que llene de esperanza e idealismo a una na­ción que acaba de salir de una gran tragedia. No encuentra otro filme mejor que The Greatest Gift (así se llamó el fime hasta bien entrado el rodaje) y compró los de­re­chos del cuento para convertirlo en la primera película de Liberty Films, una productora independiente que aca­baba de fundar junto a Samuel J. Briskin en abril de 1945. El acuerdo estableció que RKO Radio Pictures se quedaba con los derechos de distribución de la pelícu­la. De esta manera Capra conseguía poner en marcha un proyecto cien por cien su­yo: guión, dirección y pro­ducción. Tras rodar tantos documentales Frank Capra estaba muy ilusionado por vol­ver a filmar una historia dramática. Esto le llevó a in­volucrarse como nunca en la escritura del relato, junto a los guionistas Frances Goodrich y Albert Hackett, que le acompañaron en esta tarea tan complicada. Finalmente Jo Swerling se sumó para retocar algunos diálogos.

El proyecto de Frank Capra consistía básicamente en conservar la trama principal del cuento para el final y escribir to­da la historia anterior de George Bailey (en el rela­to original se llamaba George Pratt), lo cual le otorga más autenticidad, sentimiento e identificación a toda la secuencia del diálogo final con su ángel de la guarda. La historia comienza en el cielo, hasta donde llegan las súplicas de toda una pequeña ciudad, Bedford Falls, preocupada por la desesperación de Bailey. Alertado por esas plegarias, Dios decide detener el tiempo y envía a su ángel de la guarda. Para instar a este personaje a revivir los 30 años anteriores de la vida de su pro­tegido. Frank Capra también realizó algunos cambios, siempre desde su punto de vista, en el guion cinematográfico que le incorporan más dramatismo a la historia. En el cuen­to inicial de Van Doren, el ángel Clarence le da un ma­letín a George para que se pueda pasar por un viajante y, de esta manera, aparecer en su propia casa, delante de su gente, sin ser reconocido: su viaje a Bedford Falls supone la visita a un mundo extraño, en el que no había nacido. De esta forma, George vigila a sus padres y a su esposa, y les habla de un modo ca­si anónimo, sin provocar el sólido apogeo emocional que se ve en el filme. El cineasta se dio cuenta que el detalle del maletín convertiría la historia en algo demasiado razonable y frío. Le quitaba toda la emoción. Efectivamente, el relato ori­ginal solo permitía ver que la ausencia de George afec­taba de forma negativa en la vida de varias personas, él era un simple testigo de esos cambios y ahí se acababa to­do. En una muestra de genialidad, Capra decidió eliminar todo lo relacionado con el maletín. El to­que maestro de la secuencia fantástica consistió en que Bailey estuviera implicado en ella de manera activa. No debía ser un observador excluido. Por tal razón, escribió esa secuencia haciendo que el pro­tagonista volviera al bar que acababa de de­jar justo an­tes del intento de suicidio, dando la sensación de que puede volver a su vida normal. George no acaba de dar­se cuenta de que debe comportarse como un testi­go mudo en los cam­bios de la ciudad y sus habitan­tes. Este desconcierto, incapacidad para acostumbrarse a esa ausencia con la que antes había soñado, es lo que hace que esas escenas de angustia y temor sean tan emocionantes. En definitiva, lo más interesante de todo no radica en que Clarence no pu­eda convencer a George de que ya no existe, tiene que averiguarlo por sí mismo. En ese momento es cuando de­sea vivir con más ganas que nunca: «¡Qué bello es vivir!», exclama al fi­nal de la película, cuando to­do lo malo ha pasado. Con el relato totalmente completado, Capra empezó la difícil tarea de buscar a los actores adecuados para cada papel. 

En busca del reparto perfecto

Nada más comprar los de­rechos, Frank Capra decidió que el protagonista de ¡Qué bello es vivir! no podía ser Cary Grant. Con el actor británico había trabajado en su úl­tima película, Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace), producida en 1941 y estrenada en 1944). Los dos se habían llevado muy bien durante todo el rodaje. Sin embargo, Grant le parecía demasiado cómico y divertido para el fon­do melodramático que tenía la historia. Capra pensó en otro recién incorporado a la vida civil: el general de brigada Ja­mes Stewart, a quien había dirigido en dos ocasiones (Vive como quieras, 1938; Caballero sin espada, 1939). Capra estaba muy contento con las interpretaciones de Stewart, porque me había dado a la vez el tono cómico y dramáti­co que los dos filmes requerían. Stewart estaba deseando regresar a la gran pantalla y aceptó la oferta encantado. Preparó su papel a conciencia, ansioso por de­mostrar que, tras una ausencia de cinco años, estaba más en forma que nunca. Sus últimas películas habían sido Ven a vivir conmigo (Come Live with Me, 1941), de Clarence Brown, El arca de oro (Pot o’ Gold, 1941), de George Marshall, y Las chicas de Ziegfeld (Ziegfeld Girl, 1941), de Robert Z. Leonard. Stewart realizó una ac­tuación memorable, que le valió una nominación al Premio Óscar al mejor actor. En la actualidad, su interpretación de George Bailey está considerada casi unánimemente co­mo la mejor de su carrera y debió ganar el premio de la Academia por ella.

La contratación de los demás personajes fue algo más complicada. Tras una dura negociación con Metro-Goldwyn-Mayer, consiguió a dos actores fundamentales para ¡Qué bello es vivir!: Donna Reed para el papel de Mary Hatch, la esposa fiel de George Bailey (su papel va desde los 18 hasta los 40 años); y Lionel Barrymore, ac­tor veterano, ganador del Premio Óscar al mejor actor por Alma libre (A Free Soul, 1931), de Clarence Brown, que, acostumbrado a papeles más pequeños, acep­tó el personaje del villano sin leer siquiera el guion. Reed ya había trabajado en varios filmes importantes como El retrato de Dorian Grey (The Picture of Dorian Grey, 1945), de Albert Lewin, y No eran imprescindibles (They Were Expendable, 1945), de John Ford. En 1954, recibió el Premio Óscar como mejor actriz de reparto por su papel de Alma Burke / Lorene, la empleada de un club, en De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, 1953). En otra negociación bastante difícil con 20th Century Fox Capra consiguió contratar a Tho­mas Mitchell, con quien había trabajado en Horizontes perdidos (Lost Horizon, 1934) y Caballero sin espada, para interpretar al tío Billy, un hom­bre divertido y despistado, que con su olvido de­sencadena toda la angustia de Bailey. Como en La diligencia (Stagecoach, 1939), de John Ford, y Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939), de Victor Fleming, Mitchell hizo una interpretación memorable, que serviría como desahogo cómico de la historia dra­mática.

Cuando comenzó el rodaje, Capra no estaba seguro del buen resultado de la película. Tras cinco años de ausencia en los platós, a causa de la Segunda Guerra Mundial, le asaltaba el miedo de haber per­dido cualidades como director de largometrajes y, sobre todo, de haber perdido el interés del público. Sin embargo, el director estadounidense de origen italia­no superó con creces todas las expectativas debido a su experiencia en la industria del cine. Entre los meses de abril y julio de 1946, a lo largo de 54 días, Capra trabajó con un entusiasmo apasionante que supo extraer lo mejor de cada uno de los miembros tanto del equipo artístico como del equipo técnico. Equilibró la in­terpretación un poco «a lo Charles Dickens» de Lionel Ba­rry­more con el tono más realista de James Stewart y Donna Reed. De esta forma, las primorosas escenas de la pareja protagonista le otorgaron un contrapunto delicado a otras escenas más cómicas (como las del tío Billy), desagradables (las discusiones de Bailey con Mr. Potter) o desenvueltas (las interpretadas por el ángel).

De todas las interpretaciones de la película, la de James Stewart destaca por por encima de to­das. El personaje de George Bailey es una de las caracterizaciones más importantes en la historia del cine clásico norteamericano, tan impresionante y potente como el Ethan Edwards de John Wayne en Centauros del desierto (The Searchers, 1956), de John Ford, el Rick Blaine de Humphrey Bogart en Casablanca (1942), de Michael Curtiz, el Stanley Kowalski de Marlon Brando en Un tranvía llamado Deseo (A Streetcar named Desire, 1951), de Elia Kazan o el Moisés de Charlton Heston en Los diez mandamientos (The Ten Commandments, 1956), por poner algunos ejemplos. Bailey tiene la fuerza dominada de Jefferson Smith (Caballero sin espada). Aunque esta vez el atractivo no le viene de un diá­logo prominente y personal. Sus escenas más tranquilas son las que les dan a los espectadores su verdadera talla como persona. Este personaje no cae jamás en estereotipos dramáticos al uso, como los discursos encantadores un tanto vacíos, sino que presenta facetas humanas y emociones sinceras.

La importancia de los pequeños detalles

Un ejemplo pe­queño, pero significativo, ocurre al final de la pelí­cu­la, cuando George Bailey sube corriendo las escaleras ha­cia la habitación de los niños. En ese momento se le tuercen las piernas. Su cansancio e intranquilidad revelan que está tan feliz de estar vivo que no puede pararse siquiera cuando le falla su cuerpo. Frank Capra y James Stewart describen físicamente a George a través de sus gestos. No tiene por qué hablar, todo puede verse gracias a su aspecto. Además de eso, Capra mostró su perfeccionismo característico en la creación de espacios y ambientes. No contento con la técnica antigua de si­mular la nieve (yeso en el suelo y copos de avena pin­tados de blanco), Capra les pidió a los técnicos que in­ventasen otra fórmula distinta. Em­plearon una espuma carbónica, mezclada con agua y jabón, que era impulsada a presión por grandes man­gueras a través de ventiladores. Este sistema fue muy imitado después del estreno del filme.

James Stewart, el hombre bueno de Hollywood 

El mítico actor James Stewart está considerado la encarnación cinematográfica perfecta del hombre bueno, tal como lo quería el sueño o ideal americano: el ciudadano honesto, que tiene una vida y conducta íntegra, dentro de un país que creía en sí mismo. En una sociedad donde imperan los juicios de valor era muy importante la autenticidad. Aunque esa América no existía en la realidad. Y Jimmy, como lo llamaban sus amigos, irradia sinceridad y mucho carisma. Su rostro bondadoso (retorcido en algunas películas de Alfred Hitchcock e incluso Anthony Mann), físico peculiar (era alto, delgado, algo desgarbado y tenía las piernas muy largas), su voz tan característica (imprescindible para apreciar su trabajo) y, sobre todo, su simpatía y la intensidad de sus interpretaciones (tenía un talento excepcional para la interpretación) han quedado grabadas en la memoria de varias generaciones de cinéfilos. Una leyenda, una razón para amar el cine. 

Nacido el 20 de mayo de 1908 en Indiana, Pennsylvania, en 1932 se graduó como arquitecto. Debutó en el teatro profesional en Falmouth, Massachusetts. Aprendió a tocar el acordeón, hizo de mago y, a comienzos de los años treinta, lo contrataron en Broadway, trabajando con Henry Fonda y Margaret Sullivan. Su primera aparición en el mundo del cine la realiza en La voz que acusa (The Murder Man, 1935), de Tim Whelan, donde disfruta de unos minutos escasos. Su papel como el reportero Macaulay «Mike» Connor en Historias de Filadelfia (The Philadelphia Story, 1940), protagonizada junto a Katharine Hepburn y Cary Grant y dirigida por George Cukor, le proporcionó un inesperado Premio Óscar al mejor actor, cuando todo el mundo pensaba que lo iba a ganar Charles Chaplin por El gran dictador (The Great Dictator, 1940), de Charles Chaplin. Ese mismo año había realizado una interpretación superior en El bazar de las sorpresas (The Shop Around the Corner, 1940), de Ernst Lubitsch. Optó en otras cuatro ocasiones al Óscar y en 1985 recibió un Óscar honorífico por su trayectoria profesional. La estatuilla dorada que ganó por Historias de Filadelfia se la regaló a su padre, propietario de una tienda de artículos mecánicos en Indiana.

James Stewart fue piloto de un bombardero durante la Segunda Guerra Mundial, donde participó en una veintena de misiones de combate y terminó con el rango de coronel. En 1959 el presidente Dwight D. Eisenhower le nombró general de brigada de la reserva aérea del ejército estadounidense. Tras la guerra, interpretó a Elwood P. Dowd, un borracho afable perseguido por un conejo blanco de enorme tamaño, invisible para todo el mundo excepto para él mismo, en El invisible Harvey (Harvey, 1950), de Henry Koster. Esta interpretación le valió su única nominación al Globo de Oro al mejor actor dramático. Después interpretó algunas de las mejores películas de la historia del cine como La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) y Vértigo (Vertigo, 1958), ambas de Alfred Hitchcock, y El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962), de John Ford.

Frank Capra y James Stewart, el binomio perfecto

Frank Capra conoció una época dorada en Columbia Pictures, entre los treinta y cuarenta. Durante ese periodo de tiempo tuvo la oportunidad de desarrollar su lado más tierno, trágico y cómico. También exaltó valores como la bondad, la generosidad, la sencillez y el amor. Y algo imprescindible: la persecución de la felicidad. Porque una de las grandes aspiraciones de cualquier persona es ser feliz, experimentar placer tanto a nivel físico como intelectual. La sociedad estadounidense estaba más deshumanizada. El gigante codicioso llamado ambición sembraba infelicidad por todos lados. Nadie se libraba de sus garras. Faltaba afecto, solidaridad, el simple gesto de hacer algo por alguien solo por el mero placer de darle un poco de alegría. No había sonrisas sinceras, costaba trabajo disfrutar de las pequeñas cosas. Lo mismo que está sucediendo en la actualidad. 

Contra todo pronóstico, una obra de teatro sirvió de base para una de las más brillantes comedias de la historia: You Can’t Take It with You, de George S. Kaufman y Moss Hart, que ganó el Premio Pulitzer en 1937. En oposición total a la realidad del sueño americano (por muy bonito que Estados Unidos quiso pintar el panorama en la teoría, en la práctica contribuía a crear una sociedad competitiva y materialista), la exitosa obra cómica y el guion de Robert Riskin, adaptado a las características de Frank Capra, plantean un distanciamiento drástico de dicho sueño artificioso. Se confrontan dos mundos paralelos y opuestos: el acaudalado, presuntuoso, aburrido y avaricioso de la clase media alta o burguesía, inmersa en, a veces, un despiadado sistema económico capitalista, y el sencillo, entrañable, desenfadado y divertido universo de una clase media para la que el dinero es un factor de importancia escasa, sustituyéndolo por los dones del espíritu, la riqueza verdadera. Los ricos son al final de la película los más pobres de todos, porque se aferran a un espejismo que solo les lleva a lo trivial y a la más absoluta soledad. Por el contrario, los pobres son los que poseen más opulencia: en amor, amistad y felicidad. Un seguro para alcanzar la abundancia. Esta película supuso la primera colaboración de Capra con James Stewart, su actor fetiche. Capra eligió a Stewart porque le gustó mucho su papel sensible y conmovedor de «Camión» Cross en Cadetes del mar (Navy Blue and Gold, 1937), de Sam Wood. Para el papel protagonista femenino Capra quería a Jean Arthur, con quien había trabajado en El secreto de vivir (Mr. Deeds Goes to Town, 1936). Debido a que estaba suspendida por el estudio, Capra intentó contratar a Olivia de Havilland. Pero Jack Warner, presidente de los estudios Warner Bros, estaba enfadado con Capra por una afrenta del pasado y el préstamo fue denegado. Al final, Arthur interpretó el papel cuando Capra convenció hábilmente a Cohn de que era la actriz adecuada para interpretar a Alice Sycamore. Cuando su contrato con Columbia Pictures expiró en 1944 corrió por las calles del estudio gritando «¡Soy libre, soy libre!». Stewart dijo más tarde de Arthur: «Era la mejor actriz con la que trabajé. Nadie tenía su humor, su talento». La enfermedad de Lionel Barrymore se incorporó a la trama de la película. Su personaje estuvo con muletas durante toda la película. Se modificó el guion para que  tuviera un esguince de tobillo debido a un accidente causado al deslizarse por la barandilla. En realidad, se debió a su creciente artritis paralizante y una lesión en la cadera. A principios de año se vio obligado a retirarse de la película Cuento de Navidad (A Christmas Carol, 1938), de Edwin L. Marin. Barrymore recibía inyecciones cada hora para ayudar a aliviar el dolor de su artritis.

Frank Capra vio una representación de la obra cuando estaba en Nueva York en 1937 para el estreno de Horizontes perdidos. Trató de persuadir a Harry Cohn para que Columbia Pictures comprara los derechos, pero Cohn se negó rotundamente. En parte se debió a que el famoso jefe de este estudio se resistía a la posibilidad de desembolsar lo que consideraba una suma exorbitante por los derechos: 200 000 dólares por los derechos. Pero principalmente porque todavía estaba dolido por las disputas tan fuertes que había tenido con Capra por la edición final de Horizontes lejanos. Capra también estaba molesto con Cohn, ya que se opuso fuertemente a que el jefe de Columbia intentara comercializar la película de Jean Arthur If You Could Only Cook (1935) en Gran Bretaña como una de las suyas. El caso llegó a los tribunales y se resolvió en noviembre de 1937, con la condición de que Columbia Pictures comprara los derechos de la obra y le asignara el proyecto a Capra. El rodaje comenzó a finales de abril de 1938 y duró poco menos de dos meses. El presupuesto fue de 1 500 000 dólares.

En Vive como quieras (You Can’t Take It With You, 1938), Anthony P. Kirby (Edward Arnold) es un empresario aguerrido y cursi, dueño de una serie de empresas muy poderosas. Se le puede considerar un buitre que acosa a las presas hasta hacerse con lo que desea, que es tener más riqueza. Sin embargo, en sus planes insaciables se topa con la horma de su zapato: un vecino insignificante, pero muy molesto, el abuelo Martin Vanderhof (Lionel Barrymore), quien se niega a vender su casa, cuyo terreno serviría para completar otro de los negocios de Kirby. Vanderhof es un patriarca filosófico, tranquilo y pacífico. Un buen día decidió cambiar de arriba abajo su manera de vivir y decidió que era absurdo malgastar sus valiosos días haciendo cosas que no le gustaban. Elementos que no le servían más que para ganar un dinero que le sobraría y del que no disfrutaría eternamente. Dejó sus negocios para desarrollar sus aficiones y se entregó a los que realmente le importaba, su familia y amigos. Se dio cuenta que ganando lo justo y necesario para cubrir las necesidades, le sobraba todo lo demás. Como él reza a Dios antes de comer: «Lo importante es la salud y todo lo demás lo dejamos en tus manos». Su casa es una jaula de locos donde cada uno hace lo que más le gusta. Él mismo, su hija, su yerno, sus nietas, el marido de una de ellas, la criada, el prometido de la criada y algunos amigos de los que un día vinieron por cualquier motivo y acabaron quedándose a vivir para siempre. La casa está abierta al que necesite calor y compañía. Y ahí nadie se aburre. El tecleo de una máquina de escribir escribiendo una novela que nunca se va a publicar, una chica ensayando números de danza, su marido tocando el metalófono para ella, otra chica bajando por el pasamanos de la escalera y desafiando a su abuelo a hacerlo mejor, un hombre maduro aficionado a la pirotecnia, otro que fabrica juguetes e inventos… Es entonces cuando surge un romance inesperado: Tony (James Stewart), el hijo de Kirby, se enamora perdidamente de su secretaria Alice (Jean Arthur), la nieta de Vanderhof. Los dos están hechos el uno para el otro. Tony es un buen muchacho que no ha heredado, afortunadamente, las ambiciones desmedidas de su padre y Alice es su media naranja, su chica ideal, con la que quiere pasar el resto de su vida. Enredos y encuentros desternillantes entre ambos mundos tan opuestos dan lugar a situaciones muy divertidas, con el elemento en común de los entrañables Tony y Alice y el componente purificador de un Vanderhof maravilloso Lo que cuenta en realidad es ser feliz, querer y ser querido. Todo lo demás es secundario en este filme fresco, divertido, ingenioso y con unos diálogos a los que el paso del tiempo no han hecho la menor mella. Incluso el mensaje principal (carpe diem o aprovecha el momento presente sin esperar el futuro) sigue tan vigente en la actualidad como hace 84 años, ya que el trabajo nos ha convertido en auténticos esclavos fiscales del siglo XXI. Un sistema político, social y económico al servicio del poder, donde los políticos no quieren perder sus privilegios a costa de autónomos, pymes y asalariados.

Es cierto que a Frank Capra muchos críticos siempre le han achacado que su cine resulta demasiado dulcificante y las lágrimas fáciles están aseguradas. Pero pasan por alto su capacidad para arrancarles a los espectadores una buena dosis de carcajadas. Para mí hacer reír al espectador resulta más complicado que hacerle llorar. Y es que la comedia es un género muy complicado, que se ha de rodar con un respeto especial y una originalidad creativa muy cuidada. Si no se hace de esa forma se puede lograr el efecto contrario al deseado: que al público se le salten las lágrimas y no precisamente a causa de las risas. Cuando la película se presentó ante el público por primera vez, el boca a boca fue tan bueno que Columbia Pictures tuvo la confianza suficiente para realizar una proyección de prensa internacional masiva antes de su lanzamiento. ¡Vive como quieras! cumplió con todos los pronósticos y ganó dos galardones en la  11.ª edición de los Premios Óscar, que se celebró el 23 de febrero de 1939 en el Biltmore Hotel de Los Ángeles, California: mejor película (Columbia Pictures) y mejor dirección (Frank Capra) de siete nominaciones. Además, Capra estuvo nominado al Premio NYFCC al mejor director que concede el Círculo de Críticos de Cine de Nueva York. Capra fue presidente de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas en 1938 y estuvo al frente de una disputa sindical entre productores y directores que amenazaba con interrumpir la ceremonia de los Oscar de ese año. Afortunadamente se resolvió a tiempo para que el presidente se fuera con dos premios Oscar más para agregar a su colección.

Vive como quieras ofrece una actuación coral soberbia, destacando, como de costumbre, a un veterano Lionel Barrymore, en un momento pletórico de su carrera, que se come literalmente la pantalla en su papel de patriarca de la familia Vanderhof. En su pedazo de interpretación es donde los espectadores pueden encontrar casi todo el significado de la película. James Stewart está bien, pero no destaca tanto esta vez como en su siguiente colaboración con Capra: Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington, 1939).

Caballero sin espada es una obra maestra que emociona a través de la valentía, integridad y honestidad de Jefferson Smith, un personaje que se enfrenta contracorriente a la corrupción y la falta de valores del poder. Frank Capra rodó la película en 1939 en defensa de la democracia ante el avance inexorable de los regímenes totalitarios en Europa y el inminente comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Sin duda una obra atemporal, que incluso 83 años después está más de actualidad que nunca. Jefferson Smith es un joven ingenuo, honesto e idealista, designado senador debido a que parece una persona bastante fácil de manipular. Una vez que llega a Washington verá el lado más corrupto y sin escrúpulos de la política, lo que le hará perder la fe en ella. A pesar de todo, gracias a su ayudante (una joven que conoce muy bien los engranajes y trapicheos de la política), realizará en el Senado una intervención potente en la que, además de defender con gran pasión la democracia, denuncia una trama importante de corrupción. La historia de Jefferson Smith, habla sobre la honestidad y todos los elementos que se oponen a esta cualidad: corrupción, mentira, traición y falta de valores. Resulta evidente que las sociedades necesitan grandes dosis de civismo, ímpetu y honradez para no caer en estos rivales de la justicia y poder mantenerse firme para luchar contra los obstáculos que se interponen entre los ciudadanos y una evidente decadencia moral.

Caballero sin espada se convirtió en la película más ambiciosa de su director, con la que cerraba una década plagada de éxitos y que se convirtió en su último trabajo para Columbia Pictures, el estudio en el que desarrolló la mayor parte de su carrera cinematográfica. Solo un cineasta con tanto éxito y respetado por casi toda la industria como Capra podía permitirse llevar adelante un proyecto de tal envergadura (por presupuesto elevado y temática polémica) manteniendo su libertad artística y saliendo victorioso del reto. Sus dos últimos intentos de hacer grandes películas ambiciosas habían fracasado (La amargura del general Yen y Horizontes perdidos). Por suerte en Caballero sin espada consiguió tener éxito tanto a nivel crítico como comercial, gracias a la lección que Capra había aprendido con anterioridad: si tenía que crear una historia ambiciosa debía hacerla dentro de su estilo, en el terreno que él mejor dominaba y en el que creó sus mejores obras, la comedia populista (que no popular). Por este motivo la película no deja de ser una versión politizada de El secreto de vivir( Mr. Deeds Goes to Town, 1936), cuyos argumentos tienen muchos puntos en común.

Esa preocupación que tenía el director en aquella época por aprovechar su popularidad para rodar películas con mensaje se puntualizó aquí mejor que en ninguna de sus otras obras. Caballero sin espada tenía un mensaje detrás que intentaba aleccionar al público sin perder de vista jamás el argumento y los personajes, evitando caer en el error de colocarles por debajo de las ideas que Frank Capra procuraba difundir. Además, el cineasta evitaba un tono demasiado serio para demostrar que la comedia también podía ser un medio para polemizar y tratar temas formales como este. No deseaba que los espectadores respiraran aliviados y olvidaran con demasiada facilidad todo lo sucedido antes una vez que el filme hubiera finalizado. Es el placer de mostrar todas las injusticias que asolaban la sociedad estadounidense de finales de los años treinta. Una vez que Capra les echó en cara a los espectadores la corrupción y las desigualdades sociales, en el último minuto se retracta y añade un final feliz. Ese final que dejaba contentos a los espectadores y productores hacía que todo lo que explicaba antes pareciera menos importante. Por mucho que el final acabe siendo optimista, eso no quita que durante 129 minutos se haya mostrado con rotundidad cómo una serie de hombres poderosos juegan con la democracia a su capricho. Y mostrar eso en 1939 era una barbaridad.

James Stewart realiza una de las mejores interpretaciones de su carrera profesional (quizá la mejor junto a ¡Qué bello es vivir!). El actor era consciente de que este era el papel que lo iba a convertir en estrella. Se lo tomó tan en serio que, según comentó irónicamente Jean Arthur, se despertaba cada mañana temprano para ir al estudio en coche conduciendo lo más lento posible para evitar un posible accidente de tráfico. Anécdotas aparte, la transformación que hace en la película de actor de comedia a actor dramático es sobrecogedora. La manera en la que pasa de ser un chico ingenuo a un hombre agobiado y frustrado es impresionante. Pocos actores de su generación lo hubieran hecho tan bien como él.

Dejando a un lado a James Stewart, Frank Capra consigue en Caballero sin espada uno de los mejores planteles de actores con los que podría soñar un director en el cine clásico de Hollywood. Como protagonista femenina Capra volvió a contar con su actriz favorita, Jean Arthur. Un Claude Rains inmenso le da la réplica perfecta a Stewart. Rains en la piel del senador Joseph Harrison «Joe» Paine, hace la mejor interpretación que le he visto pese a su carismático personaje del capitán Louis Renault en Casablanca (1942), de Michael Curtiz. En papeles más pequeños hay rostros inolvidables como el popular actor de wésterns de John Ford Harry Carey como presidente del Senado, Edward Arnold encarnando a Jim Taylor y Thomas Mitchell, uno de los mejores actores de reparto de la historia del cine, como «Diz» Moore, periodista amigo y amante no correspondido de Clarissa Saunders, un papel divertido en que el actor se encuentra muy cómodo. Arthur y Mitchell comparten juntos una escena cómica memorable en la que acaban emborrachándose y deciden casarse. Esta escena llama la atención por la manera en la que Capra se atreve a mantener planos tan largos de los dos personajes hablando sin introducir cortes. El director tenía total confianza en ellos y sabía que eran capaces de llevar el ritmo por sí solos.  

Como era de esperar, el estreno de Caballero sin espada dio mucho que hablar y generó cierta polémica. La película fue rechazada tanto por numerosas fuerzas políticas como por la prensa, que se comportó de forma muy desfavorable hacia ella por el aspecto que daban del medio, sobre todo por el personaje de Thomas Mitchell y su afición al alcohol. Eso no impidió que se convirtiera en un gran éxito de crítica y público (uno de los últimos en la carrera de Frank Capra) y en un clásico desde el mismo día de su estreno.

Recibió un total de 11 nominaciones a los Premios Óscar (incluidas las de mejor película y mejor dirección), ganando solo uno, mejor argumento (Lewis R. Foster). Tras la ceremonia, se generó una gran controversia después de que Los Angeles Times diera la noticia de que Vivien Leigh (Lo que el viento se llevó) y Robert Donat (Adiós, Mr. Chips) habían ganado a Bette Davis (Amarga victoria) y James Stewart por el menor margen posible de votos. Este hecho provocó que los dirigentes de la Academia encontraran la manera de que tanto el proceso de votaciones como los resultados del mismo se mantuvieran en secreto durante los años siguientes.​ La Academia consideró la publicación de esos datos por parte de Los Angeles Times como una muestra de abuso de confianza. James Stewart era el gran favorito para ganar la estatuilla dorada (había sido galardonado por el Círculo de Críticos de Nueva York con el premio al mejor actor) y se quedó compuesto y sin novia cuando era un galardón cantado.

El sentido de la vida 

Durante la Nochebuena de 1945, angustiado por la repentina desaparición de una suma de dinero importante, George Bailey (James Stewart), dueño de una empresa de préstamos de la pequeña localidad de Bedford Falls, que siempre ha luchado por el bien de la gente de su pueblo, toma la decisión desesperada de suicidarse. Considera que su vida ha sido un fracaso, todos los esfuerzos que ha hecho a lo largo de su vida han sido inútiles y arrastrará por culpa de sus errores a su familia a la pobreza. Dado que su seguro de vida es lo único que le queda para ayudar a su familia, decide quitarse la vida: «Valgo más muerto que vivo», llega a pensar en un momento de desesperación. En el último instante, Clarence, un ángel anciano que todavía no ha conseguido sus alas, le hace reflexionar sobre el sentido de su vida. Cuando Clarence deja de preocuparse un poco por su situación y decide ayudar a otra persona que necesita ayuda, comienza su salvación. Y es que ayudar a Bailey, es ayudarnos a todos nosotros. Porque Bailey tiene un poco de todos nosotros. Como él tenemos sueños a los que hemos renunciado por los motivos que sean. Porque hemos sentido en nuestras propias carnes esos momentos de amargura que nos hacen preguntarnos por qué estamos en el mundo. La vida se llena de sentido cuando se convierte en un regalo y procuramos ser conscientes de ello. Nada lírica, la vida se muestra envuelta en una historia de fantasía arriesgada, un cuento de Navidad carente de poesía, donde resulta muy sencillo caer en un discurso vacío y carente de sentido, hecho a base de renuncias y honestidad de un hombre fracasado. Una persona buena que está convencida de que vale más muerta que viva.

George Bailey es un hombre que nunca pudo pensar en sí mismo porque siempre se vio obligado a preocuparse por los demás. No tuvo otra opción que anteponer las necesidades y el bien de otras personas a las suyas propias. En apariencia, parece un hombre fracasado e infeliz. Es la consecuencia que tiene ser una persona buena en un mundo cruel, donde la lógica dominante es la del poder, la del éxito conseguido a base de trampas, ya que cada uno mira por su propio bienestar y beneficio. En el cual los que anteponen el bien ajeno, desinteresadamente, a su propio interés y provecho, están condenados al fracaso, a ser considerados perdedores. Ser fiel a los principios morales es simplemente una idiotez en un mundo de hipócritas y maliciosos, que han hecho de la trampa su manera de vivir. En el diálogo que mantiene con su ángel de la guarda, George le confiesa que hubiera preferido no haber nacido. El ángel toma nota al momento y le concede inmediatamente el deseo. Cuando regresan al pueblo todo ha cambiado, es completamente diferente, y el protagonista descubre cómo sería la vida allí sin él, en especial la de las personas que quiere y conoce. En esos momentos se da cuenta de que las vidas de numerosas personas dependen de él. Mucho más de lo que creía antes de intentar suicidarse. Al preguntarse qué sería la vida sin su presencia le lleva a la conclusión sobre lo que es importante de verdad. Hay cosas que dependen de nosotros, de nuestra existencia y de nuestras decisiones. Estas influyen en el curso de la realidad. El drama de la historia estaría incompleto si le falta nuestra existencia.

Al final de la película, George percibe que todo lo que ha hecho a lo largo de su vida cobra sentido y lo que ha cultivado por medio de su trabajo, renuncias, amor y generosidad, encuentra repercusión en personas que han recibido algo de él, aunque no se haya dado cuenta de ello. Comprende que, a pesar de lo que pensaba, cuando las personas a las que ayudó se dan cuenta de sus problemas, acuden rápidamente a su rescate, como antes lo había hecho él con ellos. Esta gente hace que su vida no sea un fracaso, un entusiasmo inservible. Frank Capra lanza a la sociedad norteamericana un mensaje de esperanza tras el final dramático de la Segunda Guerra Mundial (algunas imágenes del combate aeronaval son reales). Quizá pueda parecer que la película es aburrida porque toca temas en vías de extinción. Nada más lejos de la realidad. Porque ¡Qué bello es vivir! es una película ingeniosa, divertida y sincera. 

¿Quién es George Bailey?

La vida de cada persona no pertenece exclusivamente a su personalidad. Cada persona afecta en la vida de otras muchas de una manera excepcional. Esta es la historia que Frank Capra quiso exponer en ¡Qué bello es vivir! Pero ¿quién es George Bailey? Eso es lo que se preguntan los espectadores nada más empezar la película. A través de un plano general extraordinario, vemos el característico pueblo estadounidense de casas de madera ajardinadas. Mientras la cámara nos muestra las calles vacías, escuchamos ruegos y oraciones pidiéndole a Dios que ayude a George Bailey en los momentos previos a la Nochebuena. Más allá de la luna, unas luces divinas citan a un ángel que aún no se ha ganado las alas para confiarle la misión de ayudar a este pobre hombre. No hay mejor manera de enganchar a los espectadores para conocer la historia de ese tal George Bailey que este recurso narrativo. Capra les involucra en la historia eficazmente con una presentación rápida y sencilla. A través del flashback, una técnica narrativa utilizada magistralmente por Frank Capra, los espectadores conocen todos los detalles de la vida de George Bailey hasta la Nochebuena, que es el centro afianzador de la cinta. El director los lleva hasta el día que Bailey siendo niño, salvó a su hermano de morir ahogado en un lago helado. Sin embargo, esta acción le llevó a perder la audición en su oído izquierdo. Ven a un niño avispado que sueña con todos los sitios que visitará y las cosas grandes que conseguirá. En otra escena renombrada desobedece al dueño de la farmacia en la que trabaja y no lleva la medicación a un niño porque se ha dado cuenta de que el farmacéutico, por despiste, había utilizado un veneno para el preparado. Se lleva un sonoro guantazo por castigo. Pero el pequeño Bailey no llega a odiarlo. Comprende que el descuido del señor Grover se debe a que este había recibido anteriormente un telegrama donde le comunicaban la muerte de su hijo en la guerra. A  pesar de su corta edad ya ha salvado las vidas de dos personas. ¿Qué hubiera pasado si Bailey no hubiera nacido? Ahí es donde encuentra la razón de ser la historia que Capra quiere contar en ¡Qué bello es vivir!

La vida de George Bailey es ante todo la de un soñador. Una persona ambiciosa, aunque la realidad le pone obstáculos sin descanso que le obligan a elegir entre sus sueños y lo que es correcto moralmente. Cuando ya es hombre y un James Stewart memorable toma las riendas del personaje, la primera imagen que vemos es la de Bailey con una maleta grande con la intención de marcharse a Europa y después a la universidad. Ya está cerca de empezar a cumplir los grandes proyectos que tiene en la cabeza. Ese primer plano da inicio a una larga secuencia fundamental en la película en la que se nos muestra un pueblo casi ficticio, en el que los vecinos se conocen por su nombre y se ayudan los unos a los otros. Los espectadores conocen a su padre, dueño de una pequeña empresa de préstamos, donde prevalece la ayuda a la gente sobre el beneficio económico, a su madre, y hermano, a sus amigos. Acuden a la fiesta de Mary (Donna Reed), que desde niña está enamorada de Bailey. El único sueño de la chica es formar un hogar con él. Son la pareja ideal en un pueblo aparentemente perfecto.

Pero todo no es idílico en este mundo utópico. En él también vive el malvado señor Potter (Lionel Barrymore), un anciano y antipático hombre de negocios. Un personaje malo y ladrón, inspirado en el señor Ebenezer Scrooge de la clásica novela Canción de Navidad de Charles Dickens. Tampoco es nada paradisiaca la mala suerte que parece acompañar a George Bailey durante buena parte del metraje. La misma noche en la que celebra su graduación su padre fallece y la empresa familiar pasa a manos de él. De lo contrario se verían obligados a vendérsela al señor Potter. Por lo tanto la herencia de generosidad que procuró impregnar su padre en el pueblo desaparecería para siempre, dejando el desamparo como única compañía. En otra escena vemos a los dos protagonistas en casa de ella. Él no se atreve a declararle su amor, le incomoda y sabe que si lo hace le ataría a su pueblo para toda la vida. Se enfadan y George Bailey se marcha. No obstante, los celos acaban haciendo acto de presencia y ante la llamada a casa de Mary de un antiguo amigo, Bailey vuelve a recoger el sombrero que se había dejado. Ella se pone más simpática y cariñosa de la cuenta con el antiguo amigo de ambos, que estaba al teléfono, y la fuerza de los celos acaba en beso. Tras el beso llega el noviazgo y después la boda. Tras unos años marcados por la rutina familiar y la renuncia a sus sueños, que incluso le llevan a rechazar una oferta millonaria de trabajo del perverso señor Potter, llega el famoso día de Nochebuena en el que su tío, por descuido, pierde 8000 dólares justo el día que el inspector de hacienda revisaba las cuentas de la empresa familiar. Ello supone la bancarrota y la inevitable bajada a los infiernos de Bailey. Todos los proyectos frustrados, todos los sueños malogrados, todo el sentimiento personal de fracaso aparece de manera implacable. Se rebaja ante el señor Potter para pedirle ayuda. Este le dice que dónde están ahora sus amigos y todos a los que ha ayudado. Le recrimina que todas las cosas buenas que ha hecho no le han servido para nada. Bailey, con su seguro de vida en el bolsillo de la chaqueta, vale ahora mismo más muerto que vivo. De nuevo y con este recurso, Capra pone al espectador y al personaje entre la espada y la pared, en una encrucijada que estigmatiza la narración, donde aparece la generalización del sufrimiento y la injusticia.

Moraleja, enseñanza y conclusión 

Todos los cuentos y fábulas con valores y sabiduría, hechos para pensar y reflexionar, tienen una moraleja, una enseñanza que se deduce de algo. Se trata de una lección que apunta, por lo general, a difundir valores morales.

Moraleja de ¡Qué bello es vivir!: Con la posibilidad del suicidio como fachada reflexiva, aparece Clarence, el ángel que debe ganarse sus alas y todos los problemas narrativos y objetivos de la historia estallan a la vez. George Bailey comprende, tras una visualización imaginaria mostrada por su ángel de la guarda, cómo hubiera sido la vida sin él. Y esta, es la esencia principal de toda la historia.

La enseñanza de ¡Qué bello es vivir! es clara: La vida de un hombre afecta, directa e indirectamente, a otras muchas vidas. 

Conclusión de ¡Qué bello es vivir!: La película es la definición más exhaustiva de la magia en el cine y la Navidad. Las estructuras narrativas y sentimentales de la cinta han hecho que numerosas generaciones de cinéfilos se enamoren del cine. En definitiva, un clásico que demuestra por qué el cine fue elevado a la categoría de séptimo arte.

Un fracaso inesperado  

¡Qué bello es vivir! no funcionó bien en taquilla. Algo que sorprendió a todos los que participaron en la película. Después de finalizar la Segunda Guerra Mundial parecía que los norteamericanos necesitaban más que nunca his­torias optimistas que les devolvieran las esperanzas perdidas y ganas de vivir. Porque la película se promocionó en Estados Unidos como una inyección de entusiasmo e ilusión por vivir. Toda la película transpira instantes de esa perspectiva optimista. El filme mantiene una puerta abierta a la esperanza incluso cuan­do George Bailey está a punto de suicidarse. De todas las se­cuencias, la más aclamada por los críticos y los espectadores es aquella en la que George y Mary formulan sus deseos ante las ventanas rotas de la casa abandonada de Grandville. Cada línea, gesto y entonación resultan perfectas porque está extraordinariamente escrita e interpretada. Evoluciona levemente des­de el sentimiento romántico a las declaraciones lí­ricas e insensato de la fogosidad juvenil: «¿Qué quieres, Mary? ¿Quieres la luna? Dime solo una palabra y la engancharé con una cuerda y te la ba­jaré. Entonces podrás tragártela y se disolverá; y sus rayos brotarán de tus dedos, de tus pies y de las puntas de tus cabellos…». La película está tan llena de vida que continuamente sorprende a los espectadores. Incomprensiblemente, la cinta no impresionó a la audiencia de su época. Los productores pensaron que necesitaba algo más que la ayudara a encandilar al público: un empujón en La 19.ª edición de los Premios Óscar.

Varapalo en los Premios Óscar 

La película tenía que recuperarse de un comienzo más bien desalentador, con­secuencia de una recepción fría por parte de la crí­tica. Frank Capra confiaba en los Premios Óscar. La mayoría de las películas de este cineasta solían tener el beneplácito de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas. Sin embargo, no llegó a ganar ningún galardón en la 19.ª edición de los Premios Óscar, que se celebró el 13 de marzo de 1947 en el Shrine Auditorium de Los Ángeles, California, a pesar de contar con cinco nominaciones: mejor película (RKO Radio Pictures), mejor dirección (Frank Capra), mejor actor (James Stewart), mejor sonido (John Aalberg) y mejor montaje ()William Hornbeck. Hubiera sido el cuarto Oscar de Frank Capra. Pero 1947 fue el año de Los mejores años de nuestra vida (The Best Years of our Lives), otra obra maestra dirigida por otro de los grandes monstruos del séptimo arte, William Wyler. El filme producido por Samuel Goldwyn, a través de The Samuel Goldwyn Company, para RKO Radio Pictures impactó en la crítica y el público de forma inmediata, seguramente porque cada una de sus escenas se desarrolló de manera realista y natural. En los Globos de Oro Capra ganó el premio al mejor director y el Círculo de Críticos de Nueva York lo nominó al galardón en la misma categoría. Poca recompensa para una obra de sus características. El filme per­dió 525.000 dólares en su primer año de su explotación y Liberty Films estuvo a punto de desaparecer. Como consecuencia, Capra perdió el apoyo de RKO Radio Pictures de forma irremediable.

La resurrección de una obra maestra 

Olvidada durante muchos años, la película se revalorizó a partir de 1974, cuando concluyó la ex­clusiva cinematográfica y empezó a emitirse por te­levisión. Millones de espectadores se identificaron con los valores del filme y su mensaje de esperanza. En muy poco tiempo llegó a ser considerado el clásico de la cinematografía navideña por excelencia. Año tras año, las cadenas de televisión la programaban en vísperas de Navidad. Las familias norteamericanas llegaron a organizar reuniones para verla con los familiares y amigos. Al final, llegó a aportar unos beneficios importantes y se convirtió en la película más recordada por todos sus creadores. En su autobiografía,  El nombre delante del título, Capra diría a propósito de ¡Qué bello es vivir!: «Es la mejor película que he hecho nunca. Es más. Me atrevo a decir que es la mejor película de la historia. No la hice para los críticos aburridos ni pa­ra los intelectuales pedantes. La hice para la gen­te sencilla como yo; gente que quizás había perdido a su marido, o a su padre, o a su hijo; gente que es­taba a punto de perder la ilusión de soñar, y a la que había que decirle que ningún hombre es un fraca­sado».

¡Qué bello es vivir!  es una película deliciosa y repleta de valores. Sin discusión, uno de los mejores largometrajes de la historia del cine, al menos uno de los más auténticos. Frank Capra —el artífice— no dudaba en afirmar que era su favorita y lo mismo le sucedía a James Stewart. Un filme de los de antes, cuando el cine era el espectáculo favorito del público, que te hace valorar la vida de otra forma. Su historia le enseña a todas las generaciones la importancia que tiene el entregarse a los demás sin esperar nada a cambio, y la trascendencia y repercusiones verdaderas que las buenas obras de cada uno tienen en el cielo y, sobre todo, en la Tierra. Como en muchas de sus películas, aunque en ninguna con tanta perfección, Capra nos enseña los verdaderos valores humanos que, lejos de la riqueza, el prestigio o el poder, son ayudar al prójimo, la amistad, el olvido de uno mismo para comprender a los más débiles. Un título optimista, divertido, muy humano, alegre y, desde luego, esperanzador. Una lección fabulosa sobre el sentido de la vida que nos enseña a valorar mucho más lo que tenemos, y qué haríamos si no lo tuviéramos, a lamentarnos menos por aquello que no tenemos o no termina de salirnos  del todo bien. Y es que lo primero que pensé la primera vez que vi el filme fue en lo bello que es vivir.  

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