Cultura, Cine y Literatura

70 años de «El hombre tranquilo»: rumbo a Innisfree

John Ford dirigiendo a John Wayne y Maureen O’Hara en una escena de El hombre tranquilo

La historia de la realización de El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952) tuvo un proceso laborioso y lento: quince años de espera y preparaciones que la convirtieron en una obra deliciosa desde el mismo momento de su estreno

Más de sesenta años después continúa arrojando sobre el espectador la misma magia ingenua y efectiva que derrochó en su época 

Mi película favorita se estrenó en Dublín en mayo y en Estados Unidos en agosto de 1952

En este artículo vas a comprobar por qué en la ficticia aldea irlandesa de Innisfree está el paraíso

John Wayne y Maureen O’Hara en una fotografía publicitaria de El hombre tranquilo

Érase una vez un hombre apacible y tranquilo

El hombre tranquilo está basada en un relato homónimo del autor irlandés Maurice Walsh

Así comienza el relato El hombre tranquilo (The Quiet Man), del autor irlandés Maurice Walsh:

«Paddy Bawn Enright era un muchacho despreocupado de diecisiete años cuando se marchó a Estados Unidos… Y quince años después regresó a su condado de Kerry natal, serenada la despreocupación y consumida la juventud. Si había hecho fortuna o no… eso nadie lo sabía. Porque era un hombre tranquilo al que no le gustaba hablar de sí mismo y de las cosas que había hecho».

La historia se escribió y publicó por primera vez en febrero de 1933 en la revista norteamericana The Saturday Evening Post, aunque no fue hasta agosto de ese mismo año cuando vio la luz en Irlanda, en el Chamber’s Magazine. Dos años después Walsh lo incluyó en un libro de historias que constituían la novela Green Rushes, que es la versión que se ha traducido al español.

Cuando John Ford lo leyó se sintió muy cercano y afín a lo narrado. En aquel mismo momento empezó a hacer planes con esa historia de un hombre apacible y tranquilo, antiguo boxeador, que vuelve a su antigua casa, concretamente a Irlanda, el país donde nacieron los padres del cineasta. El 25 de febrero de 1936 John Ford compró los derechos (más bien le dio un adelanto simbólico al autor) de la adaptación al cine del relato por diez dólares (añadiría otros 2500 dólares al iniciarse la producción del filme). Al final, el contrato se cerró en 1951 y Maurice Walsh percibió otros 3750 dólares. Cuando la película se estrenó (en Dublín en mayo y en Estados Unidos en agosto de 1952) los beneficios fueron impresionantes. Walsh siguió pleiteando hasta su muerte intentando conseguir más dinero y quejándose de que su historia había sido alterada en su esencia por el guionista. Sus herederos todavía continúan con el pleito sin ningún éxito.

La película que ningún estudio quería distribuir 

El fracaso de El fugitivo, protagonizada por Henry Fonda y Dolores del Río, impidió que RKO Pictures se hiciera cargo de la distribución de El hombre tranquilo

En 1941, después de rodar ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley) John Ford hizo un primer intento para llevarla a la gran pantalla. Sin embargo, nadie parecía interesado en financiar su proyecto y se vio obligado a rodar La ruta del tabaco (Tobacco Road, 1941), antes de abandonar Hollywood durante unos años para participar en la Segunda Guerra Mundial. Intentó conseguir el dinero suficiente para llevarlo al cine por todos los medios. Tardó quince años en conseguirlo.

John Ford siguió rodando películas, la mayoría de ellas obras maestras, pero nunca se olvidó de su suspirada historia irlandesa. Es más, en 1944, cuando regresó de la Segunda Guerra Mundial como oficial de los servicios cinematográficos de la Armada de los Estados Unidos (incluso fue herido en combate durante la batalla de Midway) alcanzó un acuerdo verbal con los actores John Wayne, Maureen O’Hara, Barry Fitzgerald (su inolvidable personaje del casamentero fue una aportación genial del director que no aparece en el original) y Victor McLaglen para protagonizar el filme si alguna vez se llevaba a cabo. La actriz pelirroja recordaba pasar varios fines de semana con Ford en su barco privado, el Araner, tomando notas e ideas para la película: «Mandaba a los niños a la playa a nadar, ponía los discos de música irlandesa y mordisqueaba su pañuelo mientras yo tomaba notas con mi taquigrafía Pittman y las pasaba a máquina después». Cuando Ford y el productor Merian C. Cooper (King Kong) crearon Argosy Pictures, una compañía independiente, El hombre tranquilo encabezaba la lista de proyectos para ser llevados a cabo, ya que pensaban ingenuamente que tendrían la financiación y el apoyo de Alexander Korda. La realidad era bien distinta: el productor húngaro nacionalizado británico no estaba interesado en financiar El hombre tranquilo. El proyecto continuaba en el aire, pendiendo de un hilo. Todas las grandes productoras líderes de la industria (20th Century Fox, Warner Bros, Metro-Goldwyn-Mayer…) se negaron a respaldarlo. La consideraban una historia absurda, una idea descabellada y poco comercial.

Henry Fonda detestaba El fugitivo y pensaba que era su peor colaboración con John Ford

Esa fue la razón principal por la que John Ford y Merian C. Cooper fundaron Argosy Pictures Production, una productora con la que pretendían acometer sus proyectos más personales y en condiciones de mayor libertad, dentro de los límites marcados por la distribuidora, RKO Pictures, que se había embarcado en el proyecto. Los dos cineastas firmaron un acuerdo bastante ambicioso para realizar tres películas con esta compañía. El contrato incluía hacer El hombre tranquilo si la primera película, El fugitivo (The Fugitive, 1947), era un éxito de taquilla. En cambio, El fugitivo le dejó a Argosy Pictures medio millón de dólares de deudas. Henry Fonda, el protagonista del filme, lo detestaba, hasta el punto de pensar que era de lejos su peor colaboración con John Ford: «Fue un error de parte de John Ford hacer esta película. Y fue también un error por mi parte haber participado en ella».

El otro proyecto que se fue al traste por culpa del fracaso monumental de El fugitivo fue la adaptación cinematográfica de la novela de 1940, de Nina Federova, La familia (The Family), con John Wayne y Ethel Barrymore al frente del reparto. La película se centraba en una familia de rusos blancos exiliados en China después de la Revolución rusa de 1917. John Ford la definió como «la desintegración de una familia después de haberla desarraigado».

Los siguientes wésterns que rodó John Ford, Fort Apache (1948) y La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949), sirvieron para pagar las pérdidas económicas que ocasionó El Fugitivo. Mientras tanto el guion del filme pasó de las manos de Richard Llewellyn a las del guionista Frank S. Nugent, que ya había escrito cuatro filmes para Ford desde Fort Apache (1948). «Preparamos mucho el guion, fuimos trazando la historia con mucho cuidado, pero de modo que si se presentaba una oportunidad de hacer comedia, pudiéramos meterla», le relataba Ford a Peter Bogdanovich en una entrevista. Aunque el guion no es exactamente igual que el relato, se puede decir que en los temas principales John Ford fue bastante fiel a la historia.

Entre Mary y Kate 

John Ford y Katharine Hepburn en el set de María Estuardo, la única película que rodaron juntos

En un primer momento, el novelista británico Richard Llewellyn (¡Qué verde era mi valle!) se encargó del guion, pero el borrador original resultó ser demasiado político, por lo que John Ford hizo que Frank S. Nugent lo reescribiera como una historia de amor.  Los nombres de los protagonistas, Paddy Bawn Enright y Ellen Roe O’Danaher, cambiaron y pasaron a llamarse Sean Thornton y Mary Kate Danaher. Pappy llevaba queriendo rodar esta historia desde 1944. Siempre había tenido en mente a John Wayne y Maureen O’Hara para que la protagonizaran. John Wayne interpretaría a Sean Thornton, un exboxeador que regresa de Estados Unidos a su tierra natal de Irlanda para establecerse en el pueblo de Innisfree. Allí se enamora de los encantos de la ardiente Mary Kate Danaher, síntesis nominal de los dos grandes amores de Ford: su mujer Mary y Katharine Hepburn, interpretada por Maureen O’Hara, de la que también estaba enamorado. Algunos de sus biógrafos afirman que se enamoró de la actriz irlandesa para asimilar el rechazo sufrido por parte de Katharine Hepburn.

John Ford y Katharine Hepburn se enamoraron durante el rodaje de María Estuardo (Mary of Scotland, 1936), una película fallida pese a la luminosa presencia de la actriz. Ford era un director indomable, un auténtico tirano. En Hepburn se encontró a una mujer con un carácter tan ingobernable como el suyo, ante la que no tuvo más remedio que rendirse a sus pies y enamorarse locamente. Katharine Hepburn era el prototipo de mujer libre e independiente en una época en la que eso no era nada común y mucho menos en el mundo del cine. Al encontrarse con Ford decidió poner a prueba al supuesto monstruo con provocaciones constantes que el director no sabía cómo encajar. La actriz le provocaba tanto con su comportamiento que su interés por ella no paraba de crecer. Aquella irreverencia hacia él actuó como una especie de afrodisíaco o pócima de amor. 

Katherine Hepburn le recriminaba y echaba en cara su falta de higiene (Ford no solía ducharse ni cambiarse de ropa todos los días). Incluso llegó a marcarle con un bolígrafo la camisa que llevaba puesta el director para comprobar de primera mano que no se cambiaba de ropa todos los días. Ford por su parte respondía a este tipo de juego con ciertas bromas que aludían al estilo tan masculino de vestir de la protagonista de Historias de Filadelfia: «Escúchame, Katharine. Te desafío a jugar un partido de golf. Si pierdes, te comprometes, al menos por una vez, a presentarte en el estudio vestida como una mujer».

John Ford y Kate Hepburn se enamoraron para sorpresa de propios y extraños durante el rodaje de María Estuardo, un romance que permaneció en el anonimato durante muchas décadas

Después de tanto tonteo John Ford y Kate Hepburn se acabaron enamorando contra todo pronóstico. Un amor que permaneció oculto durante muchas décadas. Por culpa de esta relación el súper católico Ford casi se separa de su esposa Mary. Incluso llegaron a plantear las condiciones del divorcio en que se cerraría el acuerdo. Ford estaba enamorado y obsesionado, en el buen sentido de la palabra, con Hepburn. Gracias a ella alcanzó una felicidad y una paz espiritual desconocida hasta entonces. Hepburn era un torbellino dicharachero, una explosión de vida. Ford nunca había experimentado algo así con una mujer y la aparición de un amor de estas características le sumió en una confusión que no había vivido con anterioridad.

John Ford era un hombre tradicional y no tenía prisa en acabar con su matrimonio para unirse a Katharine Hepburn. Cuando la actriz tuvo que marcharse de su lado para iniciar el rodaje de una nueva película, Una mujer se rebela (A Woman Rebels, 1936), de Mark Sandrich, conoció al magnate Howard Hugues, con quien también estuvo a punto de casarse. Su relación con Ford se enfrió y le escribió unas líneas que sonaban a despedida: «En las relaciones románticas la gente debe decir sí o no, pero no quizás. Quizás es una tímida manera de decir no».

Era lo más lógico siendo Kate Hepburn quien era. A una mujer de armas tomar no se la puede hacer esperar bajo ningún concepto. Nunca volvieron a trabajar juntos, a pesar de la insistencia de John Ford en volver a recuperarla en películas como La diligencia (Stagecoach, 1939) o Siete mujeres (7 Women, 1966). De todas formas, el cineasta mantuvo una admiración apasionada de por vida que la actriz limitó al terreno amistoso. A partir de ese momento el cine de Ford se centró en hombres solitarios que justificaban su aislamiento en un mundo propiamente masculino apelando al sentido del deber.

La bella Maureen O’Hara en una fotografía publicitaria de ¡Qué verde era mi valle!, la primera de sus cinco colaboraciones con John Ford

Hasta que conoció a la bella y exuberante Maureen O’Hara, una mujer apasionada y reprimida a la vez. En ella encontró la imagen ideal con la que relacionar esa especie de impedimento afectivo. La dirigió por primera vez en ¡Qué verde era mi valle! (How Green was my Valley, 1941), en la que la actriz interpretó a una malcasada que se enfrenta valientemente a las habladurías de sus convecinos. Su audacia, unida a su belleza indudable, convenció a John Ford de que era el prototipo femenino que necesitaba para todo un conjunto de historias cuyos protagonistas encajaban con el ideal masculino que he enunciado antes. En Río Grande (1950), O’Hara encarnaba a la mujer de un oficial de caballería (John Wayne) del que se había mantenido separada quince años a raíz de la participación de este en la quema de la hacienda de su esposa durante la guerra de Secesión. Por rebuscado que parezca el motivo melodramático de esta desavenencia, reflejaba un detalle muy importante de la biografía personal de Ford: su esposa, de quien se hallaba muy distanciado desde el romance que mantuvo con Katherine Hepburn, tenía ascendencia sureña y mantenía vivo el recuerdo de las ofensas y humillaciones que el derrotado bando confederado había recibido por parte de los vencedores.

The island of Innisfree

En Cong se rodó El hombre tranquilo y por ello junto a su abadía y cerca del Castillo de Ashford podemos encontrar una escultura que rememora este hecho insólito 

Aunque la historia de Maurice Walsh tiene lugar en Kerry, John Ford la situó en otro lugar: la idílica isla de Innisfree. El sitio no existe como tal, sino que es una creación del poeta y premio Nobel de Literatura William B. Yeats, que situó su poema The island of Innisfree en un islote deshabitado del lago Gill, en el condado de Sligo, conocido por el nombre de Isla del Gato. El poema de Yeats hace de este espacio un símbolo lleno de poesía empapada del alma de los irlandeses y también de la juventud perdida. Y ese lirismo de Irlanda y el murmullo del viento de la juventud es lo que Ford pretende simbolizar en su película: 

«Me levantaré y partiré hacia Innisfree y allí alzaré una cabaña hecha de arcilla y zarzas: tendré nueve surcos de judías y una colmena de miel; viviré en soledad con el rumor de las abejas…».

John Wayne acude al rescate de su mentor 

Sin la ayuda de John Wayne, John Ford nunca hubiera rodado El hombre tranquilo

John Wayne y su productora, Wayne-Fellows Productions, acababan de firmar un contrato muy importante, a principios de los años 50, con Warner Bros. Intentó persuadir a Jack Warner sin éxito. El presidente de los estudios no quería ni oír hablar sobre este asunto. Le parecía un proyecto vanidoso sobre un boxeador estadounidense de origen irlandés retirado que regresa a su hogar ancestral y toma como esposa a una ardiente chica irlandesa. 

Sin embargo, fue la intervención de John Wayne la que salvó al futuro filme del naufragio definitivo. Estando bajo contrato con Republic Pictures desde mitad de los años 30—una compañía especializada en wésterns y películas de serie B que le daba libertad absoluta para trabajar en otros estudios— Wayne le comentó al jefe del estudio, Herbert Yates, que el mismísimo John Ford, el cineasta más prestigioso del mundo, ganador de tres Premios Óscar [El delator (The Informer, 1935), Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940) y ¡Qué verde era mi valle!], estaba buscando quién le financiara esta cinta. Por primera vez en su carrera profesional, Wayne estaba en condiciones de ayudar a su mentor, el hombre que le convirtió en una estrella en 1939 con La diligencia.

A Herbert Yates le interesaba, sin duda, contar con un director tan importante en el estudio. Le prometió a John Ford llevar su sueño a la gran pantalla, en color y filmado en Irlanda. No obstante se aprovechó de la situación y puso como condición inamovible que Ford hiciera otro filme antes que ese y que además fuera un éxito de taquilla. Un wéstern en blanco y negro con una presupuesto moderado. El resultado fue la tercera de sus películas sobre la caballería, Río Grande (1950), donde participaron, precisamente, John Wayne, Maureen O’Hara y Victor McLaglen, los mismos actores que iban a trabajar en El hombre tranquilo. Trabajar en un estudio especializado en producciones modestas supuso un bajón emocional monumental para Ford, después de haber trabajado con casi todos los grandes estudios.

No obstante, Yates seguía teniendo muchas dudas porque pensaba que la película iba a ser el fracaso más estrepitoso en toda la historia de Republic. Ford se lo tuvo que llevar unos días a Irlanda para conmover y convencer a Yates, quien no tuvo más remedio que dar el visto bueno. Ford, por su parte, debió acceder a recortar costes y todos los actores implicados aceptaron rebajarse el sueldo sin rechistar. El presupuesto final rondó el millón y medio de dólares. El hombre tranquilo se convirtió en la película de mayor presupuesto en la historia del estudio.

La leyenda de una estrella 

Río Rojo fue la película que convirtió a un maduro John Wayne en la gran súper estrella del cine clásico de Hollywood durante 25 años

Aunque alcanzó la fama con La diligencia, Río Rojo (Red River, 1948), de Howard Hawks, y Arenas sangrientas (Sands of Iwo Jima, 1949), de Allan Dwan, son las dos película que hicieron de John Wayne una súper estrella, las que coronaron su ascensión a la cima del firmamento cinematográfico, un estatus que nunca abandonó, convirtiéndole en un ídolo mundial. Interpretar al duro sargento John M. Stryker, un personaje con señales de amargura, sobre todo en los momentos de paz, donde su heroísmo puede también depender de ciertas condiciones, como esa escena memorable en la que va a la habitación de una mujer, la cual se le ha insinuado en un bar, descubriendo que no se trata de una prostituta profesional, sino de una esposa abandonada por otro soldado, como él, quién necesita trabajar para alimentar a su hijo de apenas unos meses de vida, fue una de las mejores decisiones que tomó. Una encuesta realizada por la Motion Picture Herald le eligió, al año siguiente de estrenar este filme, como el actor más taquillero de Norteamérica. 

Estrenada en diciembre de 1949, la película fue un gran éxito comercial y John Wayne recibió su primera nominación al Premio Óscar al mejor actor, entre otros galardones. A pesar de realizar una interpretación bastante buena como Stryker, no tenía ni punto de comparación con las actuaciones que hizo en Río Rojo y La legión invencible. Sin embargo, el Duque estaba encantado de ser finalmente reconocido por sus compañeros después de llevar dos décadas en la profesión. En lo que respecta al público que va al cine, el papel de Stryker resaltó aún más su imagen patriótica. También mejoró su imagen comercial con Arenas sangrientas, en la octava posición en la lista de Variety de 1950 de las principales fuentes de ingresos. Wayne se preparó para su papel pasando un tiempo en Camp Pendleton, hablando con los marines, especialmente los sargentos. El papel del sargento Stryker fue perfecto para John Wayne y eso tuvo que ver con la forma en la que el guionista James E. Grant, uno de los hombres de confianza de Wayne, reescribió gran parte de su diálogo y ayudó a convertir al personaje en alguien con una dimensión real. El veterano director Allan Dwan sacó lo mejor del actor como habían hecho John Ford y Howard Hawks con anterioridad.  Después de un triunfo tan importante Wayne estaba ansioso por expresar su política. Para entonces, Wayne se había comprometido plenamente con una nueva misión: la lucha contra el comunismo.

Una encuesta realizada por la Motion Picture Herald eligió a John Wayne como el actor más taquillero de Norteamérica en 1950, gracias al éxito enorme de Arenas sangrientas

En 1949, John Wayne fue elegido presidente de Motion Picture Alliance for the Preservation of American Ideals (Alianza cinematográfica para la preservación de los ideales estadounidenses) (se había unido en 1947), cargo que ocupó durante tres mandatos consecutivos, y se pronunció abiertamente contra el comunismo. Le dio a su amigo, el senador Joseph McCarthy, todo su apoyo en la nueva investigación del Congreso sobre el comunismo en el mundo del entrenamiento. Pero se negó a colaborar en la caza de brujas y no delató a ningún compañero, a pesar de estar en el punto de mira de los comunistas que le tenían una ojeriza terrible. Y no lo hizo por una sencilla razón: sentía una animadversión personal hacia los delatores. El Duque era incapaz de arruinar la carrera profesional de ninguna persona.  

Ahora se encontraba en unas posición de privilegio que generó muchas críticas por sus puntos de vista de derechas. Nunca sintió la necesidad de disculparse por su patriotismo. Criticó abiertamente cualquier cosa en el negocio del cine que considerara comunista. Denunció el filme El político (All the King’s Men, 1949) de Robert Rossen, que ganó el Óscar a la mejor película en 1949. Se enfadó mucho con Robert Rossen cuando le ofreció el papel protagonista en esta película y acabaron discutiendo de mala manera. Llegó a decir que esta película había desprestigiado la maquinaria del Gobierno del país y que derribaría la fe de la gente en todo lo que se les enseñó a creer: el estilo de vida estadounidense. Tampoco quiso interpretar a al sheriff Will Kane en Solo ante el peligro (High Noon, 1952), de Fred Zinneman, porque la consideraba una alegoría del macarthismo ideada por Carl Foreman, una persona que no era santo de su devoción por sus evidentes simpatías comunistas. Aunque en 1945 había protagonizado Dakota, de Joseph Kane, un wéstern encantador basado en un argumento de este guionista. 

Howard Hawks y John Wayne rodaron Río Bravo como respuesta a Solo ante el peligro

Tan grande fue el rechazo que les produjo a Howard Hawks y John Wayne el estreno de Solo ante el peligro, que ninguno de los dos durmió tranquilo hasta que tuvieron la ocasión de poder materializar su tremendo desprecio a este filme en algún proyecto. La respuesta al filme de Fred Zinneman fue Río Bravo (1959), un wéstern que a diferencia de Solo ante el peligro conseguiría reflejar de manera evidente tres reglas básicas del viejo Oeste: un sheriff debe asumir riesgos, cumplir con su deber y abstenerse de pedir ayuda a sus conciudadanos.

En John T. Chance, el sheriff de Río Bravo puedes encontrar lo que esperas en cualquier personaje interpretado por John Wayne: fuerza, rigor, firmeza, integridad, virilidad, valor, orgullo… El Duque no suele defraudar casi nunca y en esta película realizó una de sus mejores interpretaciones. Es un auténtico placer contemplar su expresión, escuchar su tono de voz, observar como utiliza su corpulencia para imponer respeto. En definitiva, disfrutar de una obra maestra y un wéstern muy superior al interpretado por Gary Cooper. 

A pesar de toda la gente que se le echó encima por sus políticas anticomunistas, contó con el apoyo absoluto de muchos de sus compañeros: John Ford (uno de los pocos que trató de aliviar las tensiones en la industria instando a sus amigos más conservadores a mantener la calma), Walt Disney, Cecil B. DeMille, Leo McCarey, Gary Cooper, Barbara Stanwyck, Ward Bond, Robert Taylor, James Edward Grant, Borden Chase…

Fort Apache se estrenó en marzo de 1948, luego vino Río Rojo en julio. Tres padrinos (The Three Godfathers) y La venganza del bergantín (Wake of the Red Witch) siguieron en diciembre. Cuatro películas protagonizadas por John Wayne se estrenaron en un año. Todas ellas complacieron al público. Pero fue Río Rojo la que realmente puso a Wayne en el mapa. Tomó por sorpresa a todos los que se dedicaban a este negocio y a los medios de comunicación. Los críticos estaban entusiasmados con la actuación de John Wayne en Río Rojo. La gente comenzó a preguntarse de repente por qué John Wayne, quien había estado en el negocio durante dos décadas y, en lugar de entrar en declive, de repente se había convertido en una gran atracción para el público. John Ford afirmó saber la respuesta durante todo este tiempo: «Puedo decirles que la razón por la que John Wayne tiene tanto éxito fue porque era el actor más trabajador que conocí Trabajó muy duro para demostrar su valía. Duke es el mejor actor de Hollywood». John Wayne había realizado, hasta el momento, su mejor interpretación como Tom Dunson en Río Rojo. Debería haber sido nominado a un Óscar, pero sus compañeros de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas se olvidaron de votarle.

John Ford le dio a John Wayne el papel protagonista de La legión invencible, donde el Duque vuelve a demostrar, después de Río Rojo, que es un actor impresionante

Aunque siempre le recordaba lo pésimo actor que era durante los rodajes, John Ford le da a John Wayne el papel protagonista de La legión invencible. Interpretando al capitán Nathan Brittles, un oficial de caballería a punto de jubilarse, vuelve a demostrar nuevamente que es un actor impresionante. Ford eligió a Wayne para darle vida a este personaje impresionado por su actuación como un hombre mayor  en Río Rojo. Gran parte de la cinta fue filmada en el amado Monument Valley y John Wayne disfrutó con el desafío de interpretar a un hombre mucho mayor que él: «Por primera vez Pappy me está tratando como un actor». Cuando terminó la década de los cuarenta, Wayne estaba en un nivel comparable al de Clark Gable y Gary Cooper, pero haciendo mejores películas.

En la actualidad, John Wayne se ha convertido en la nueva víctima de la «corrección política» que impera esta purga ideológica. Esto sucede cuando se intenta releer la historia a través de las lentes de otra época. El tiempo pone a cada uno en su sitio y como dice el cineasta José Luis Garci: «John Wayne es uno de los mejores actores que ha dado el cine, una de las más grandes estrellas que ha dado el cine y una de las mayores personalidades que ha dado el cine. Lo tiene todo. Tiene algo especial que todavía sigue atrapando a los espectadores actuales. Para muchos estadounidenses es un personaje tan importante como Abraham Lincoln». Para el escritor y analista de cine Fernando Alonso Barahona Wayne es «el héroe americano» y «sus películas forman parte de la magia del cine con títulos inolvidables en la historia del séptimo arte».

Río Grande, la película que obró el milagro 

John Wayne y John Ford en el set de Río Grande, la película que hizo posible el rodaje de El hombre tranquilo

La tercera película de lo que se convirtió en la trilogía de la caballería [las dos películas anteriores son Fort Apache (1948) y La legión invencible (1949)] se puso en marcha cuando Herbert J. Yates le dio su palabra de honor a John Ford de producir El hombre tranquilo si antes rodaba Río Grande.

Río Grande también fue importante porque supuso la primera colaboración como pareja cinematográfica de John Wayne y Maureen O’Hara. Se conocían desde 1941 y siempre habían querido trabajar en un mismo filme. John Wayne retomó su papel de Fort Apache, un teniente coronel Kirby Yorke más mayor y comprometido con el deber. Maureen O’Hara interpretó a Kathleen Yorke, su esposa de la que hacía mucho tiempo que estaba separada. Wayne y O’Hara harían cuatro películas más juntos [El hombre tranquilo, Escrito bajo el sol (The Wings of Eagles, 1957), El gran McLintock (McLintock!, 1963) y El gran Jack (Big Jake, 1971)], convirtiéndose en una pareja legendaria en la pantalla, tan adaptados física y temperamentalmente el uno al otro que es difícil recordar a otras actrices con las que se compenetrara tan bien. 

John Wayne rara vez apareció como un héroe romántico después de la Segunda Guerra Mundial, pero sus compromisos apasionados con Maureen O’Hara son icónicos. A Wayne le encantaba trabajar con O’Hara porque ella mantenía un gran contacto visual con él, algo importante para Wayne como actor cuya mayor fortaleza, además de la fuerza física y el poder, eran sus reacciones emocionales hacia quienes le rodeaban. Reaccionaba, no actuaba. Solía repetirlo hasta la saciedad. Con poca técnica, ni falta que le hacía para ser el mejor, necesitaba ese estímulo y se tomó muy en serio el dicho de Ford de que los actores no actúan con la boca sino con los ojos. 

La larga y frustrada historia de amor y matrimonio de John Wayne y Maureen O’Hara en Río Grande fue un adelanto del volátil y apasionado romance que tuvieron sus personajes en la siguiente película que rodaron juntos: El hombre tranquilo. En Maureen O’Hara, nacida en Dublín, John Wayne había encontrado a su pareja ideal. Una mujer hermosa y robusta, con cabello llameante y ojos verdes, era alta, robusta y fuerte, y lo suficientemente autoritaria como para emparejarse con John Wayne. Su duro temperamento irlandés le permitía enfrentarse a cualquiera. El elenco y el equipo la llamaron Big Red Ella.  

Río Grande supuso la primera colaboración como pareja cinematográfica de John Wayne y Maureen O’Hara

Su impresionante pelo rojo y sus intensos ojos verdes cautivaron a medio mundo y casi siempre interpretó a mujeres bellas de fuerte carácter. Fue John Ford quien le proporcionó la mayoría de los mejores personajes de su carrera como intérprete, desde Angharad en ¡Qué verde era mi valle! a Kathleen Yorke en Río Grande y, por supuesto, Mary Kate Danaher en El hombre tranquilo, donde puso firme al mismísimo John Wayne. El mítico actor dijo una vez de ella: «Prefiero vérmelas con un matón de dos metros que con ese huracán devastador llamado Maureen O’Hara».

El planteamiento de Río Grande, el último título que cierra la trilogía de la caballería, es algo distinto al de los filmes anteriores, puesto que el centro dramático es un conflicto familiar. El capitán Kirby Yorke lleva 15 años sin ver ni a su esposa ni a su hijo, puesto que aquella se distanció de él cuando antepuso sus deberes militares a los familiares, quemando durante la guerra civil estadounidense la propiedad familiar. De pronto, ambos vuelven a él: el hijo porque, expulsado de West Point, decide demostrar a su padre (aun guardando las distancias) y a sí mismo su capacidad para seguir su senda alistándose desde abajo; la madre, para tratar de devolver a su retoño al «mundo de la seguridad». No obstante, la obstinación de Maureen O’Hara y el reencuentro con su hijo, conseguirán finalmente que John Wayne abandone su orgullo y pida perdón, lo que permitirá la reunificación familiar. La marcha sudista suena como colofón de la película, para ensalzar la triunfal victoria de una mujer que ha superado la humillación sufrida durante la guerra y ha recuperado a su familia.

El trasfondo del conflicto doméstico vuelve a ser, por un lado, la descripción del mundo del fuerte fronterizo y, por otra, el conflicto con los indios. Pero en la plasmación de ambos Río Grande, a pesar de ser una obra maestra, no alcanza la fuerza de sus antecesoras. Esta vez carece de cohesión y equilibrio. Ford no consigue retratar un grupo sino un conjunto de grupos que no parecen tener mucho que ver entre sí, con lo cual se pierde mucha entidad. 

John Wayne interpreta en Río Grande al capitán Kirby Yorke, un oficial que antepone sus deberes militares a su propia familia

En esta película John Wayne y Maureen O’Hara tienen el mismo feeling que en los otros dos títulos que rodaron con John Ford, la famosísima El hombre tranquilo (1952) y la casi desconocida pero espléndida Escrito bajo el sol (1957). La fiera sensualidad de la actriz confrontada a la inimitable forma de mirar que tenía el actor hacen saltar chispas. Sin lugar a dudas, lo mejor de la película radica en todas y cada una de las escenas en las que aparecen juntos. Por otra parte, supone un lastre la falta completa de química entre el joven actor Claude Jarman jr —niño prodigio que no consiguió hacer carrera adulta— y sus padres, que hace flaquear el conflicto familiar por ese motivo.

Pese a esa falta de fuerza, Río Grande tiene los suficientes elementos de interés —el primer encuentro de John Wayne y Maureen O’Hara es memorable— como para que se deje ver con notable interés y que contenga muchos instantes a la altura de su autor: el tono sombrío de la fotografía en blanco y negro de Bert Glennon, a tono con una atmósfera dramática más cargada; la estupenda carga dramática de la escena en que el padre descubre la presencia de su hijo entre los reclutas; la manera en que la señora Yorke siente la canción que entonan los cantantes del fuerte porque la chica de la canción y ella se llaman igual, Kathleen… 

Ahora o nunca 

El hombre tranquilo es una película amable, divertida y 100 % irlandesa

En los quince años que median entre el año de la compra de los derechos del relato y el primer día de rodaje del filme en Irlanda, el 6 de junio de 1951, la carrera de John Ford en Hollywood se consolidó con tres Premios Óscar. Fue un periodo de éxitos prácticamente consecutivos: La diligencia (Stagecoach, 1939), El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln, 1939), Corazones indomables (Drums Along the Mohawk, 1939), Las uvas de la ira (Grapes of Wrath, 1940) y ¡Qué verde era mi valle! (How Green was my Valley, 1941); el momento de su compromiso con los esfuerzos propagandísticos de guerra, reflejado en los documentales que realizó para el ejército, entre lo que destacan The Battle of Midway, 1942 y December 7th, 1943; su regreso a la vida civil para poner en marcha No eran imprescindibles (They Were Expendable, 1945); con grandes westerns obligados a triunfar como Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946), Fort Apache (1948), La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949), Caravana de paz (Wagon Master, 1950) y Río Grande (1950). Incluso le dio tiempo para hacer otro documental, esta vez sobre la guerra de Corea: This Is Korea! (1951).

John Ford pensó que ya era el momento ideal de hacer una pausa en su filmografía y mirar hacia sus raíces irlandesas. Suponía el momento idóneo para volver a casa. Ford quería huir de la violencia, el éxito material y las consecuencias inesperadas del falso sueño americano. Había descubierto que la guerra era una pesadilla en vez de un sueño y filmar El hombre tranquilo en Irlanda suponía escapar de ella. Ford tenía que abandonar los Estados Unidos y reinventarse, una vez más, a sí mismo. Luchar contra sus propios demonios era fundamental en ese momento de su vida. Se estaba convirtiendo en un hombre amargado que cada vez consumía más alcohol en grandes cantidades. Y las consecuencias podrían ser graves, incluso mortales. Cuando no bebía le daba por morder un pañuelo mugriento para no perder los nervios.

El personaje protagonista pasó de llamarse Shawn Kelvin en el cuento original a Paddy Bawn Enright cuando, en 1935, Maurice Walsh incluyó a The Quiet Man —en versión extendida— en su libro de relatos Green Rushes. Sin embargo, terminaría llamándose Sean Thornton en la película. Sean equivale en gaélico al nombre de Ford, mientras que Thornton es el apellido de sus primos. De muchas formas, era él el que volvía. Por eso este relato es tan entrañable, poético y romántico. Ford retorna a lo que considera el paraíso perdido que sus padres dejaron para irse a Norteamérica en busca de una vida mucho mejor. Y lo hace con una historia amable, divertida y 100 % irlandesa.

Sean Thornton (John Wayne) regresa a Innisfree para sanar todas sus heridas emocionales y conseguir la paz interior

El de Sean Thornton (John Wayne en su versión más natural) no es un regreso con gloria, es una huida que busca sanar todas sus heridas emocionales (de las que te marcan para siempre) y conseguir la paz interior. John Ford lo manda de regreso, pero no a la Irlanda que Sean abandonó siendo un niño, sino que lo transporta a una Irlanda imaginaria basada en sus recuerdos de infancia, esa patria idílica e idealiza que su madre fallecida recuerda utilizando una voz en off al principio del filme. El pueblo se llama Innisfree y no existe en la geografía irlandesa (este clásico del cine se rodó en la pequeña localidad de Cong, muy cerca de Galway), solo en la imaginación de Ford y su guionista. Y esa es precisamente la sensación y el tono de la película: el de estar sumergido en un pueblo imaginario antes que real, ficticio antes que vivido, soñado antes que sufrido. 

La combinación de leyenda, fantasía y deseo da como resultado una trama afectiva y acogedora, de comedia ligera y drama moderado, donde puede pasar de todo. Nada es imposible en Innisfree, donde abundan los tópicos irlandeses sin llegar a resultar pedantes, donde toda canción tiene un propósito, donde nada sucede al azar, donde incluso los fenómenos atmosféricos conspiran entre ellos para que los dos protagonistas acaben juntos. Estamos ante un John Ford completamente diferente, menos estricto de lo que suele ser habitual en él (no insultó a John Wayne con tanta frecuencia como en otros títulos), ajeno a su enorme dimensión como autor, haciendo una obra maestra consciente de la falta de vínculos narrativos. 

Desde luego, el aspecto más destacable en El hombre tranquilo es la imperecedera historia de amor entre Sean y Mary Kate, la constante guerra de sexos que se da entre los dos. Ella es una fierecilla indomable, rabiosa e irascible, libre e independiente, que se enamora de Sean en lo que parece, durante muchas partes del metraje, un acto de rebeldía. Mary Kate no accederá a consumar el matrimonio, un débito conyugal con cópula carnal, hasta que su marido reclame la dote que Will Danaher (Victor McLaglen), el hermano de Mary Kate, le niega insistentemente. Sean y su esposa son (cada uno a su modo) seres a los que la vida puso frente a un reto trascendental. Él vio a un compañero de profesión morir como consecuencia de sus actos. De nada sirvió que esa acción fuera fortuita. No impidió que se encerrara en sí mismo. Decidió huir para volver a empezar y no morirse lentamente a causa de un sentimiento de culpa. Ella sucumbe ante el amor, un sentimiento que le resulta inédito, que la hace pensar que va a ser feliz lejos de las ataduras de su hermano. Sin embargo, ambos deben aceptar una prueba más: Sean tiene que romper con su tranquilidad y demostrar su valentía frente a Will. Mary Kate debe obedecer sumisamente y sin replicar lo que se le ordena, dejando a un lado su orgullo arraigado. John Ford nos muestra por qué esta pareja tan impulsiva no podrá vivir unida hasta que ambos aprendan a ser humildes, aunque consigan lo que quieren. Tras ello vendrá la quietud. La ansiada tranquilidad que busca el hombre tranquilo y su esposa.

Rumbo a Innisfree 

John Wayne, Pilar Pallete (futura esposa de El Duque) y John Ford antes de viajar a Irlanda para rodar El hombre tranquilo

En el verano de 1951, John Wayne se fue a Irlanda con John Ford y su compañía estable, a quien acompañaron en multitud de ocasiones, para hacer, por fin, El hombre tranquilo. Incluida en esa sociedad estaba Maureen O’Hara, que iba a trabajar con Wayne por segunda vez después de Río Grande. El presupuesto rondó el millón y medio de dólares y se convirtió en la película de mayor presupuesto en la historia del estudio. La película se rodó cerca de Galway, en la pequeña localidad de Cong, en el distrito de Connemara, al oeste de la isla. 

Cong es todo lo típicamente irlandés que puede ser un pueblo, con ese aire de lluvia fina eterna, campos de un verde imposible y bares donde la gente parece que tiene su segunda casa. El castillo de Asfhord acogió a los intérpretes del Hombre Tranquilo. Construido en el siglo XIX fue residencia de la familia Guinness y hoy alberga uno de los hoteles más lujosos de Irlanda. Su aspecto neogótico con los jardines frente al lago son uno de los principales reclamos turísticos de la región.

John Ford tenía 55 años cuando comenzó a rodar El hombre tranquilo. Llevaba casi veinte años incubando la película, pero hubiese sido una obra totalmente distinta si la hubiera rodado en los años treinta. En los cincuenta, el cine de Ford destilaba melancolía por todas partes. Había llegado la hora del crepúsculo y el cineasta que amaba las rosas sabía que Hollywood estaba perdiendo su gloria a pasos agigantados. Para despedirse a lo grande necesitaba regresar a casa. Como Ford era un cineasta muy perspicaz, se inventó un hogar a su medida, una especie de paraíso: el Innisfree de Ford solo existe en El hombre tranquilo. Era su capricho irlandés. Lo sentía en lo más profundo de su corazón corazón. Cuando veo la película contemplo la visión de un poeta que recupera el tiempo perdido, sus orígenes, el sueño de un artista que trata de plasmar con su cámara la belleza de lo olvidado.

El hombre tranquilo es la visión de un poeta llamado John Ford que recupera el tiempo perdido, sus orígenes, el sueño de un artista que trata de plasmar con su cámara la belleza de lo olvidado

Cuando filmaron la escena en la que Sean besa por primera vez a Mary Kate, Maureen O’Hara tenía que darle un golpe a John Wayne. En ese momento O’Hara estaba muy enfadada con Wayne porque le gastó una broma que no le había hecho mucha gracia. Estaba preparada para darle un puñetazo en la mandíbula con todas sus fuerzas. Pero el actor lo vio venir y levantó la mano. La mano de la actriz se desprendió de la punta de sus dedos e hizo contacto con su mandíbula, rompiéndose un hueso de la muñeca. Sorprendentemente no gritó de dolor. Se limitó a esconder la mano en la falda roja que estaba usando, aunque el dolor era espantoso. Después de filmar la escena Wayne dijo: «Déjame ver tu mano. Casi me rompes la mandíbula». «Eso es lo que estaba tratando de hacer», le respondió  O’Hara. Aunque tuvo que ir al hospital, la lesión no fue demasiado grave y pudo seguir trabajando al día siguiente sin ningún tipo de problema. 

Todo se volvió muy competitivo en el set, ya que John Ford quería que saltaran chispas entre John Wayne y Maureen O’Hara. En la larga escena en la que Sean arrastra a Mary Kate por el campo, filmada la mayor parte de ella en el campo de golf del Castillo de Ashford, donde la hierba se mantenía corta porque las ovejas pastaban en ella, Ford (con la complicidad de Wayne) mandó cubrir el campo con estiércol. Una broma demasiado pesada que no le sentó nada bien a la pelirroja de Dublín. 

El duro de John Wayne era humillado y criticado permanentemente por el director John Ford delante de todo el elenco en todas las películas que habían rodado antes. Ni su larga amistad ni ser su actor favorito eran motivos suficientes para aplacar la ira (Séneca la describió como una «locura breve») que este cineasta descargaba sobre él. Sus enfados eran tan grandes que se volvía una persona muy violenta llegando a perder el control sobre sí mismo. En cambio, se volvió más piadoso y menos cruel de lo habitual con su protegido en el transcurso de esta filmación. Hasta le dejó beber alcohol en más de una ocasión cuando se lo tenía completamente prohibido todas las veces que habían trabajado en momentos anteriores.

Mi película favorita: cuando el paraíso está en Innesfree

Esa mágica sencillez que la recorre desde el principio hasta el final convierte a El hombre tranquilo en mi película favorita de todos los tiempos

El hombre tranquilo es mi película favorita por esa mágica sencillez que la recorre desde el inicio, por su nada fingida humanidad, por ese tono festivo de amistad eterna, trasladada incluso a esa pelea viril y noble, pese a ciertos golpes y mordiscos a traición en algunos instantes, y porque Innesfree es lo más parecido al paraíso. Me fascina ese respeto con el que están contempladas las relaciones entre católicos y protestantes, con ese Ward Bond ocultando su cuello clerical para vitorear a su rival religioso ante la visita que lleva a cabo el obispo de su escasa congregación. O ese anciano resignado a su suerte interpretado por Francis Ford que salta de la cama cuando le están dando la extremaunción ante el fragor de una buena pelea.

Siempre que la vuelvo a ver recuerdo uno de los besos más impresionantes de la historia del cine. Tormenta, viento, penumbra, una casa por restaurar de arriba abajo, una mujer que se asusta al ver reflejado su rostro en el espejo, pasiones desatadas y un hombre que no duda un instante en lo que pretende, aunque ella también lo tiene claro pese a ese amago de bofetada. Una escena que permanece imborrable en mi memoria lo mismo que los  paseos desobedientes por los cementerios gaélicos.

Si os acordáis, en E.T., el extraterrestre (E.T.: The Extra-Terrestrial, 1982), de Steven Spielberg, E.T. está viendo la televisión y ahí aparecen John Wayne y Maureen O´Hara en la escena en la que él la agarra a ella y le da un beso apasionado en mitad de una tormenta. Gracias a ese momento, Elliott se atreve en clase a besar a la chica que le gusta. El montaje de ese momento de la película, intercalando la acción de E.T. y El hombre tranquilo es la forma que encontró Spielberg de rendir homenaje a John Ford, uno de sus directores favoritos.

El hombre tranquilo supone la demostración de que John Wayne es un actor colosal, heroico, glorioso, un centauro de la interpretación, de una presencia física imponente que nunca vas a volver en la gran pantalla, y Maureen O’Hara la mujer fordiana por excelencia

Cada vez que la veo, y he debido de hacerlo más de treinta o cuarenta veces, me invade una sensación de alegría inmensa complicada de igualar, de felicidad duradera, de placer desmedido. Es evidente que esa visión de Irlanda está idealizada, fantaseada, alejada en buena parte de la realidad (hasta cuando retrata a los miembros del IRA lo hace de manera amable y cordial). Porque la esculpen los deseos, la nostalgia, los mejores anhelos de agradecimiento con la tierra que vio nacer a sus progenitores. Desde luego esta es la Irlanda fordiana: épica, irónica, intimista, sentimental, acogedora, emotiva,astuta. 

Supone también la demostración evidente de que John Wayne es un actor colosal, heroico, glorioso, un centauro de la interpretación, de una presencia física imponente que nunca vas a volver en la gran pantalla. Con qué asombrosa naturalidad y facilidad muestra lo mismo a una persona atormentada que enfurecida, calmada, divertida o repartiendo puñetazos a mansalva. Verdaderamente único e irrepetible.

Maureen O’Hara es la mujer fordiana por excelencia. Nadie puede ponerlo en duda. Muchos críticos y cinéfilos la acusan de responder a pautas machistas. No voy a perder el tiempo en discutir estos reproches. Pero quien diga esto apenas la conocía. Me voy a limitar solo a la cuestión artística. Ni siquiera voy a utilizar ningún comentario de John Ford para defenderla. Solo voy a hacer mías estas sabias palabras de Bel Kendall: «Afortunadamente el filme le da un toque de humor negro al tema y no nos presenta a una mujer que vaya a ser sumisa y a aceptar malos tratos de su marido».

Unas vacaciones de cine 

John Wayne y Barry Fitzgerald en una de las escenas más recordadas de el hombre tranquilo: cuando Michaleen Oge Flynn acompaña a Sean Thornton a la casa de Will Danaher para pedirle la mano de su hermana, Mary Kate Danaher

Muchos miembros del elenco tenían relaciones familiares: los actores Francis Ford, Arthur Shields y James O’Hara eran, respectivamente, hermanos de John Ford, Barry Fitzgerald y Maureen O’Hara. Mientras que los niños que hacen compañía a Mary Kate durante la carrera de caballos son los hijos que John Wayne tuvo con Josephine Saenz, su primera esposa: Michael, Antonia, Patrick y Melinda. Para Wayne fue maravilloso tener a sus cuatro hijos durante un tiempo. Pappy los utilizó en esa escena para alegría de su pupilo. El Duque tenía una excelente relación con sus hijos. No podía pasar todo el tiempo que quería con ellos por culpa del trabajo. Irlanda era un lugar hermoso para recuperar ese tiempo perdido. También recibió la visita de la ex actriz y azafata de vuelo Pilar Pallete, la mujer con la que contraería matrimonio en 1954, cuando consiguió divorciarse de Esperanza Baur. El matrimonio tuvo tres hijos: Aissa, John Ethan y Marisa.

La mayoría de las noches, al terminar la jornada de rodaje, John Wayne iba a pescar con Ward Bond (padre Peter Lonergan) su mejor amigo. Bond era un importante actor de carácter, de imponente físico y facciones duras. Llegó a jugar en el mismo equipo de fútbol americano que Wayne cuando ambos estudiaban en la Universidad de California. Llegó fortuitamente al cine cuando John Ford le contrató como extra en 1929, llegando a participar con él en 24 películas. Un poco más tarde, el Duque subía río arriba donde había una cascada y luego volvía al Castillo de Ashford, donde se estaba hospedando todo el reparto y equipo técnico de la película, y jugaba al gin rummy con Pappy, que había estado caminando un buen rato con Maureen O’Hara y las demás mujeres. Victor McLaglen se sentaba en una silla de respaldo alto junto al fuego y se quedaba dormido a las primeras de cambio. Gracias a muchos años de trabajo y esfuerzo, McLaglen consiguió encontrar su propio estilo de actuar, aunque a su vez, sabía adaptarse a todo lo que le pedían. Eso es una gran virtud que posee y podemos apreciar en cada una de sus películas. El rodaje de El hombre tranquilo era lo más parecido a unas vacaciones, excepto que tenían que trabajar durante el día. 

Ward Bond era el mejor amigo de John Wayne y se conocieron cuando ambos estudiaban en la Universidad de California

Una tarde libre John Wayne se dio una vuelta por un pub. Fue la única vez que bebió alcohol durante el rodaje. Andrew McLaglen, asistente de dirección, fue con John Ford a buscar a Wayne. Entraron en el local y Wayne se encontraba más borracho que nunca. Estaba a punto de caerse al suelo. Ford le dijo: «Solo estábamos comprobando que estabas bien». Y le dejaron allí. Esa misma noche, alrededor de las doce, McLaglen se presentó con un sándwich y un poco de leche. El Duque tenía la peor resaca de su vida. Por la mañana estaba perfectamente bien y listo para continuar trabajando. Se sabía al dedillo sus diálogos y los del resto de sus compañeros.

Las dudas se apoderan de sus responsables 

John Ford no sabía si tenía una buena película o no a medida que iba rodando El hombre tranquilo e incluso se peleó con su hijo Pat, que dirigía la segunda unidad

Cuando Herbert Yates vio un adelanto de la película se quejó de que el campo era demasiado verde y el humor demasiado irlandés. Tenía miedo de que la película no fuera comercial. La sombra del fracaso planeó sobre su mente. Algo que le puso muy nervioso. Comenzó a presionar a Ford para que redujera considerablemente los costes. Se subió a un avión y se presentó en Irlanda para ver en qué se gastaba Ford su dinero. 

Sin admitirlo, John Ford no sabía si tenía una buena película o no, se había peleado con su hijo Pat, que dirigía la segunda unidad, y estaba tan preocupado que desarrolló un problema en el estómago. Le pidió a John Wayne que se hiciera cargo de la película, lo que le encantó porque su sueño era convertirse en director. Ya estaba en conversaciones con Herbert Yates para dirigir, contra viento y marea, El Álamo. El Duque dirigió una escena en la que Maureen O’Hara caminaba por la playa. Después le dijo a Herbert Yates: «Ves cómo sé dirigir». A lo que Yates respondió: «Maureen O’Hara caminando por la playa no es lo mismo que filmar la batalla de El Álamo». Wayne se enfureció tanto que convenció a su gran amigo Ward Bond para que subiera con él a una torre alta con un trozo de pizarra y con las palabras Fuck Herb Yates grabadas. John Ford se recuperó antes de lo esperado y se hizo cargo de nuevo del rodaje de la película.

El hombre tranquilo contiene algunas de las escenas más románticas de la historia del cine

A John Ford no le gustaba que los actores le dieran ideas sobre cómo rodar las escenas. Pero había una escena que John Wayne pensaba que no estaba bien escrita. Sean y Mary Kate se acaban de casar, pero en la noche de bodas Mary Kate deja a Sean fuera del dormitorio, En el guion, Sean recogía sus guantes de boxeo y se compadece de sí mismo. El Duque le dijo a Ford: «Mira, Entrenador, Sean no haría eso. Se enfrentaría a Mary Kate. Ella es su esposa. Derribaría la puerta a patadas y diría: «Entre nosotros no habrá puertas ni cerrojos, Mary Kate. Excepto los que tú pongas en tu mezquino corazón». Él no la dejaría allí». Este comentario molestó un poco a Ford, pero habló con Frank Nugent, quien estuvo de acuerdo con lo que había dicho Wayne. Y así es como se filmó la escena. Sin proponérselo, Wayne se convirtió en partícipe de una de las escenas más románticas de la historia del cine y en uno de los momentos favoritos de los admiradores de la película. 

La historia de amor más bonita de la historia del cine 

El romance entre Sean Thorton y Mary Kate Danaher es la combinación perfecta entre ternura, humor, pasión y sensibilidad

Se ha dicho muchas veces que John Ford no sabía contar historias de amor. Sin embargo, el romance entre Sean Thorton y Mary Kate Danaher combina magistralmente ternura, humor, pasión y sensibilidad. La famosa escena del beso en Blanca Mañana, la casa de los Thornton durante siete generaciones, el momento en el que Sean ve acercarse un rebaño cuidado por una pelirroja a la que no puede evitar quedarse mirando, observando cómo también ella le mira a él, al verse ambos atraídos entre sí, Sean ofreciéndole agua bendita a Mary Kate, que ella toma de su mano, marchándose deprisa tras ello, o el abrazo bajo la lluvia en el cementerio son verdaderas cumbres del cine romántico. No son estampas relamidas o forzadas, sino composiciones que reflejan poéticamente el interior de los personajes, con sus ilusiones y miedos. La escena de la pareja contemplando el fuego de la chimenea después de una boda desgraciada desprende una honda melancolía. En ese cuadro de tristeza y frustración, Ford nos muestra claramente que el amor nunca es fácil, que los amantes deben sortear muchos obstáculos, que la presión social y las diferencias culturales pueden malograr el afecto más puro y sincero.

El hombre tranquilo cuenta la historia de Sean Thornton (John Wayne), un exboxeador que ha abandonado el ring tras provocar la muerte accidental de su oponente, que regresa de Estados Unidos a su Irlanda natal para comprar la casa donde vivía de niño para intentar olvidar con una vida tranquila el remordimiento que le atormenta. Sean se enamora de Mary Kate (Maureen O’Hara), la hermosa hermana del pendenciero Will Danaher (Victor McLaglen), un rico terrateniente que ha intentado durante años comprar el lugar de nacimiento de Sean, sin éxito, a la viuda Sarah Tillane (Mildred Natwick). Sean le pide la mano a Mary Kate, después de haberla cortejado según las costumbres locales, asistido por la mediación de Michaeleen Oge Flynn (Barry Fitzgerald), pero el hermano de la joven, hostil a la boda, accede a la celebración de la ceremonia solo gracias a un astuto plan tramado por el padre Peter Lonergan (Ward Bond) y el avispado Michaeleen. Solo después de una pelea feroz entre Sean y Will, en la que el exboxeador se ve obligado contra su voluntad a llegar a las manos, Sean finalmente conquistará no solo a su esposa sino también la amistad de su hermano y el respeto de todos los habitantes de Innisfree.

El hombre tranquilo es una pequeña joya, donde nada ni nadie está fuera de tono, desde los protagonistas hasta los actores de reparto, desde las localizaciones hasta los paisajes, desde los efectos cómicos hasta la música tradicional (la imborrable banda sonora de Victor Young es otro de los grandes aciertos de la película). Este filme le sirvió a  John Ford para celebrar sus orígenes: el director, cuyo nombre real era John Martin «Jack» Feeney (y no Sean Aloysius O’Feeney como pone en algunas de sus biografías) era hijo de inmigrantes irlandeses.

Un reparto inmejorable 

El hombre tranquilo cuenta con un reparto inmejorable, entre ellos tres actores en estado de gracia: John Wayne, Maureen O’Hara y Victor McLaglen

La película cuenta con las actuaciones de dos de los actores más grandes de la historia del cine: John Wayne, en un papel inusualmente tierno y romántico, y la hermosa Maureen O’Hara, que se siente a sus anchas, con total libertad, en la piel de una chica impetuosa y apasionada, que sueña con un estilo de vida moderno, pero que todavía está ligada a las viejas tradiciones y convenciones. El resto del reparto es realmente estelar: Victor McLagen resulta creíble en el papel del pelirrojo Will Danaher, un hombre rudo y gruñón que está ingenuamente enamorado de la viuda Sarah Tillane. Un personaje que siempre está dispuesto a usar sus puños, pero también a brindar su amistad a su cuñado, habiendo reconocido el valor (no solo físico) de Sean. Ward Bond es el vigoroso padre Peter Lonergan, capaz de aliviar los disturbios (incluso si esto significa renunciar a su batalla personal contra un pez astuto). El educado y acogedor reverendo Cyril «Snuffy» Playfair (Arthur Shields) y su esposa Elizabeth (Eileen Crowe), dispuestos en todo momento a ejercer deberes de hospitalidad, son una adorable pareja de agradables protestantes. Aunque me gustaría destacar la gran actuación del entrañable Barry Fitzgerald, el simpático Michaeleen Oge Flynn, el «casamentero» borrachín de la comunidad, que toma bajo su tutela a los dos enamorados, sin dejar en ningún momento de disfrutar de una pinta con sus amigos. Pocas veces nadie expresó más cosas con solo dos palabras que él en una película: «Impetuoso, homérico», tras la contemplación de esa cama hecha trizas en una noche de bodas frustrada. Solo que por motivos diferentes de lo que su imaginación puede suponer. Mildred Natwick está soberbia interpretando a Sarah Tillane, una viuda rica que está enamorada en secreto de Will Danaher. Su debut en el cine se produjo con la película de John Ford Hombres intrépidos (The Long Voyage Home, 1940), donde hizo el papel de una prostituta cockney. Muy pocas veces en el mundo del celuloide se ha producido una simbiosis tan perfecta entre los protagonistas y los actores de reparto.

El hombre tranquilo es una película atemporal llena de pequeños detalles y un humor muy ingenioso

Los irlandeses eran para John Ford prototipos locuaces de otro tipo de héroe occidental: bebedor enérgico, rápido para luchar, leal, antisistema y desconfiado de la autoridad. Además, Irlanda era para este cineasta un lugar mítico que representa e idealiza el hogar como un refugio cálido y seguro presidido por una matriarca dura, aunque cariñosa. Puedes encontrar en esta película un amplio microcosmos irlandés que retrata un mundo perdido, basado en valores atemporales, una comedia romántica que no pasa por alto temas más complejos (la guerra civil irlandesa, la difícil relación entre católicos y protestantes), sin perder su luz, corazón y tono retro deliberado. El hombre tranquilo es una película atemporal (mi favorita entre todas las que se han rodado) que puedes ver todas las veces que quieras sin cansarte, siempre con total satisfacción, con una sonrisa permanente en los labios, descubriendo cada vez nuevos aspectos, pequeños detalles, humor ingenioso, olvidando así por un par de horas la aburrida vida a la que nos enfrentamos casi a diario.

La mayoría de los espectadores recuerdan esta película por la gran pelea entre Sean y Will

La escena culminante de la película es la gran pelea entre Sean y Will. La disputa tiene su preludio cuando un enfurecido Sean «arrastra» a Mary Kate desde la estación hasta el pueblo. Sean, seguido por una multitud expectante lleva por las colinas a su esposa para acabar arrojándola a los pies de su hermano. Como él dice, no se está rigiendo por sus normas, sino por las que ella lleva tiempo exigiéndole que se adapte. Hasta ese momento Sean ha evitado la lucha, aunque solo los espectadores y el padre Playfair sabemos por qué. Mary Kate entiende que eso es un gesto de cobardía y que no la quiere lo suficiente para pelear por su honor, así que le desprecia y se avergüenza de haberse casado con un cobarde que permite que a su mujer le den su dinero, las 350 libras prometidas como dote. Por fin, Sean cede a los deseos de su esposa y la arroja a los pies de su hermano. Cuando la deuda está saldada, el dinero acaba inmediatamente en el fuego. John Ford le dijo a Peter Bogdanovich que «la única equivocación que tuvimos fue hacer que él tirase el dinero al fuego. Se lo debería haber tirado a uno de los muchachos y dicho: «Para una obra de caridad», o algo así…». La disputa está a punto de comenzar. Justo tras el primer puñetazo (fallido) de Will a Sean y la respuesta de este (directo al estómago) una Mary Kate manifiestamente orgullosa por todo lo sucedido se marcha del lugar a «preparar la cena a su marido». Después de la gran pelea a puñetazos, la más grande jamás capturada en una película, intuimos que los dos cuñados van a ser grandes amigos en el futuro.

Después de unas seis semanas de rodaje el 14 de julio de 1951 se terminó la última escena que se rodaba en Irlanda y el elenco y el equipo técnico abandonó la aldea de Cong. Estaban tan adelantados que terminaron antes de lo previsto. Incluso habían conseguido tomarse un día libre el 4 de julio para celebrar el Día de la Independencia. 

El verdadero Sean Thorton 

Cartel original de El hombre tranquilo

El personaje de Sean Thornton está basado en el boxeador Martin Thornton, primo lejano del director, quien en 1943 fue campeón irlandés de peso pesado. Después de su carrera deportiva, Martin, apodado Triturador de Connemara, se retiró a la vida privada en su Spiddal natal, donde abrió un pub. Martin falleció en 1984. El padre de Maurice Walsh, John Walsh, Su padre, John Walsh, poseía una granja en donde cuidaba caballos y era un apasionado de la lectura. Como no le gustaba nada el oficio de granjero contrató a un joven bastante particular, callado y tranquilo, llamado Paddy Bawn Enright, que fue el gran amigo de la infancia de Maurice y con cuyo nombre bautizó, como homenaje y agradecimiento, al protagonista de su obra más conocida. Aunque Paddy jamás viajó a los Estados Unidos, era un gran boxeador, como casi todos los jóvenes del norte de Kerry, la tierra en donde nacieron los padres de John L. Sullivan, el primer campeón del mundo de los pesos pesados. Maurice Walsh nació en el norte del condado de Kerry, en el suroeste de Irlanda, en 1879, y murió en su residencia de las afueras de Dublín en 1964, reconocido como un autor famoso e importante.

Un secreto indesvelable

Lo que Mary Kate le susurra al oído a Sean al final de la película es algo que los cinéfilos nunca sabremos

Lo bello, obedeciendo a su naturaleza, es indeseable. Eso es lo que sucede al final de la película cuando Mary Kate le susurra algo al oído a Sean. Lo que Maureen O’Hara dijo en realidad es hasta ahora un secreto que solo ella, John Wayne y John Ford conocían. A pesar de numerosas conjeturas, el secreto aún no ha sido revelado … quizás nunca lo sea, haciendo así más sutilmente intrigante esta obra maestra absoluta.

Cuando Maureen O’Hara falleció el 24 de octubre de 2015 se llevó el gran secreto de El hombre tranquilo a la tumba: la frase que le dice al oído a John Wayne para que este reaccione sorprendido en la escena final del filme. John Ford le dijo a O’Hara que necesitaba una expresión genuina de sorpresa de Wayne. «Y era algo muy grosero», según declaró la actriz pelirroja más adelante. «¿Tengo que hacerlo?», contestó O’Hara. «Te lo estoy diciendo. Vas a hacerlo», le respondió el director. «Así que el acuerdo fue que ni Duke ni John ni yo o cualquiera diría nunca, nunca, nunca lo que dije».

La frase en cuestión se ha convertido en un pasatiempo para todos los millones de admiradores de la cinta. Algunos incluso han utilizado lectores de labios. Pero nadie ha llegado nunca a ninguna aproximación de lo que Maureen O’Hara le dijo a John Wayne, un actor que sentía respeto personal y profesional inmenso por la irlandesa.

Un gran éxito contra todo pronóstico 

El hombre tranquilo fue un gran éxito de taquilla y consolidó la reputación de John Wayne como la gran estrella de cine del momento

La interpretación de John Wayne es brillante, pero lo que realmente destaca de su actuación es que interpreta a un tipo normal con sentimientos y emociones reales, sin uniformes del ejército, sin indios contra los que luchar, sin caballería que venga al rescate, solo una gran interpretación. Esta es una de mis tres películas favoritas de todas las que rodó Wayne con John Ford. Centauros del desierto y El hombre que mató a Liberty Valance son las otras dos. El Duque debería haber ganado un Óscar por esta interpretación y ni siquiera consiguió estar entre los cinco nominados a este galardón. Se tuvo que conformar con  el premio Henrietta al actor de cine favorito del mundo. Wayne se llevaba bien con casi todos sus compañeros de profesión. Sin embargo, sus políticas anticomunistas y simpatía hacia el Partido Republicano le pasaron factura durante finales de los años cuarenta y mediados de los años 60. Y era muy difícil pensar diferente en un Hollywood mayoritariamente demócrata y liberal. 

Cuando se estrenó El hombre tranquilo en Estados Unidos el 14 de agosto de 1952 fue un gran éxito de taquilla (estuvo en la lista de las diez películas más taquilleras del año) y consolidó la reputación de John Wayne como la gran estrella de cine del momento. El largometraje fue muy bien recibido por la crítica en su lanzamiento (algo inusual en una película interpretada por el Duque) y se ha mantenido como una de las comedias románticas más populares en la historia de Hollywood (y una de las favoritas para ver el Día de San Patricio). La película aspiró al León de Oro en el Festival de Venecia (se tuvo que conformar con el Premio OCIC, el Premio Internacional y el Premio Pasinetty) y fue nominada a siete Premios Óscar, incluyendo mejor película, ganando solo dos: mejor director y mejor fotografía en color (la resplandeciente fotografía en technicolor de Winton C. Hoch y Archie Stout, que evoca libros de estampas antiguas, de recuerdos, algo que le confiere un aire fabulador irreproducible, es inmejorable). También consiguió el premio del Gremio de Escritores de EE. UU a la mejor comedia, el premio del Sindicato de Directores de EE. UU. al logro destacado como director en películas, dos nominaciones a los Globos de Oro, (mejor director y mejor banda sonora) y el premio Junta Nacional de Revisión (NBR) a la mejor película, entre otros galardones.

El éxito de la película ha hecho olvidar el resto de las historias que componen el libro, todas transcurren en Irlanda, con el punto de partida de la Guerra de Independencia irlandesa y el IRA. En ellas se van descubriendo la historia de seis hombres y cuatro mujeres, en un ambiente de peleas, con el nacionalismo a flor de piel, leyendas y tradiciones arraigadas, amistades masculinas y mucha cerveza.

El mayor error de la Academia

El mayor espectáculo del mundo, de Cecil B. DeMille, le arrebató el Premio Óscar a la mejor película a El hombre tranquilo contra todo pronóstico

En la 25.ª edición de los Premios Óscar, celebrada el 19 de marzo de 1953 en el RKO Pantages Theatre de Hollywood y el NBC International Theatre de Nueva York, El mayor espectáculo del mundo (1952), el exitoso filme de Cecil B. DeMille sobre el mundo del circo, se llevó el Óscar a la mejor película por delante de las dos grandes favoritas de la noche: El hombre tranquilo y Solo ante el peligro (1952), de Fred Zinnemann. Una decisión ridícula que pilló por sorpresa a todos los allí presentes. Empezaron a preguntarse quién había votado a esa película sin encontrar la respuesta adecuada.

El hombre tranquilo es muchísimo mejor película que el melodrama circense convencional del maestro De Mille. Esta edición representa el paradigma (más habitual de lo que me gustaría) de que las perdedoras son más recordadas en la posteridad que las películas que se llevaron la gloria. Además fue el año de Cantando bajo la lluvia, Candilejas (aunque ésta compitió en los óscares dos décadas más tarde), Cara de ángel o Cautivos del mal, que ni siquiera optaron al máximo galardón. Eso sí, DeMille no le pudo arrebatar su cuarto Óscar a John Ford. La cuarta victoria de Ford como mejor director estableció un récord de victorias en esa categoría que no ha podido ser igualado hasta la fecha.

Hubiera sido más justo que Cecil B. De Mille se hubiera llevado el premio a la mejor película en 1957 por Los diez mandamientos (1956), una de las más grandiosas películas de tema bíblico de toda la historia del séptimo arte. Cine en puro estado de gracia que solo se llevó el galardón más obvio: el de los mejores efectos especiales. Esta película fue la última y más exitosa obra de DeMille. Si bien la 29.ª edición de los Premios Óscar será recordada por la ausencia de Centauros del desierto en las nominaciones.

De vuelta del paraíso

John Wayne en una fotografía publicitaria de El Álamo, la película que no quisieron distribuir ni Republic Pictures ni Warner Bros, lo que hizo que el Duque no renovara sus respectivos contratos con esos estudios

Cuando John Wayne regresó a Hollywood, de muy buen humor porque sabía que habían hecho una gran película, fue a ver a Robert Fellows, su socio en su propia compañía de producción, Juntos fueron a hablar sobre El Álamo con Herbert Yates. Yates le dijo en toda la cara no le iba a dejar hacer El Álamo en Republic. Después de rodar El Hombre tranquilo cumplió el contrato que Wayne tenía con Republic. Aunque Yates quería que siguieran trabajando unidos. «Todavía me gustaría que siguiéramos trabajando juntos. ¿Qué tal si firmas un nuevo contrato?», le dijo Yates a Wayne. A lo que Wayne respondió: «No volveré a trabajar nunca más aquí». Y no lo hizo. En unos pocos años, Republic se convirtió en poco más que una productora de televisión. A Wayne le gustaba el estudio. Crecieron juntos. Tuvo éxito y ganó bastante dinero. Yates le dio papeles protagonistas cuando otros estudios más grandes solo le dejaban protagonizar una película menor o ser un actor de reparto en una película más grande. Pero estaba dolorido con Yates, no solo porque no le dejaba hacer El Álamo, sino porque había dicho que era incapaz de filmar la historia de El Álamo. Yates filmó la historia de todos modos, una película titulada La última orden. Fue una película de gran presupuesto para Republic, pero no tan grande como la que había planeado Wayne. 

Jack Warner también le dio calabazas a Wayne después de estrenar Centauros del desierto. Tampoco renovó su contrato Warner Bros cuando terminó. Warner quería renovarle a cualquier precio y le sugirió la posibilidad de que la cinta la dirigiera John Ford. A lo cual el Duque se negó rotundamente. Al final fue United Artists el estudio que le ayudó a coproducirla y distribuirla. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

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